Se entra por un pasillo largo. Al fondo, un patio. Y algo más difícil de nombrar: una sensación de estar llegando a un lugar que ya existía antes de que una llegue. El Patio de la Pirincha cumple 25 eneros y la historia no empieza con un festival ni con una grilla, sino con una crisis y una decisión.
Diciembre de 2001. Un Estado desintegrado, un pueblo hambreado. Y una mujer —la Pirincha, coscoína, militante— que abre el patio de su casa, entre la Próspero Molina y el río, para poner carpas, parar la olla y dejar que la música haga su trabajo silencioso y profundo: juntar gente.
Desde entonces, cada enero, mientras el Festival Nacional de Folklore convoca multitudes, en ese patio humilde ocurre otra cosa. Canciones, poesías y danzas se dicen en voz baja, en clave identitaria, en clave de nosotrxs. Llegan músicxs de todos lados: tucumanos, transerranos, pibes de Colón, algún extranjero, madres e hijxs, gente que alquila una carpa y termina quedándose años. Se canta bajo los árboles, se come humita, los pájaros hacen coro y la noche se vuelve hogar.

No es esoterismo —o no del todo—, pero hay algo inexplicable que persiste. Está en la sombra de la mora, en la risa histriónica de la Pirincha, en los gestos del Oscuro, en las historias que aseguran haber visto a Mercedes Sosa cantar en ese patio. Está en las noches de lluvia, en las corridas, en los refugios improvisados, en las resistencias frente a los allanamientos, en las personas que llegan a romper el encuentro y se van, porque el patio se defiende solo.
El Patio también es memoria viva: nombres que se repiten, voces que regresan, hijxs que crecieron ahí y hoy cantan. Una casa que se abre a desconocidxs con ganas de convidar su paisaje hecho cuerpo y canción, y logra eso que ni el mejor mago podría: que, por una noche, un montón de gente distinta se sienta comunidad.
Veinticinco años después, con menos after y más “patio escuchador”, la llama sigue encendida. Este enero, El Patio de la Pirincha celebra sus 25 eneros con una programación especial, reafirmando su lugar como espacio de encuentro, resistencia cultural y celebración compartida, en tiempos donde volver a abrazarse también es una forma de decir algo.
¿Existiría el Patio sin aquel 2001? ¿Somos parte de un latido social y político que nos empuja a construir trincheras cuando más duele? Quizás. Lo cierto es que, cada enero, ese pedacito de tierra vuelve a llamar.
Y hay quienes saben que, cuando el patio abre, algo importante está por pasar.
Programación completa:


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