Folklore, poder y desmemoria: el Chaqueño Palavecino y una escena que no sorprende

Por Martín Luna

Hay quienes hoy se sorprenden al ver al Chaqueño Palavecino a los gritos arriba de un escenario, celebrando la presencia del presidente Milei como si se tratara de una postal inesperada, casi fuera de guion. Pero, en verdad, no hay nada de extraño en esa escena. Es parte de la cosa. Lo que sorprende, quizás, es la desmemoria.

El Chaqueño fue, junto a otros, la banda sonora de los años noventa. Fue parte —con otros y otras— de ese folklore complaciente, domesticado para los grandes festivales y la televisión, que se fue alejando cada vez más de la realidad social del país. Un canto cargado de arengas patrióticas vacías, de gestos ampulosos y discursos grandilocuentes que poco tenían que ver con las problemáticas concretas de las provincias: el hambre, el despojo, las comunidades postergadas que decían representar. Ese folklore —el que ocupó horarios centrales y pantallas masivas— fue parte de la frivolización de la cultura popular, de su vaciamiento simbólico, de su adaptación dócil al mercado en detrimento de la memoria, la denuncia y la profundidad.

Por eso tampoco extraña que los medios lo llamen “el cantor del pueblo”: una etiqueta cómoda, repetida hasta el cansancio, que termina vaciando de sentido tanto la idea de cantor como la de pueblo. Cantor ya no es quien canta desde una experiencia colectiva, desde el dolor, la injusticia o la memoria compartida, sino quien ocupa un escenario grande, vende entradas y garantiza rating. Y pueblo deja de ser un sujeto histórico, diverso y conflictivo, para convertirse en multitud homogénea que aplaude, consume y no cuestiona.

Tampoco extraña, entonces, que esos mismos medios que, con liviandad, piden muchas veces separar folklore y política, ahora miren para otro lado cuando ese escenario se convierte en tribuna de un proyecto político que avanza contra los derechos sociales, contra la cultura, contra el trabajo y contra los sectores más vulnerables. Porque las políticas de Milei no son una abstracción: tienen consecuencias concretas en las provincias, en los pueblos, en las comunidades que el folklore, ese que dice representar el Chaqueño, ese que dice nombrar pero rara vez escucha.

Por eso no está mal recordar que el canto popular, el que nace del territorio, de la injusticia y de la necesidad de decir, tiene otro origen. Viene de la intemperie, de la resistencia, de la palabra que incomoda. No se construye a los gritos ni se presta fácilmente al aplauso del poder. Confundirlo con lo que se ofrece como espectáculo en festivales patrocinados —donde la patria se reduce a una consigna y el pueblo a una multitud que paga entrada— no es ingenuo: es una operación.

En ese sentido, el Chaqueño es coherente. Coherente con lo que fue, con lo que es y con lo que será: siempre lejos del pueblo real, ese que no entra en la foto ni sube al escenario. Coherente, también, con un presidente que desprecia la justicia social mientras se envuelve en símbolos patrios para legitimar el ajuste y la exclusión.

Por eso, como escribió Manu Navarro, cuidado con creer que “la patria” está representada en los escenarios de los festivales de folklore. No lo está. La patria, si todavía significa algo, sigue estando abajo, en las calles, en los barrios, en las luchas cotidianas. Y ahí, justamente ahí, es donde muchas veces el micrófono no llega.

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