Alito Toledo: “Hasta cuando Dios quiera”

A horas de volver a pisar el escenario mayor de Cosquín —esta vez para abrir por primera vez la noche inaugural— Alito Toledo habla con la serenidad de quien sabe que lo vivido pesa tanto como lo que vendrá. Integrante de Los Manseros Santiagueños desde hace 42 años, es parte viva de una historia que ya suma 67 de trayectoria y que sigue encontrando eco en nuevas generaciones.

Felices por todo lo que está pasando con Los Manseros, por el apoyo, el afecto, el amor que te da la gente”, dice Alito. No habla desde el protagonismo individual sino desde el nosotros: la banda, el grupo, la continuidad. “Yo soy uno más dentro del grupo”, aclara, aunque su presencia sea sostén en tiempos de emociones fuertes y escenarios exigentes.

Los Manseros no sólo atraviesan décadas: atraviesan cuerpos y rituales. Sus canciones se cantan de memoria en festivales multitudinarios, se vuelven memes, acompañan brindis, encuentros y nostalgias. “Siempre le cantamos al pueblo, a las costumbres, al amor, a lo afectivo, a Santiago y al ser humano”, resume Alito. Y ahí parece estar la clave: canciones que no pasan, mensajes que quedan.

En un repertorio inmenso —48 discos— hay chacareras que se vuelven himnos. Añoranzas, “el himno cultural de nuestra provincia”, desata la comunión total. Pero también las más nuevas encuentran su lugar: Chacarera para mi vuelta, Piel chaqueña, Sinfonía silvestre. La gente las sabe todas. Las canta todas.

Cuando se le pregunta hasta cuándo, la respuesta no es técnica ni contractual: “Hasta cuando Dios quiera”. Así lo dice Onofre Paz, fundador del grupo, y así lo sostienen quienes hoy lo acompañan. Porque mientras haya alguien que cante, que recuerde, que se emocione, Los Manseros siguen vivos.

El cierre de la charla se tiñe de memoria. Cosquín también es el lugar de una despedida, de una última nota, de un amigo que ya no está. “No sabés lo que cuesta caminar las calles sin Musha Carabajal”, dice el periodista. Alito asiente. La música, una vez más, aparece como refugio.

Por Marcelo Jara

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