Luego de una actuación profundamente celebrada por el público, Wara Calpanchay compartió sus sensaciones tras pisar el escenario de Cosquín, al que define no solo como un festival, sino como un lugar sagrado de encuentro espiritual, cultural y generacional.
Nacida en Salinas Grandes, con raíces atacameñas y guaraníes, Wara construyó su camino artístico desde muy pequeña. “Empecé a cantar a los cuatro años, en una radio del pueblo. Un tío me llevó a conocer ese mundo y desde ahí no paré más”, recuerda. Rodeada de copleros, abuelos y familias sicureras, su formación combinó desde temprano la tradición oral con el estudio académico, el sistema de orquestas y, más adelante, el cine y el lenguaje audiovisual.
Su recorrido incluye estudios en un secundario de artes y en la ENERC, además de experiencias en actuación cinematográfica. Sin embargo, la música siempre fue el centro. “Es lo que más me atraía”, afirma. Ese camino no estuvo exento de dificultades: la autogestión fue clave para poder llegar al escenario mayor. “Somos cinco músicos arriba del escenario. Hicimos empanadas, rifas, tocamos mucho. Eso nos permitió pagar la formación y el viaje”, cuenta, con la misma naturalidad con la que habla del esfuerzo colectivo.

Ganar el Pre Cosquín abrió otro desafío: pensar qué canciones traer a Cosquín. “Desde el comienzo quise traer canciones de amor por la tierra, de memoria, de identidad, de alegría”, explica. Para eso recorrió comunidades, participó de ceremonias y profundizó aprendizajes que luego se transformaron en repertorio. Temas como La mazamorra o Te voy a contar un sueño condensan ese proceso de búsqueda y respeto.
Para Wara, Cosquín no es solo un gran escenario. “No hay que mirarlo solo por las pantallas o el sonido. Es un lugar sagrado, de encuentro entre artistas y generaciones”, reflexiona. Esa mirada tiene una raíz íntima: su abuela Dalina González. “Ella era pastora, tejía, y conocía Cosquín. Antes de partir me permitió soñar con estar acá. Siento que vengo a buscar su alegría, y la encuentro caminando por la Plaza de los Artesanos, en los trenes, arriba del escenario”.
El reconocimiento que recibe no llega solo desde los grandes festivales. Días atrás, en la fiesta patronal de Susques, su comunidad la distinguió como patrimonio cultural. “Eso me emociona profundamente. Mi canto está dirigido a ellos, a las comunidades, a los niños, a ese niño interior que todos llevamos”.
Hacia adelante, Wara proyecta nuevos viajes, giras y composiciones. Tras el estreno del documental Ánimo, que recorre su vida desde la memoria familiar, se prepara para seguir ampliando su camino artístico, con un repertorio que ya supera las tres horas de música.
También hay identidad en lo visual. Su vestuario fue diseñado junto a Dai Miranda, diseñadora jujeña, y acompañado por mantas de la asociación Warmi, cedidas por Rosario Quispe. “Warmi significa Mujeres Perseverantes. Era el mensaje que tenía que acompañarnos estos días en Cosquín”, resume.
Con una voz que abraza territorio, memoria y futuro, Wara Calpanchay dejó en Cosquín algo más que canciones: dejó una ceremonia compartida.
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