La tercera luna del Festival Nacional de Folklore de Cosquín volvió a demostrar la amplitud de su escenario mayor, donde la tradición dialoga con las nuevas miradas y el riesgo artístico encuentra lugar en plena Plaza Próspero Molina.
La apertura estuvo a cargo de Guitarreros, que fieles a su estilo marcaron el inicio de la noche con su clásica versión del himno coscoíno “Cosquín comienza a cantar”, encendiendo el ritual festivalero. Luego llegaron los ganadores del Pre Cosquín: el dúo Marcos Batallamos, reconocido como Mejor Conjunto Instrumental, y Nicolás Robles, ganador como Solista de Malambo Masculino, reafirmando el semillero artístico que año a año nutre el escenario mayor.
Uno de los momentos destacados fue la presentación de Cristian Capurelli, que por primera vez ocupó el horario central. Con una zamba poderosa y una puesta en escena multitudinaria, fue acompañado por decenas de bailarines, entre quienes se encontró Candelaria Torres, en una postal que combinó música, danza y emoción colectiva.
La noche también tuvo pasajes de profunda sensibilidad con Lucía Ceresani, quien, con su sugerente propuesta sonora, logró plantar el paisaje de la llanura sobre el escenario, invitando a una escucha atenta y contemplativa.
El tramo más intenso y disruptivo llegó de la mano de Luciana Jury. Primero sola, con su guitarra, y luego rodeada de invitades como Susy Shock, Paola Bernal y Mery Murúa, la artista ofreció un set cargado de fuerza poética y mensaje valiente. Su participación, esperada y a la vez sorpresiva, generó una fuerte reacción del público: una ovación mayoritaria contrastó con la intolerancia de unos pocos, cuyas voces quedaron opacadas por el aplauso y el respaldo general.
Duratierra volvió a reafirmar su identidad con una propuesta sólida y comprometida, presentando nuevas canciones y consolidando un camino artístico que apuesta a la canción como herramienta de pensamiento y emoción.
La palabra también tuvo su espacio con la presencia del poeta Antonio Preciado, figura fundamental de las letras latinoamericanas, quien aportó un momento de profundidad y reflexión con sus poemas recitados ante una plaza atenta.
El cierre musical de alto impacto llegó con Abel Pintos, que brindó un concierto impecable, recorriendo clásicos y confirmando, una vez más, su conexión con el público coscoíno. Además, la noche contó con la participación de Ahyre y la Delegación de Uruguay, completando una grilla diversa y federal.
Así, la tercera luna de Cosquín dejó una marca clara: un festival vivo, atravesado por la tradición, pero también por las voces que se animan a incomodar, a proponer y a ampliar los márgenes del folklore argentino.














Fotografías de Diego Nucera
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