Premios Musha: cuando la difusión se vuelve política cultural

Con el anuncio realizado en Cosquín y una repercusión que superó las expectativas, fueron presentados oficialmente los Premios Musha a la Música de Raíz Folklórica. Impulsados por un colectivo federal de periodistas, la iniciativa busca reconocer trayectorias artísticas y, al mismo tiempo, construir una herramienta inédita para la difusión responsable del folklore argentino.

“Ahora hay que trabajar”, dice Federico «Poni» Rossi apenas terminado el anuncio público. No hay euforia desmedida ni épica grandilocuente: hay conciencia del desafío. La primera edición de los Premios Musha ya tiene fecha en el horizonte —aunque aún no se haga pública— y apenas unos meses por delante para convertir una idea colectiva en un hecho concreto.

El origen del proyecto no está en una oficina ni en una institución formal, sino en un territorio mucho más cotidiano: los festivales. “Esto nace a partir de un colectivo de periodistas inquietos que nos encontramos siempre trabajando en diferentes festivales, desde los medios que tenemos en nuestras provincias”, explica Poni. De ese cruce permanente surgió una pregunta compartida: cómo aportar a una difusión responsable y consciente de la música de raíz folklórica.

En ese sentido, el premio es apenas una parte del proyecto. Incluso, no necesariamente la más importante. “Más que el premio, hay un insumo que queremos impulsar: el Mapa Federal de las Producciones Folklóricas”, señala. La iniciativa apunta a garantizar el acceso a la información sobre la producción musical a lo largo y ancho del país. “Que todos tengamos acceso y después decidamos si difundimos o no, pero que el acceso exista”, resume.

El nombre del premio no es casual. Musha Carabajal funciona como síntesis y como faro. “En la figura de él se sintetiza todo: la obra artística, el legado, el trabajo de la difusión”, afirma Poni. A eso se suma una dimensión profundamente política de su figura: la militancia cultural. “Tomábamos las palabras de Sergio Castro cuando lo definía como el patrono de los emergentes, y también esa pelea constante para que el folklore llegue a todos lados, incluso a las escuelas”.

La emoción por la pérdida reciente convive con la convicción de transformar ese legado en acción concreta. Los Premios Musha no se piensan solo como una ceremonia, sino como un proceso: recopilar, curar, seleccionar, nominar y finalmente reconocer. “¿Todo eso era?”, bromea Poni ante la enumeración, antes de volver al tono serio: “Con mucha responsabilidad vamos a llevarlo adelante”.

La decisión de fijar una fecha, aun sin anunciarla, funciona como motor y presión a la vez. “A partir de ahí ya sabemos que ese día hay que entregar los premios. Y vamos a trabajar para eso. Bajo presión”, dice, entre risas, pero con claridad.

El anuncio en Cosquín —territorio simbólico del folklore argentino— no fue un gesto menor. La rápida repercusión confirma que había una demanda latente: pensar la música de raíz desde una lógica federal, contemporánea y comprometida con la circulación real de las obras y los artistas.

En tiempos de sobreinformación y difusión fragmentada, los Premios Musha se proponen como algo más que un reconocimiento: un gesto colectivo para ordenar, visibilizar y defender una música que sigue viva porque se piensa, se discute y se comparte.

Por Marcelo Jara

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