Desde Colonia Avellaneda hasta las veredas del festival mayor del folklore, Juan Manuel Bilat construyó una trayectoria sostenida por el amor al acordeón y a la música del Litoral. Perfil bajo, oficio alto y una voz guaranítica que busca expandirse en las grandes carteleras del país.
En Cosquín no todo sucede arriba del escenario mayor. Hay otra música que brota en las calles, en las peñas improvisadas, en el ida y vuelta directo con la gente. Ahí, acordeón al hombro y mirada serena, aparece Juan Manuel Bilat, uno de los músicos que mejor encarnan ese pulso paralelo del festival y por el cual se consagró como artista destacado de los espectáculos callejeros.
Nacido en Colonia Avellaneda, Entre Ríos, Bilat proviene de una familia de músicos y comenzó a tocar el acordeón a los siete años. Desde entonces, su camino estuvo profundamente ligado a la música del Litoral y a una identidad guaranítica que atraviesa su decir artístico. Con una vasta trayectoria que lo llevó por escenarios de Argentina, Latinoamérica y Europa, es director y cofundador del grupo Alma de Montiel, con cuatro discos editados y participaciones en festivales clave como Cosquín, la Fiesta Nacional del Chamamé, la Fiesta del Mate y encuentros del Mercosur. A lo largo de los años, compartió escenario con figuras como Mercedes Sosa, Raúl Barboza, Chango Spasiuk y Teresa Parodi.
Este Cosquín lo encuentra en un momento especial, atravesado por el reconocimiento y la emoción contenida. “Es un momento que venimos construyendo hace un montón de tiempo, con mucho trabajo, con una provincia detrás, con una música y una región guaranítica detrás”, expresa. Y agrega: “Cosquín también es una construcción de varios años de venir, de aportar nuestro granito de arena para la música del Litoral”.
De perfil bajo, Bilat carga casi dos décadas de trabajo profesional recorriendo festivales, siempre fiel a su raíz. “Deben ser casi veinte años que ando trabajando profesionalmente, siempre arraigado a la música del Litoral, pero con un amor profundo por el instrumento, por mi acordeón”, cuenta. Ese vínculo íntimo con el instrumento se sostiene también en lo colectivo: “Tengo una banda tremenda y un equipo de trabajo tremendo. Lo que me impulsa es el amor por mi música y por este instrumento que abracé desde muy pequeño”.
Más allá del reconocimiento, el horizonte está claro. La búsqueda no es individual, sino regional. “Pensamos en la expansión de nuestra música del Litoral, en que las grandes carteleras del país también puedan tener nuestro chamamé presente”, afirma. Y en ese sentido, Cosquín vuelve a ser una parada estratégica: “Por eso venimos todos los años, invertimos un montón para poder estar acá. Vinimos a hacer escuchar la voz del Litoral en este festival”.
Con la confirmación de su presencia para la próxima edición, Bilat celebra, pero no se detiene. Su acordeón sigue sonando en la calle, allí donde la música no necesita credenciales y donde el folklore recupera su sentido más vivo: el encuentro directo, sin intermediarios, entre el artista y la gente.
Por Marcelo Jara
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