Milo J cerró Cosquín y dejó una marca que trasciende generaciones

El cierre del Festival Nacional de Folklore de Cosquín 2026 quedará en la memoria como uno de esos momentos bisagra. No solo por los números —entradas agotadas casi una semana antes, récord histórico de ventas— sino por el sentido profundo de una noche que puso a dialogar generaciones, lenguajes y tradiciones. Milo J, en su debut en la Plaza Próspero Molina, fue el protagonista de ese cruce.

Con apenas 18 años, Milo asumió el desafío de cerrar el festival mayor del folklore argentino y lo hizo sin imposturas, con una sensibilidad que interpela tanto a jóvenes como a públicos históricos del género. Su paso por Cosquín no fue un gesto aislado ni un capricho de época: fue una toma de posición artística y cultural.

Invitados, cruces y una plaza en comunión

El concierto tuvo momentos de alto impacto simbólico. Sobre el escenario, Milo convocó a Cuti y Roberto Carabajal, referentes indiscutidos de la música popular santiagueña; a Soledad Pastorutti, figura central del folklore contemporáneo; al dúo Campedrinos; y a Radamel, joven cantor santiagueño de apenas 15 años que logró estremecer la plaza y hacer cantar a miles.

La escena fue elocuente: tradición y presente compartiendo una misma canción, sin jerarquías forzadas, sin nostalgia impostada. Cosquín, una vez más, mostró que el folklore está vivo cuando se anima a escucharse a sí mismo desde nuevas voces.

Milo, junto a Cuti y Roberto Carabajal

Mercedes Sosa, la memoria y el respeto

Uno de los momentos más comentados del paso de Milo J por Cosquín fue la referencia al proceso creativo de una canción que incluye una grabación histórica de Mercedes Sosa junto a Soledad. Un trabajo que, lejos del oportunismo, estuvo atravesado por el cuidado y la emoción.

«Para mí Mercedes Sosa es otra liga. Ya no es solo folklore, es música argentina», contó Milo al recordar cómo llegó a sus manos una maqueta original grabada en Pro Tools en 2006, el mismo año en que él nació. El material fue facilitado por Afo Verde, histórico productor vinculado a Cantora, profundamente conmovido por el proyecto.

El joven artista relató que la decisión de avanzar fue difícil y que el proceso se hizo con extrema cautela: «Entre lágrimas grabé la canción. El resultado final me partió el alma. Lo llevamos muy de a poco, porque queríamos tratarlo con el respeto que se merece».

La canción como realidad social

Consultado sobre el compromiso social y político presente en su obra, Milo fue claro al correrse de etiquetas partidarias. Puso como ejemplo El Invisible, la canción que comparte con Cuti y Roberto Carabajal, una de las letras más crudas de su último disco.

«Es política por lo que describe, no por un partido. Si tu realidad es hurgar la basura de los edificios, eso no responde a una ideología, es la realidad», explicó. Para Milo, la potencia política de la canción surge de decir lo que existe, de nombrar lo que suele quedar fuera del relato.

Esa honestidad, sin consignas explícitas, es la que conecta con públicos diversos y vuelve transversal su propuesta.

Tranquilidad en medio del fenómeno

En un contexto de creciente popularidad, Milo J sorprende por su calma. El Chaqueño Palavecino lo definió recientemente como «un chico tranquilo que va a hacer mucho por el folklore», una observación que el propio Milo agradeció con humildad.

«Estoy rodeado de la gente correcta: mi familia, mis hermanos y mi equipo de laburo. Eso te mantiene en una sintonía humana», reflexionó. En el escenario, la energía se transforma en saltos y gritos; fuera de él, prevalece una serenidad poco común para alguien en pleno ascenso.

Un cierre que fue apertura

El cierre de Cosquín a cargo de Milo J no clausuró nada: abrió preguntas, tendió puentes y dejó una certeza. La música popular argentina no es un museo, sino un territorio en permanente movimiento, donde las nuevas generaciones no llegan a romper, sino a continuar.

En una plaza colmada, con récord de público y una emoción compartida, Milo J no solo cerró un festival. Señaló, con respeto y convicción, un camino posible para el folklore que viene.

Texto de Federico «Poni» Rossi – Fotos de Diego Nucera

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