Juan Cruz Suárez: el cantor que volvió y encontró su semilla florecida

A orillas del río Carcarañá, donde el tiempo parece obedecer a otras leyes, la noche cae sobre La Machadera como un manto de memoria. No es una peña. No es un festival. Es un encuentro. Un territorio cultural sostenido durante 25 años por Martín Reynoso y Evangelina Jakas, donde el folklore se vive como experiencia colectiva antes que como espectáculo.

Allí reaparece Juan Cruz Suárez.

Muchos no lo veían desde hacía años. Pero sus canciones nunca se fueron.

Quedaron en los patios, en los fogones, en las voces de otros.

“Estoy muy feliz de estar aquí en Argentina, para poder abrazarme con gente de más de 20 años, de amistad, de proyectos… no sólo artísticos, sino culturales, de crear alternativas colectivas”, dice.

Hace más de quince años vive en Francia. Su historia lo llevó por caminos inesperados: el amor, la familia, la bohemia musical y el encuentro con artistas de todo el mundo. Pero su obra siguió creciendo lejos de los circuitos industriales y cerca de los vínculos humanos.

“Yo no tengo nada en Spotify. En 50 años, todo lo que sembré fue en patios, en encuentros. Y ver que la gente viene igual, quiere decir que hay algo que está pasando por adentro.”

Ese “adentro” es el territorio donde Suárez construyó su identidad artística.

Para él, la canción no es un producto, sino una forma de relación.

“La canción va por adentro. Es la amistad, el fogón, las luchas compartidas.”

Santiagueño de raíz, reconoce en el folklore un espacio de transmisión profunda entre generaciones. Pero su búsqueda nunca fue conservadora.

“Más que romper, es abrir. Generar otras posibilidades.”

En ese camino, explora cruces que expanden el lenguaje tradicional: guarachas folklóricas con bombo legüero, vínculos entre la chacarera y ritmos afroperuanos, diálogos con músicas latinoamericanas y el aporte de su compañera, violinista formada en la música clásica y barroca.

“Busco las raíces latinas, afro-latinas. Hay una identidad que va más allá de la bandera.”

En Francia, entre guitarras, tangos y encuentros nocturnos con músicos latinoamericanos y europeos, encontró nuevas formas de decir.

“Yo no escribo música ni leo, pero compongo. Y armamos muchos proyectos. Encontré mi lugarcito.”

Sin embargo, el regreso a la Argentina tiene un sentido particular.

No como nostalgia, sino como confirmación.

Encontrarse con nuevas generaciones que cantan sus canciones.

Descubrir que aquello que nació en los márgenes sigue vivo.

“Es hermoso ver que la gente se ha criado escuchando mis canciones. Evidentemente, la canción tenía algo a decir.”

Su mirada sobre el presente argentino es crítica, pero también esperanzada.

“Hay una Argentina que está despierta, que tiene canto y memoria. El desafío es que eso tenga fuerza en lo colectivo.”

Y vuelve a lo esencial.

Al encuentro directo.

A la cercanía.

A los espacios donde la cultura todavía se construye cuerpo a cuerpo.

“Hay que leer, hay que abrazarse, hay que crear, hay que escribir, hay que bailar, hay que cocinar juntos.”

En tiempos atravesados por la virtualidad y la velocidad, Suárez sostiene otra lógica.

Más lenta.

Más humana.

Más profunda.

“La unión hace la fuerza. Somos una fuerza gigante. Es un sueño que tenemos que defender.”

La noche sigue en La Machadera.

Alguien sirve vino.

Alguien afina una guitarra.

Y Juan Cruz Suárez vuelve a cantar.

No para las plataformas.

Para las personas.

Para el lugar donde, desde hace años, su semilla sigue floreciendo.

Por Marcelo Jara

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