Por Carlos Lucentti
Hay vidas que no se explican por cómo terminan, sino por dónde deciden quedarse.
Hoy, 27 de febrero, Claudio “Pocho” Lepratti cumpliría 60 años. Y más allá de la tragedia que lo convirtió en símbolo, hay una elección anterior que lo define mejor: la de bajar del pedestal religioso para ponerse a la altura del barrio.
Pocho era seminarista salesiano, hermano coadjutor de la orden fundada por Juan Bosco. Como tantos jóvenes que hacían su apostolado en Rosario los fines de semana, podría haber seguido un camino institucional, ordenado, previsible. Pero eligió otra cosa: quedarse. Instalarse. Vivir ahí.
El barrio Ludueña no era una postal amable. Era —como sigue siendo en muchos rincones de la Argentina— un territorio donde la pobreza no es estadística sino rostro. Y allí funcionaba algo mucho más profundo que un apoyo escolar o un comedor. Funcionaba una comunidad.
Yo conocí esa casa. Conocí ese espacio donde la fe no era discurso sino merienda compartida; donde el Evangelio no se declamaba, se practicaba; donde la dignidad empezaba por escuchar el nombre de cada pibe. Y puedo decir, sin exagerar, que pocas cosas resultan tan transformadoras como ver a alguien elegir vivir donde otros apenas pasan.
En diciembre de 2001, en medio del colapso social y político del país, durante la represión policial que sacudió a Rosario, Pocho subió al techo del comedor y gritó lo que cualquier conciencia despierta hubiera gritado: que dejaran de disparar, que allí solo había chicos comiendo.
Esa frase atravesó el tiempo. La tomó León Gieco y la volvió canción, para que nadie pudiera enterrarla junto con el cuerpo.
Pero reducir a Pocho al disparo que lo mató sería injusto. Lo que lo hizo imprescindible fue su coherencia anterior: la de entender que la fe sin compromiso social es apenas una idea cómoda.
Él eligió la intemperie.
A 60 años de su nacimiento, su figura interpela. No como estampita ni como mártir lejano, sino como pregunta incómoda: ¿dónde decidimos quedarnos nosotros? ¿En qué esquina de la realidad ponemos el cuerpo?
Porque lo revolucionario no fue el grito final. Lo verdaderamente revolucionario fue mudarse al barrio. Fue abrir la puerta todos los días. Fue creer que cada chico merece futuro.
Las crisis cambian de nombre, los gobiernos pasan, los discursos se reciclan. Pero hay algo que permanece: la necesidad de hombres y mujeres que elijan estar.
Pocho eligió estar.
Y mientras haya una casa abierta en un barrio popular, mientras alguien organice una olla o acompañe una tarea escolar, su legado no será memoria triste, sino presente activo.
No todos estamos llamados a morir por una causa.
Pero todos, alguna vez, estamos llamados a decidir dónde vivirla.
Deja un comentario