En el Día del Bailarín, una reflexión sobre el legado de Jorge Donn y el poder espiritual del movimiento como acto de verdad, memoria y redención.
Carlos Alberto Lucentti reflexiona sobre la dimensión espiritual de la danza en el Día del Bailarín y el legado de Jorge Donn, figura universal cuyo arte convirtió el movimiento en una forma de verdad.
El 28 de febrero se celebra en la Argentina el Día del Bailarín, en homenaje a Jorge Donn, uno de los artistas más extraordinarios que dio nuestro país al mundo.
Pero no todos saben —o no todos recuerdan— la dimensión espiritual que puede alcanzar la danza cuando es verdadera.
Cuando no es exhibición, sino entrega.
Cuando no es técnica, sino verdad.
Donn no fue solamente un gran intérprete del ballet contemporáneo. Fue intensidad. Fue fuego contenido en un cuerpo que parecía hablar un idioma propio. En escenarios de Europa y del mundo llevó su arte con una profundidad que trascendía la coreografía.
No bailaba pasos: bailaba destino.
Se cuenta que su arte impactó incluso a Jorge Luis Borges, quien dejó una frase que hoy cobra una fuerza especial:
“Un hombre que baila… está salvándose y está salvando a todos los otros.”
Esa sentencia resume el verdadero alcance de la danza.
Porque quien baila no solo mueve el cuerpo: mueve la memoria. Mueve la historia personal. Mueve las heridas y las transforma en belleza.
En un mundo atravesado por la prisa, el ruido y la superficialidad, la danza sigue siendo un acto profundamente humano: un cuerpo que se anima a decir lo que a veces la palabra no puede.
Hay algo casi sagrado en el movimiento cuando es honesto. El bailarín se expone, se vulnera, se entrega. Y en esa entrega nos recuerda que todavía estamos vivos. Que el cuerpo también piensa, siente, reza. Que el arte puede ser refugio, pero también redención.
Quizás por eso el Día del Bailarín no debería ser solo una fecha en el calendario cultural. Debería ser una invitación: a mirar la danza con otros ojos, a valorar a quienes dedican su vida a este lenguaje silencioso y también —por qué no— a animarnos a danzar nuestra propia historia.
Porque cuando alguien baila con el alma, algo en nosotros también se mueve.
Y tal vez, aunque sea por un instante, todos nos salvamos un poco.
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