“Soy un animal político. Pienso como mis caudillos”.
La frase de Ramón Navarro resume una vida entera dedicada a la música, a la tierra y a la memoria popular. Su legado sigue caminando en cada joven cantor, en cada guitarra y en cada fogón donde el folklore vuelve a decir presente.
Si alguien se acercara al folklore sin grandes análisis, bastaría con escuchar una obra de Ramón Navarro. Allí está todo: la historia, la emoción, la tierra y el compromiso.
En el recuerdo de un diálogo, una tarde cualquiera, Ramón explicaba que su arte carecía de método: era como una “comidita” que nunca sabe igual aunque repita los mismos ingredientes. La canción, para él, nacía de la vida misma.
Su compromiso no terminaba en la partitura. Fue también un defensor del medio ambiente, levantando su voz contra la megaminería y defendiendo el agua como el bien más sagrado. Para Navarro, el amor a los árboles era una extensión del amor al prójimo: una semilla interior que debía crecer para dar sombra y dignidad a su tierra.
Cuando recorría su pueblo no se sentía un observador, sino uno más entre los suyos. Esa emoción lo acompañó hasta el último día. Con esa misma responsabilidad nombró en sus canciones a personajes como Don Leopoldo o Don Rosa Toledo, con la convicción de que el canto también puede ser un saludo y una memoria.
Su trayectoria fue inmensa. Fue la voz de Los Caudillos, integró durante una década el conjunto Los Cantores de Quilla Huasi, y creó junto a Héctor David Gatica la inolvidable Cantata Riojana.
Esos hitos sellaron un compromiso político que muchas veces chocó con la coyuntura social, pero que Navarro sostuvo con coherencia. Pensaba a su provincia como un paso indispensable para construir una nación y defendía un federalismo real, arraigado en la historia de La Rioja.
“Yo soy un animal político y musical; pienso en La Rioja a través de Felipe Varela, Facundo Quiroga y Ángel Vicente Peñaloza”, decía con convicción federal.
Su sueño americano era el de los viejos próceres: una América Latina unida, donde se pueda discutir sin muertos ni desaparecidos, preservando derechos y conquistando otros nuevos.
En una de sus coplas más recordadas, Navarro advertía con lucidez popular:
“Cuidate de andar cantando
cantitos sin ton ni son,
que por comprar espejitos
andamos de mal en peor”.
Hoy, su canto sigue creciendo como un bosque. Un bosque de canciones que nos invitan a mirarnos hacia adentro y a soñar, todavía, con la alegría del otro.
Por Silvia Majul / ph: Eduardo Fisicaro
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