Se abre el telón.
Aparece un hombre de tez morena y alpargatas de yute. Es marzo de 1921 y, afuera del Teatro Politeama, sobre la calle Corrientes, el clima cálido hace amena la concurrencia. Algunos lapachos muestran orgullosos su rosado encendido.
Dentro de la sala, el protagonista es Andrés Chazarreta, el hombre que está a punto de cambiar la historia del folklore argentino.
Algunas crónicas contarían luego que parte del público salió espantado. Incluso una mujer de tapado de piel habría dicho: “Qué horror este arte bárbaro para nuestra elite”, abandonando la sala apenas comenzada la función.
Pero Chazarreta estaba acostumbrado a ese desprecio, que no es lo mismo que rendirse. En 1911 le habían negado el Teatro 25 de Mayo, en su Santiago del Estero natal, por considerar que su compañía hacía “arte menor”.
Aquella noche en Buenos Aires, sin embargo, la historia sería distinta.
Junto a Don Andrés estaban varios de los nombres que harían huella: la voz de Patrocinio Díaz, la danza de Agustín y Juana Carabajal y el talento de José María de la Silva. Eran músicos y bailarines que traían en sus instrumentos el polvo del camino.
Desde la platea observaba atentamente el intelectual Ricardo Rojas, autor de La Argentinidad. Rojas no solo iba a cubrir la función para La Nación: también fue quien, con su pluma, ayudó a derribar los prejuicios de la época.
Al declarar que lo que Chazarreta traía era “la reserva espiritual de la Nación”, le otorgó estatus artístico a lo que muchos despreciaban.
Sus ojos se humedecieron, como los de buena parte del público que aplaudió durante varios minutos a esos hombres, mujeres y niños llegados del interior. Al día siguiente, el diario titulaba:
“Un trozo de la vida del interior trasplantada a la ciudad cosmopolita”.
Aquella semilla germinaría con fuerza.
Una década después de ese debut histórico, un niño entusiasta de apenas doce años se sumaría a la compañía de Don Andrés para recorrer los escenarios del país. Se llamaba Vitillo Ábalos y recordaría siempre:
“No se me va el entusiasmo de aquel día”.
Años más tarde formaría, junto a sus hermanos, el grupo Los Hermanos Ábalos, que llevaría el folklore argentino por el mundo.
El artículo de Rojas ayudó a que la intelectualidad porteña dejara de mirar exclusivamente hacia Europa. Pero también fue decisivo el tesón y el orgullo de Chazarreta por esas “artes olvidadas”, como las llamaba Atahualpa Yupanqui.
De quienes se levantaron y se fueron, nadie se acuerda.
En cambio, la memoria y la pasión de Chazarreta siguen latiendo en las madrugadas de esta ciudad. Porque el telón se abre todos los días para que pasen cientos de changos y changas con nuevas canciones, dispuestos a vencer miradas etnocentristas, no solo porteñas sino de cualquier mente colonizada.
Eso lo sabemos bien quienes venimos de las provincias.
Por Silvia Majul
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