En un recordado episodio de El Chavo del Ocho, Don Ramón intenta cantar la milonga “Los ejes de mi carreta”, con letra del poeta uruguayo Romildo Risso y música de Atahualpa Yupanqui, uno de los autores fundamentales del folclore latinoamericano.
La escena dura apenas unos segundos, pero deja un detalle tan curioso como significativo: una milonga rioplatense sonando en una comedia mexicana.
En medio de las risas
En medio de los enredos y la ternura de la vecindad más famosa de la televisión latinoamericana, hay un momento que para los amantes del folclore tiene un sabor especial.
Don Ramón toma una guitarra y anuncia que va a cantar “Los ejes de mi carreta”.
Lo que sigue es breve.

Apenas intenta entonar la milonga, los ruidos y las interrupciones lo sacan de quicio. El momento termina en uno de esos estallidos de enojo tan característicos del personaje.
Sin embargo, para quien escucha con atención, queda flotando algo más profundo: una canción nacida entre el campo argentino y uruguayo resonando en una vecindad mexicana.
Una milonga que cruzó fronteras
La milonga cuenta la filosofía de un hombre de campo que decide no engrasar los ejes de su carreta, dejando que el chirrido acompañe su camino.
Ese sonido —que para otros sería una molestia— para él es compañía, presencia, vida.
Es una metáfora simple y profunda: cada quien camina el mundo a su manera, aunque a otros les resulte extraño.
Que esa canción aparezca en El Chavo del Ocho también puede leerse como otra metáfora, quizá involuntaria: las canciones viajan. Cruzan estilos, generaciones y también fronteras.
El pobrerío y la cultura que resiste
Hay también otro punto de encuentro, menos evidente pero muy profundo.
El hombre que habla en la milonga de Yupanqui es un hombre sencillo, de campo. Alguien que vive con lo justo y que encuentra en su modo de andar una forma de libertad.
La vecindad del Chavo representa a los habitantes de los márgenes urbanos: trabajadores humildes, familias que viven el día a día en habitaciones pequeñas alrededor de un patio común.
Ese mundo no es ajeno a la realidad latinoamericana.
De alguna manera, el hombre de la milonga y los vecinos del Chavo comparten algo esencial: pertenecen al mismo universo social.
Son parte de ese pobrerío digno que, muchas veces sin proponérselo, conserva y transmite la cultura viva de los pueblos.
Allí donde la vida se vive con lo justo, la música y las historias suelen ser refugio y compañía.
Un mismo barrio llamado Latinoamérica
Hay una frase del músico jujeño Eze López que ayuda a entenderlo:
“Latinoamérica es un mismo barrio; la diferencia es que vivimos en distintas cuadras”.
Tal vez por eso una milonga nacida entre la pampa puede sonar con naturalidad en una vecindad mexicana.
Las historias que cantan nuestros pueblos —el camino, la soledad, la libertad, la dignidad del hombre común— se repiten en todo el continente.
El viaje también fue de regreso
Esa circulación cultural no fue en un solo sentido.
Así como una milonga de Yupanqui pudo sonar en México, tampoco resulta extraño para los argentinos que ritmos mexicanos hayan encontrado lugar dentro de nuestro propio folclore.
Durante décadas, conjuntos como Los Cantores del Alba interpretaron canciones con sonoridades cercanas al mariachi. Y lejos de sentirse ajenas, esas versiones fueron adoptadas como parte natural del paisaje musical argentino.

Ese ida y vuelta demuestra algo sencillo: las músicas populares latinoamericanas no viven encerradas dentro de las fronteras.
Viajan, se mezclan, se transforman y vuelven a nacer en otras voces.
La vecindad como metáfora
Mirado así, aquel pequeño momento televisivo cobra otro sentido.
En la vecindad convivían personajes distintos, con acentos distintos y maneras distintas de ver la vida. Y, sin embargo, compartían el mismo patio.
Algo parecido ocurre con Latinoamérica.
Cada país tiene su tonada, su música y su paisaje. Pero cuando una milonga de Yupanqui aparece en una serie mexicana —o cuando un aire de mariachi se vuelve parte del folclore argentino— queda claro que la vecindad es mucho más grande de lo que parece.
Quizá, después de todo, vivimos en el mismo barrio.
Porque a veces las canciones hacen lo que la política todavía no pudo: recordarnos que vivimos en el mismo barrio.
Por Carlos Lucentti
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