Cuando una canción cambia de piel

La vidala que el rock convirtió en un grito

Hay canciones que nacen en un lugar muy preciso: en un paisaje, en un género, en una forma de decir. Pero el tiempo suele hacer lo suyo. Las voces cambian, los instrumentos también, y aquello que parecía pertenecer a un solo mundo empieza a viajar.

La música popular argentina está llena de esas migraciones sonoras.

Un ejemplo fascinante es “Amor ausente”, una obra que nació dentro del folclore como vidala, ese canto profundo del noroeste argentino donde la emoción suele caminar despacio, sostenida por la caja y por una forma casi confesional de cantar.

La canción fue creada por Claudio Pacheco (música) y Eduardo Bechara (letra), dos nombres ligados al universo del folclore.

Allí está la raíz de la obra: en esa tradición donde la palabra se dice con calma y donde cada silencio tiene peso.

La vidala es introspectiva.
No busca el estruendo.
Es un canto que parece hablarle más al silencio que al aplauso.

Sin embargo, las canciones —cuando son verdaderas— tienen vida propia.

Y a veces encuentran nuevos caminos.

En ese recorrido aparece la versión poderosa del trío cordobés Eruca Sativa, que tomó esa vidala íntima y la llevó a un territorio eléctrico donde la emoción se vuelve intensidad.

La canción cambió de atmósfera, pero no de alma.

La nostalgia sigue intacta.
La ausencia sigue latiendo.
Lo único que cambió fue el modo de decirla.

Y ahí aparece una de las grandes maravillas de la música popular: las grandes canciones no pertenecen a un género, pertenecen a la emoción que contienen.

Cuando una obra está bien nacida, puede atravesar estilos, generaciones y públicos.

No es un fenómeno aislado

Algo parecido sucede con “El arriero”, la inmortal composición de Atahualpa Yupanqui. Nacida en el universo del folclore profundo, la canción encontró décadas más tarde una nueva explosión cuando Divididos la llevó al terreno del rock con una versión intensa y poderosa.

Para muchos jóvenes, ese fue el primer encuentro con la obra de Yupanqui.

Otro caso revelador es “Zamba para olvidar”, una de las joyas de Daniel Toro. La canción nació como una zamba profundamente folklórica, pero con el tiempo fue interpretada por artistas de distintos géneros, cruzando fronteras musicales y llegando a públicos muy diversos.

Estos recorridos muestran algo fundamental: la música popular no es un territorio cerrado.

El folclore no es una pieza inmóvil guardada en una vitrina.

Es una raíz viva.
Y las raíces, cuando están bien plantadas, permiten que crezcan ramas hacia todos lados.

Por eso una vidala puede transformarse en rock.

Una zamba puede sonar en una voz ajena al folclore.

Y una canción puede encontrar su verdadera dimensión muchos años después de haber sido escrita.

Las canciones grandes tienen esa cualidad misteriosa: no se quedan quietas.

Viajan de guitarra en guitarra, de generación en generación, de estilo en estilo.

Y en ese viaje cambian de piel.

Pero el corazón —ese lugar donde nació la primera emoción—
siempre permanece intacto.

Por Carlos Lucentti

Deja un comentario

Crea una web o blog en WordPress.com

Subir ↑