A 50 años del golpe, entre la censura y el control, la música y la danza encuentran la forma de seguir diciendo.
Cada 24 de marzo la memoria vuelve.
No como un ejercicio del pasado, sino como una presencia.
Hoy se cumplen 50 años del golpe de Estado de 1976.
Y la historia cultural de la dictadura suele contarse desde el silencio: canciones prohibidas, libros quemados, artistas perseguidos.
Pero también hay otra forma de mirarlo.
No desde lo que callaron…
sino desde lo que no pudieron callar.
Cuando la canción deja de ser del autor
Hay un momento en que una canción deja de pertenecerle a quien la escribió.
Pasa a ser del que la canta, del que la necesita, del que la recuerda.
Eso es lo que la vuelve peligrosa.
Los casos son conocidos:
Mercedes Sosa es detenida en 1979 en pleno recital y luego empujada al exilio.
Los Olimareños son perseguidos en distintos países del Cono Sur.
Atahualpa Yupanqui sufre vigilancia y restricciones sobre su obra.
Y Víctor Jara es asesinado tras el golpe en Chile.
Las canciones molestan.
No solo por lo que dicen, sino por lo que generan: identidad, comunidad, memoria.
Un continente en voz contenida
No es solo Argentina.
Chile, Uruguay, Brasil: el mapa del sur queda atravesado por dictaduras que comparten métodos, controles y miedos.
La persecución cultural también cruza fronteras.
Los artistas son vigilados.
Las ideas, señaladas.
Pero las canciones hacen lo contrario:
cruzan igual.
El cuerpo también es un territorio
Si la música es perseguida de manera directa, la danza vive otra forma de control.
No hay listas oficiales de coreografías prohibidas.
Pero eso no significa libertad.
Los espacios donde la danza ocurre son vigilados.
Las programaciones, condicionadas.
Las propuestas más arriesgadas, observadas.
Figuras como Oscar Araiz desarrollan su obra en un contexto donde crear también implica medir cada paso.

Incluso ámbitos institucionales como el Teatro Colón funcionan bajo una lógica que privilegia lo seguro, lo que no incomoda.
En las peñas, el folclore bailado sobrevive, pero muchas veces reducido a lo decorativo, despojado de su dimensión más profunda.
Mientras las canciones son prohibidas,
los cuerpos son disciplinados.
El fracaso del silencio
Quieren apagar voces.
Controlar escenarios.
Vaciar de sentido las expresiones.
Pero hay algo que no pueden.
Ni la memoria ni el arte viven en un solo lugar.
Las canciones viven en la gente.
Y el movimiento también.
Una melodía que alguien recuerda.
Un paso que alguien repite.
Un gesto que atraviesa generaciones.
Ahí es donde todo vuelve.
A 50 años: lo que sigue en pie
Hoy no hace falta cantar en secreto.
Ni bailar a escondidas.
Pero cada vez que una canción vuelve a sonar,
y cada vez que un cuerpo vuelve a decir,
también vuelve la historia.
Porque la memoria no es solo recuerdo.
Es presencia.
Cantar y moverse es recordar.
Cada 24 de marzo no es solo una fecha.
Es una pregunta.
¿Qué pasó?
Pero también qué sigue vivo.
Y lo que sigue vivo es mucho.
Las canciones que no pudieron prohibir del todo.
Los cuerpos que no pudieron inmovilizar.
Las formas de decir que encontraron camino incluso en los peores contextos.
Porque al final —más allá de todo—
hay una certeza que atraviesa el tiempo:
las canciones no se matan.
y los cuerpos tampoco olvidan.
Esta nota forma parte de la columna Bitácora del Folclore, un espacio donde Carlos Lucentti recorre historias, artistas y paisajes de la música popular argentina.
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