Cada 25 de marzo se conmemora en Argentina el Día del Trabajador de Prensa.
La fecha remite a 1944, cuando el entonces secretario de Trabajo y Previsión, Juan Domingo Perón, impulsó el Decreto-Ley 7.618. A partir de esa normativa —luego consolidada en la Ley 12.908— se estableció el Estatuto del Periodista Profesional, otorgando por primera vez un marco legal, derechos laborales y estabilidad a quienes trabajan en los medios.
Así, esta jornada se diferencia del 7 de junio —Día del Periodista— al poner el foco en el trabajo y en las condiciones en que se ejerce el oficio.
Con el paso del tiempo, sin embargo, el 25 de marzo adquirió una dimensión más profunda.
Un día después del aniversario del golpe de Estado de 1976, en 1977, fue secuestrado y desaparecido el periodista y escritor Rodolfo Walsh, tras difundir su histórica Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar.
Su figura sintetiza como pocas el compromiso ético del periodismo: escribir, incluso en las condiciones más adversas, para decir lo que otros intentan ocultar.
Por eso, el Día del Trabajador de Prensa no solo celebra conquistas gremiales. También es una jornada de memoria.
Memoria de quienes ejercieron el oficio con convicción, aun a riesgo de su propia vida.
Memoria de la palabra como herramienta de verdad.
Memoria del periodismo como trabajo, pero también como responsabilidad.

Por Silvia Majul
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