A cien años de su nacimiento, la obra del compositor uruguayo sigue tendiendo puentes entre las dos orillas del río Uruguay. Autor de canciones fundamentales como Ky Chororo, Garzas viajeras y Río de los Pájaros, convirtió el paisaje litoraleño en una poética propia, atravesó la cárcel y el exilio sin renunciar a sus convicciones y dejó un legado que continúa vivo en la memoria musical de América Latina.
Hay artistas cuya obra no puede separarse del territorio que los vio nacer.
En Aníbal Sampayo esa relación alcanza una profundidad poco frecuente. Su música no habla del río Uruguay: nace de él. En sus canciones, el agua, las islas, los montes, los pescadores, los peones rurales y el vuelo de las aves no son un paisaje de fondo, sino protagonistas de una manera de entender el mundo.

Poeta, compositor, cantor, arpista y profundo conocedor de la cultura popular del litoral, Sampayo construyó una de las obras más originales de la música rioplatense. Sus canciones trascendieron las fronteras del Uruguay, fueron interpretadas por artistas como Mercedes Sosa, Los Trovadores, Jorge Cafrune, José Larralde, Daniel Viglietti, Zitarrosa y decenas de intérpretes de ambas orillas, hasta convertirse en parte del patrimonio cultural compartido entre Uruguay y Argentina.
Pero su historia también estuvo marcada por la persecución política, la prisión y el exilio. Durante la dictadura uruguaya pasó varios años encarcelado y, tras recuperar la libertad, debió reconstruir su vida lejos de su país. Sin embargo, ni la cárcel ni la distancia lograron apartarlo del paisaje que alimentó toda su obra.
A cien años de su nacimiento, volver a escuchar a Aníbal Sampayo es reencontrarse con una forma de cantar donde la belleza nunca estuvo separada del compromiso, y donde el río dejó de ser una frontera para convertirse en un lugar de encuentro.
El niño que aprendió a escuchar el río
Aníbal Sampayo nació el 6 de agosto de 1926 en Paysandú, una ciudad cuya historia, su economía y su identidad cultural siempre estuvieron ligadas al río Uruguay. Allí, entre barrios populares, el trabajo cotidiano y la vida de la gente sencilla, comenzó a formarse la sensibilidad que décadas más tarde daría origen a uno de los cancioneros más importantes del litoral.
El primer gran acontecimiento de esa historia fue una guitarra prestada.
En una de las entrevistas concedidas durante sus últimos años recordó aquel momento con la sencillez que lo caracterizaba:
«Yo tuve un maestro que era Carbone. Un día me arrimé y le dije: ‘Maestro, yo quisiera aprender la guitarra’. Me preguntó si tenía guitarra. Le dije que no. Entonces me respondió: ‘Sin guitarra no podemos hacer nada’. Y me prestó una.»
Ese gesto cambió su vida.
Con el maestro Alberto Carbone aprendió los primeros acordes y descubrió que la música podía ser mucho más que un entretenimiento. Poco después llegaron las actuaciones en la radio sanducera, los dúos con amigos del barrio y las primeras composiciones, alimentadas por las voces de los grandes trovadores cuyanos y de los intérpretes que escuchaba mientras trabajaba como locutor.
Sin embargo, el aprendizaje decisivo no ocurrió frente a una partitura.
Ocurrió a la intemperie.
Su padre elaboraba sulfuro de calcio y el pequeño Aníbal lo ayudaba desde muy temprano. Más adelante ingresó a trabajar en el ferrocarril, pero aquella experiencia duró poco. El ambiente laboral y el trato de los administradores ingleses terminaron por convencerlo de que su camino estaba en otra parte.
Entonces tomó una decisión que marcaría para siempre su obra.
Se fue al campo.

Entre peones, pescadores, hacheros, puesteros e isleños descubrió un universo humano que más tarde poblaría sus canciones. Allí comprendió que antes de escribir había que aprender a escuchar: el habla del paisano, el rumor del monte, el silbido de las aves, el trabajo cotidiano y el pulso del río.
Toda su obra nacería de esa escuela. Una escuela sin pupitres ni manuales, donde los verdaderos maestros fueron la naturaleza y la gente común.
Muchos años después, cuando ya era reconocido en toda América Latina, seguía hablando de aquellos años con la misma emoción con la que recordaba la guitarra que le había prestado su maestro. Porque sabía que el verdadero origen de sus canciones no estaba solamente en la música, sino en todo aquello que había aprendido observando, escuchando y viviendo junto a la gente del litoral.
Un cancionero para el litoral
La obra de Aníbal Sampayo no puede comprenderse únicamente como un repertorio de canciones. Es, ante todo, una manera de narrar el litoral desde adentro. Allí donde otros describían un paisaje, él encontraba una forma de vida. Allí donde muchos veían una geografía, él descubría una cultura.

Sus composiciones están pobladas por pescadores, peones rurales, isleños, puesteros, aves, montes y ríos. Pero ninguno de esos elementos aparece como un adorno poético. Todos forman parte de un mismo universo humano, donde la naturaleza y las personas conviven sin jerarquías.
Sampayo nunca escribió para idealizar el paisaje. Lo hizo para darle voz.
Ky Chororo: la infancia del río
Entre todas las composiciones de Aníbal Sampayo, Ky Chororo ocupa un lugar singular. No sólo por la cantidad de intérpretes que la hicieron propia a ambos lados del río Uruguay, sino porque condensa, quizá como ninguna otra, su manera de entender la canción popular.
En sus versos no habla un observador. Habla alguien que pertenece a ese paisaje.
La infancia, el río, la lengua guaraní, los juegos y la vida cotidiana de los isleños aparecen entrelazados con una naturalidad que sólo puede alcanzar quien conoce ese universo desde adentro. No hay descripciones pintorescas ni una mirada folclorizante: hay memoria vivida.
Ese es uno de los mayores logros de Sampayo.
Consiguió que una obra con autor conocido terminara siendo percibida como una canción nacida del propio litoral. Como sucede con las grandes composiciones populares, Ky Chororo parece haber existido desde siempre. Cada nueva interpretación confirma que ya no pertenece únicamente a quien la escribió, sino también a la memoria colectiva de un pueblo que sigue reconociéndose en sus imágenes, en su música y en su lenguaje.
Garzas viajeras: el paisaje también migra
Si Ky Chororo representa la infancia del río, Garzas viajeras revela otra dimensión del universo poético de Aníbal Sampayo: la contemplación.
Las garzas que cruzan el cielo del litoral son mucho más que un elemento del paisaje. En sus versos evocan el paso del tiempo, la libertad, el viaje y esa condición errante que atraviesa buena parte de la existencia humana. Años más tarde, cuando el propio Sampayo debió soportar la cárcel y el exilio, muchos encontraron en esa imagen una resonancia inesperada. Pero la grandeza de la canción reside precisamente en eso: nunca impone un significado único.
Sampayo no explicaba.
Sugería.
Y en esa capacidad de insinuar sin decirlo todo radica buena parte de la fuerza de su obra.
La naturaleza nunca aparece como un simple decorado ni como un recurso pintoresco. Es un sujeto vivo, con el que hombres y mujeres comparten un mismo destino. En sus canciones, el vuelo de una garza tiene la misma importancia que el trabajo de un pescador, la voz de un peón rural o la memoria de un viejo isleño. Todos forman parte de un mismo universo.
IoseEsa mirada atraviesa gran parte de su cancionero. Obras como Río de los Pájaros, Peoncito del mandiocal, El pescador, Canción para mi América o A don José Artigas revelan una constante: la convicción de que el paisaje sólo puede comprenderse a través de quienes lo habitan y de las historias que allí se construyen. En Sampayo, el río nunca es un escenario. Es el verdadero protagonista.
Río de los Pájaros: una identidad compartida
Pocas canciones expresan con tanta claridad la idea de un territorio sin fronteras como Río de los Pájaros. En ella, el Uruguay deja de ser una línea divisoria para convertirse en un espacio de encuentro entre pueblos que comparten una misma memoria cultural.
No hay discursos grandilocuentes ni consignas políticas. Hay una certeza construida desde la experiencia: las aguas que separan dos países también unen sus historias.
Sampayo entendía el litoral como una región cultural antes que como un límite geográfico. Sus canciones dialogan con la tradición entrerriana, correntina, santafesina y uruguaya con absoluta naturalidad, porque nacen de un paisaje común y de una forma compartida de habitarlo.
Por eso su obra fue adoptada con la misma intensidad en ambas orillas del río. Su cancionero pertenece tanto al Uruguay como a la Argentina. En él, las fronteras políticas pierden sentido frente a una identidad construida por el agua, la música y la memoria.
Nuestra canción del Litoral: pensar la música desde adentro
Aníbal Sampayo no sólo escribió canciones. También reflexionó sobre ellas.
En su ensayo Nuestra canción del Litoral dejó plasmada una idea que atraviesa toda su producción artística: la música de una región no puede separarse de su paisaje, de su historia ni de la vida cotidiana de quienes la habitan.
Para Sampayo, la canción popular era una construcción colectiva. Nacía de la lengua, del trabajo, de las costumbres, de las fiestas, de los oficios y de la relación permanente entre las personas y la naturaleza. Por eso rechazaba las visiones superficiales o folklorizantes del litoral. Entendía que su identidad no residía únicamente en un ritmo o en una instrumentación, sino en una manera particular de sentir y contar el mundo.
Esa concepción explica la vigencia de su obra.
Sus canciones no buscan describir el paisaje: lo habitan. No hablan de personajes extraordinarios, sino de hombres y mujeres comunes cuya existencia está ligada al río, al monte y al trabajo cotidiano.
Quizá allí resida la mayor singularidad de Aníbal Sampayo.
No escribió para convertir al litoral en un motivo poético. Escribió porque él mismo era parte de ese paisaje. Y esa autenticidad sigue conmoviendo, un siglo después de su nacimiento, a quienes encuentran en sus canciones mucho más que una melodía: encuentran una forma de pertenecer.
Cuando cantar también era resistir
La vida de Aníbal Sampayo cambió para siempre con la llegada de la dictadura cívico-militar uruguaya.
Su compromiso con las causas populares, su cercanía con los trabajadores rurales y su militancia política lo convirtieron en uno de los tantos artistas perseguidos por el régimen. Fue detenido, encarcelado durante varios años y, más tarde, obligado a abandonar su país.
Sin embargo, ni la prisión ni el exilio lograron quebrar aquello que había dado sentido a toda su obra.
Siguió cantando.
Porque para Sampayo la música nunca fue solamente un oficio. Era una forma de resistencia.

La cárcel según Sampayo
Escuchar a Aníbal Sampayo hablar de la prisión produce una impresión inesperada. En sus recuerdos no hay grandilocuencia ni voluntad de heroísmo. Hay memoria. Y, sorprendentemente, también humor.
Las visitas familiares resumían la dureza del encierro. Su esposa y sus hijas sólo podían verlo a través de un vidrio. Se saludaban apoyando las manos sobre el cristal y el beso era apenas un gesto imposible. Después hablaban por teléfono, sabiendo que cada palabra era escuchada y registrada por los guardias.
«Todo lo copiaban allá arriba», recordaba.
Así ocurrió cuando, durante una conversación con su esposa, comentó el asesinato de Jorge Cafrune.
«Lo asesinaron.»
Aquella simple frase bastó para que recibiera una nueva sanción. En la cárcel, incluso las palabras podían convertirse en un delito.
Pero ni siquiera ese régimen logró arrebatarle el sentido del humor.
Un día, un perro doberman atacó a uno de los presos. Sampayo reaccionó con un insulto dirigido al animal y, minutos después, un guardia le notificó la sanción.
—¿El motivo?
—»Por insultar al personal canino.»
Décadas más tarde seguía contando la anécdota entre risas.
«Capaz que el perro tenía grado militar», bromeaba.
Esa mezcla de ironía, lucidez y humanidad atraviesa todos sus relatos sobre el encierro. Incluso en las circunstancias más adversas, encontraba una forma de resistir sin renunciar a su condición de hombre ni a su capacidad de reír.
«El arpa está sancionada»

La música también encontró su lugar dentro de la prisión.
Con el tiempo, los presos políticos lograron disponer de algunos instrumentos y comenzaron a organizar pequeños recitales para ellos mismos. Eran momentos breves, pero suficientes para recuperar algo de la libertad que el encierro intentaba negarles.
Una tarde, un comandante se acercó para pedirle que tocara el arpa.
Sampayo respondió con una frase que resume mejor que cualquier análisis la lógica absurda de aquellos años.
«No puedo. El arpa está sancionada.»
El militar creyó haber escuchado mal.
—¿Cómo que el arpa está sancionada?
Entonces Sampayo explicó que cualquier gesto podía convertirse en motivo de castigo y que prefería esperar a la noche, cuando los presos se reunían a cantar con autorización.
El comandante aceptó la invitación.
Aquella noche se sentó entre los bancos donde los detenidos hacían música y escuchó el pequeño recital improvisado. Incluso ordenó que retiraran los perros que, con sus ladridos, interrumpían la actuación.
En medio de una prisión diseñada para deshumanizar a las personas, la música seguía siendo capaz de abrir un espacio para el diálogo.
«Sus canciones andan libres por el mundo»
Entre los recuerdos que Sampayo conservó de aquellos años hay uno que resume la fuerza que había alcanzado su obra.
Mientras limpiaba los pisos del penal, un guardia intentó humillarlo recordándole que un artista famoso había terminado realizando tareas de limpieza.
Antes de que pudiera responder, otro militar intervino.
«Él está haciendo lo que tiene que hacer… pero sus canciones andan libres por el mundo.»
Aquella frase quedó grabada para siempre en la memoria de Sampayo.
Mientras él permanecía encerrado, sus composiciones seguían viajando de pueblo en pueblo, cruzando fronteras e incorporándose al repertorio de intérpretes de toda América Latina.
Era una paradoja dolorosa.
El hombre estaba preso.
Las canciones no.
El exilio: volver a empezar
Cuando recuperó la libertad, Uruguay seguía siendo un país donde resultaba imposible reconstruir la vida. Como tantos latinoamericanos perseguidos por las dictaduras del Cono Sur, Aníbal Sampayo debió comenzar de nuevo lejos de su tierra. El destino fue Suecia.
Pero el exilio nunca modificó el centro de su obra.
En Europa continuó ofreciendo recitales solidarios para refugiados uruguayos, argentinos y chilenos. Nunca habló de esos años como el momento de una proyección internacional. Los recordaba, simplemente, como una responsabilidad.
«Voy a cantar para ayudar a la gente.»
«El exilio también terminó de integrarlo a una red de artistas e intelectuales latinoamericanos que compartían una misma manera de entender la cultura popular.»
La distancia nunca alteró su escritura. Sus canciones siguieron habitadas por el río Uruguay, las islas, el monte, los pescadores y el vuelo de las aves. Comprendía que el exilio podía alejar a un hombre de su tierra, pero no arrancarle el paisaje de la memoria.
Quizá por eso, al recorrer toda su obra, resulta evidente que Aníbal Sampayo nunca dejó realmente el litoral. Lo siguió llevando consigo en cada escenario, en cada recital y en cada canción.
Y cuando, muchos años después, le preguntaron cómo definiría su vida, respondió con la misma sencillez con la que hablaba de sus primeros acordes, de la cárcel o de sus amigos:
«Soy un luchador social con guitarra.»
No era una consigna. Era la síntesis de una vida dedicada a poner la música al servicio de los demás, sin dejar nunca de escuchar el río que lo había visto nacer.
Cuando Aníbal Sampayo evocaba a las grandes figuras de la música latinoamericana, nunca hablaba desde la admiración distante. No construía mitos. Recuperaba personas.
Sus recuerdos estaban poblados de sobremesas, guitarreadas, cruces en bote, festivales y largas conversaciones. Allí aparecían, con absoluta naturalidad, nombres como Jaime Dávalos, Atahualpa Yupanqui, Daniel Viglietti, Nicolás Guillén o Gabriel García Márquez. No como celebridades, sino como compañeros de un mismo camino.
Con Jaime Dávalos compartía una profunda fascinación por el paisaje del litoral. Cruzaban el Paraná en bote, llevaban damajuanas de vino y pasaban horas conversando mientras observaban el río, las islas y el vuelo de las aves. En una de aquellas jornadas, Sampayo señaló un pájaro que cruzaba el cielo.
—«¿Ve ese pájaro? Ese es el pato sirirí…»
Años después, Dávalos escribiría Pato sirirí. Sampayo recordaba aquella escena sin atribuirse ningún mérito. La contaba como la memoria compartida de dos amigos que aprendían a mirar el mismo paisaje y encontraban en él la inspiración para sus canciones.
Con Atahualpa Yupanqui la relación estuvo marcada por el afecto y el humor. Lo conoció cuando el cantor argentino cruzaba clandestinamente el Río de la Plata, perseguido por razones políticas, y volvieron a encontrarse en numerosas oportunidades: en Cosquín, en el Cerro Colorado y también en escenarios europeos.
Una de las anécdotas que más disfrutaba contar ocurrió durante un festival. Yupanqui se le acercó vestido completamente de negro y, con esa ironía que lo caracterizaba, lo saludó:
—«¿Qué tal, padre?»
Sampayo lo miró de arriba abajo, vestido de verde, y respondió sin perder un segundo:
—«Aquí estamos… mirando los bolivares. Va a haber buena zafra.»
La carcajada de Yupanqui fue inmediata.
Años después, al recordarlo, Sampayo resumía esa amistad con una frase tan sencilla como entrañable:
«Siempre era lindo conversar con él.»
Ese mismo afecto aparece cuando habla de Daniel Viglietti, compañero de escenarios, exilios y luchas; del poeta cubano Nicolás Guillén, a quien conoció en actividades de la Casa de las Américas; o de Gabriel García Márquez, para cuyo homenaje cantó tras la obtención del Premio Nobel de Literatura.

Nunca mencionaba esos encuentros para engrandecer su propia trayectoria. Lo hacía porque entendía que todos ellos compartían una misma convicción: la canción y la poesía debían tender puentes entre los pueblos de América Latina.
Esa fue, también, la manera en que Aníbal Sampayo eligió recorrer su vida: haciendo de la amistad, la conversación y la cultura popular una misma forma de compromiso.
Un río que sigue cantando
Hay artistas cuya obra permanece porque retrata una época. Otros sobreviven porque logran expresar algo que trasciende el tiempo.
Aníbal Sampayo pertenece a ese segundo grupo.
Un siglo después de su nacimiento, sus canciones siguen recorriendo festivales, peñas, escuelas, radios y encuentros populares de ambas orillas del río Uruguay. Continúan siendo interpretadas por nuevas generaciones porque hablan de un paisaje que aún existe, pero también de valores que siguen interpelando al presente: la solidaridad, el trabajo, la memoria, la dignidad y el profundo vínculo entre el ser humano y la naturaleza.
En una de las entrevistas que concedió durante sus últimos años, explicó con absoluta sencillez por qué una canción logra permanecer.
«El pueblo canta las canciones porque le gustan. Las hace suyas. Los niños las aprenden en las escuelas, los viejos las siguen cantando y así van pasando de generación en generación.»
Quizá esa sea la mejor definición de su propia obra.
Ky Chororo, Garzas viajeras, Río de los Pájaros y tantas otras composiciones dejaron hace tiempo de pertenecer exclusivamente a su autor para incorporarse al patrimonio cultural del litoral.
Porque Aníbal Sampayo nunca escribió sobre un río entendido como frontera.
Escribió sobre un río que une.
Un río donde las garzas siguen cruzando el cielo sin pedir permiso, donde los pescadores continúan echando sus redes y donde las canciones todavía encuentran nuevas voces que las hagan vivir.
Mientras el río Uruguay siga uniendo las dos orillas, habrá alguien que vuelva a cantar a Aníbal Sampayo. Porque hay canciones que dejan de pertenecer a un autor para convertirse en la voz de un pueblo. Las suyas son una de ellas.
Fuentes consultadas
Esta nota fue elaborada a partir de entrevistas inéditas concedidas por Aníbal Sampayo durante sus últimos años, complementadas con su ensayo Nuestra canción del Litoral y con material publicado por Revista Folklore, Historia de la Música Popular Uruguaya, Identidad Cultural, Caras y Caretas, Radio 36, FM Futura, La Diaria, El Miércoles Digital y otras fuentes periodísticas y bibliográficas consultadas para la reconstrucción de su trayectoria y su legado.
Por Federico «Poni» Rossi
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