Bitácora del folklore | En el natalicio de Cuti Carabajal: el tío que todos necesitamos

Hoy no fue una entrevista más. Fue el natalicio de Cuti Carabajal.
Y no hablé con él solamente como periodista. Hablé como quien se acerca a una parte viva de nuestra historia cultural.

Saúl Belindo, el menor de doce hermanos. El más chico de una familia que marcó para siempre el pulso de la chacarera. Hoy, el único que queda físicamente de aquellos doce. Esa sola imagen conmueve: doce destinos y él como último eslabón de una cadena que no se rompió, porque la música la sigue sosteniendo.

Cuti no es solamente un apellido ilustre. Es memoria activa. Es legado que camina.

Mientras releía los conceptos que me fue dejando en la charla, pensaba algo sencillo pero profundo:
¿Quién en la familia no tiene un tío como Cuti?

Ese tío que no es el padre, pero que enseña.
Que no es el protagonista, pero siempre está.
Que aconseja sin imponer.
Que abraza sin invadir.

Cuti se volvió ese tío del folclore argentino. No sólo de su sangre, sino de todos los que abrazamos esta música. Es el referente que impulsa a los jóvenes, el que acompaña los primeros pasos sin mezquindades. En tiempos donde el individualismo parece ganar terreno, él elige compartir.
Y eso también es una forma de militancia cultural.

El hombre que entiende el alma del poema

Hay artistas que interpretan canciones.
Y hay artistas que comprenden el alma de una palabra.

Cuti tuvo la sensibilidad de ponerle música a textos esenciales de Pablo Raúl Trullenque: “La pucha con el hombre” y “Cuando me abandone el alma”.

En “La pucha con el hombre” aparece esa mirada cruda y honesta sobre nuestra condición: somos el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Repetimos errores. Caemos. Nos equivocamos. Pero mientras el hombre se asombre, llore y ría —dice el poema— seguirá siendo la fantasía que Dios creó.

Somos contradicción y maravilla al mismo tiempo.

Y en “Cuando me abandone el alma”, la muerte deja de ser amenaza para convertirse en desafío poético:

“La muerte vive celosa
de mi amada flor la vida…
ojalá si un día me pilla,
me halle desvelado y cantando,
para que se muera de envidia.”

Que la muerte venga cuando quiera, pero que nos encuentre viviendo. Cantando. Compartiendo. Amando lo que hacemos.

Eso es folclore. Eso es filosofía popular. Es una manera de pararse frente al misterio.

Una reflexión personal

En el día de su natalicio, más que celebrar una fecha, celebramos una actitud frente a la vida.

Ser el último de doce hermanos no debe ser fácil. Hay ausencias que pesan. Hay silencios que duelen. Pero Cuti transforma esa soledad biológica en compañía espiritual. Cuando canta, canta con todos los que ya no están.

Y nosotros, cuando lo escuchamos, sentimos que algo se ordena adentro.

Quizás por eso vuelve la pregunta:

¿Quién no tuvo —o no necesitó— un tío como Cuti?

Alguien que nos recuerde que, a pesar de tropezar, seguimos siendo esa fantasía que Dios creó.
Alguien que nos enseñe que, si la muerte anda buscando, ojalá nos encuentre cantando.

En tiempos apurados, Cuti sigue creyendo en el patio, en la ronda, en la guitarra compartida. Y mientras haya una chacarera que convoque, mientras haya un joven que necesite una palabra, seguirá siendo ese tío eterno del folclore.

Y nosotros, agradecidos de poder escucharlo una vez más.

Por Carlos Lucentti

Foto: Cuti recibiendo el Camin a la trayectoria, en Cosquín 2026 – Autor: Diego Nucera

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