Cada 23 de julio, en Argentina celebramos el Día del Payador. La fecha recuerda una de las páginas más memorables de nuestra cultura popular: la histórica payada de contrapunto entre el afroargentino Gabino Ezeiza y el afrouruguayo Juan de Nava, realizada el 23 de julio de 1884 en la ciudad de Montevideo, Uruguay. Aquel desafío de improvisación se extendió durante varias horas y la tradición recuerda como vencedor a Gabino Ezeiza, quien, a partir de ese momento, se convirtió en una leyenda del arte payadoril.
Pero, más allá de quién ganó aquel contrapunto, creo que la verdadera victoria fue de la palabra. Porque la payada nunca fue solamente una competencia. La payada es un encuentro. Es un diálogo. Es un arte que invita a compartir ideas, sentimientos y miradas sobre la vida.
El payador era, de alguna manera, el periodista de la campaña. En tiempos en que muchos hombres y mujeres no sabían leer ni escribir, era él quien recorría pulperías y caminos llevando noticias, contando historias y transmitiendo la memoria del pueblo. Lo hacía con una guitarra entre las manos y con versos improvisados.
No es casual que José Hernández escribiera gran parte del Martín Fierro en sextillas de versos octosílabos. Ese era el lenguaje del hombre de campo, el lenguaje de los payadores. Un lenguaje sencillo en apariencia, pero de una enorme complejidad técnica.
Porque payar no es solamente rimar. Es pensar mientras se canta, responder al instante, respetar la métrica, sostener la rima y acompañarse con la guitarra, todo al mismo tiempo. Es un ejercicio artístico extraordinario que muchas veces no valoramos en su verdadera dimensión.
Y, sin embargo, la payada sigue viva. Algunos creen que pertenece al pasado, pero basta recorrer los festivales de jineteada y folclore de nuestro país para descubrir que sigue ocupando un lugar central. Allí están los payadores, manteniendo encendida una tradición que ya forma parte de nuestra identidad.
También aparecen nuevas formas de improvisación, como el freestyle o las batallas de rap. Cambian los escenarios y cambian los ritmos, pero permanece la esencia: la palabra improvisada, el ingenio, la creatividad y el desafío respetuoso entre dos artistas.
Hoy, además, hay payadores como Nicolás Membriani y Emanuel Gabotto, entre otros, que recorren el país ofreciendo talleres para que las nuevas generaciones aprendan este oficio maravilloso. Eso demuestra que la tradición no se conserva encerrándola en un museo; se conserva enseñándola y compartiéndola.
Y hay un dato que también merece nuestra reflexión. Gabino Ezeiza, uno de los mayores artistas populares que dio la Argentina, murió en la pobreza. Paradójicamente, quien enriqueció con su guitarra y con su palabra el patrimonio cultural de un país entero terminó sus días con enormes dificultades económicas. Es una historia que, lamentablemente, se ha repetido demasiadas veces con nuestros grandes artistas.
Por eso, celebrar el Día del Payador no es solamente recordar una fecha. Es valorar uno de los primeros grandes artes de nuestro folclore. Es reconocer a quienes mantienen viva esta tradición y agradecerles por seguir demostrando que, mientras exista alguien dispuesto a cantar una verdad con una guitarra en la mano, la payada nunca dejará de tener futuro.
Por: Carlos Lucentti.
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