A los más de noventa años publicó su primer disco, Afroargentina, una obra que resume décadas de investigación, militancia cultural y preservación de la identidad afroargentina. En el Día Internacional de las Mujeres Afrolatinoamericanas, Afrocaribeñas y de la Diáspora, el recorrido por la vida de una mujer que hizo de la memoria una forma de resistencia.
Por Federico «Poni» Rossi
Cuando María Elena Lamadrid habla del candombe, no lo hace como una investigadora que describe un fenómeno cultural ni como una artista que presenta un repertorio. Habla desde la memoria. Desde los recuerdos de infancia, de las reuniones familiares, de los tambores que marcaron el ritmo de una historia transmitida de generación en generación. Por eso, cuando presentó Afroargentina, su primer trabajo discográfico, dejó en claro que el álbum no era el comienzo de una carrera musical, sino la continuidad de una vida entera dedicada a preservar un legado.
«En este disco deseo compartir el candombe afroporteño. Son parte de mi niñez, de mi vida, me acompañan y están dentro de mí. Es recuerdo de mis abuelos, de la familia. Quiero compartirlos con todos aquellos que deseen escuchar esta música mediante el sentir, entender y comprender sobre la verdad de nuestros ancestros en nuestro querido país«, expresó.
Sus palabras resumen el verdadero sentido de Afroargentina. No es un disco concebido para insertarse en el mercado musical ni para satisfacer una búsqueda personal. Es un testimonio. Un archivo sonoro. Una invitación a escuchar una parte de la historia argentina que durante demasiado tiempo permaneció relegada a los márgenes.
Esa dimensión adquiere una relevancia especial cada 25 de julio, cuando se conmemora el Día Internacional de las Mujeres Afrolatinoamericanas, Afrocaribeñas y de la Diáspora. Instituida en 1992 tras el Primer Encuentro de Mujeres Afrolatinoamericanas y Afrocaribeñas realizado en Santo Domingo, la fecha reconoce el aporte de las mujeres afrodescendientes y visibiliza las desigualdades que aún enfrentan. En Argentina, además, invita a revisar un relato histórico que durante décadas sostuvo la falsa idea de que la población afro había desaparecido.
Frente a esa narrativa, María Elena Lamadrid dedicó buena parte de su vida a demostrar exactamente lo contrario.
La memoria que no estaba en los libros

Descendiente de familias afroporteñas de tronco colonial, Lamadrid creció en un entorno donde la historia circulaba de otra manera. No llegaba desde los manuales escolares ni desde los discursos oficiales. Se transmitía en la mesa familiar, en los relatos de los mayores, en las celebraciones y, sobre todo, en la música.
Los candombes que escuchó durante su infancia no eran una recreación folclórica ni una curiosidad histórica. Eran parte de la vida cotidiana. La expresión viva de una comunidad que había logrado conservar su identidad a pesar de siglos de invisibilización.
Aquellas experiencias marcaron profundamente su mirada sobre la historia argentina.
Mientras el imaginario nacional repetía que los afroargentinos habían desaparecido tras las guerras de la Independencia, la Guerra del Paraguay o las epidemias del siglo XIX, Lamadrid conocía otra realidad. Sabía que muchas familias habían permanecido en el país, sosteniendo tradiciones, costumbres y formas de organización que sobrevivieron gracias a la transmisión oral.
Con el tiempo comprendió que esa memoria también necesitaba ser defendida.
Desmontar un mito
Gran parte del trabajo de María Elena Lamadrid consistió en cuestionar una afirmación instalada durante generaciones: que «en Argentina no hay negros».
La frase, repetida durante décadas en ámbitos educativos, políticos y sociales, terminó por consolidar un relato que invisibilizó el aporte de miles de afroargentinos a la construcción del país.
Frente a esa negación, Lamadrid eligió responder con investigación, educación y cultura.
Recorrió escuelas, universidades, congresos, centros culturales y espacios comunitarios compartiendo una historia que pocas veces encontraba lugar en los programas educativos.
«Mostramos que sí hay negros en Argentina, aunque nos quisieron negar«, afirmó en una entrevista, sintetizando una trayectoria dedicada a disputar el sentido de la memoria colectiva.
Su trabajo nunca buscó instalar una mirada confrontativa. Por el contrario, propuso ampliar la comprensión de la identidad nacional incorporando una parte de la historia que había sido sistemáticamente omitida.
En una entrevista reciente volvió sobre esa idea al explicar que una de sus principales preocupaciones siempre fue comprender «el porqué de la invisibilidad de los afroargentinos del tronco colonial«.
La pregunta, formulada una y otra vez a lo largo de su vida, terminó convirtiéndose en el motor de su tarea como investigadora y gestora cultural.
Misibamba: reconstruir la memoria colectiva

Ese compromiso encontró una de sus expresiones más importantes en Misibamba, el espacio cultural que impulsó para investigar, preservar y difundir la cultura afroargentina de tronco colonial.
Desde allí promovió talleres, investigaciones, publicaciones, encuentros comunitarios y espectáculos que permitieron recuperar cantos, relatos familiares, expresiones musicales y tradiciones que permanecían prácticamente ausentes de la agenda cultural argentina.
El nombre Misibamba no tardó en convertirse en una referencia para investigadores, docentes, artistas y gestores culturales interesados en conocer una parte de la historia nacional que apenas comenzaba a recuperar visibilidad.
Pero para Lamadrid el objetivo nunca fue únicamente preservar documentos o reconstruir archivos.
La memoria, entendía, solo permanece viva cuando continúa transmitiéndose.
Por eso la música siempre ocupó un lugar central en su trabajo.
Cuando el tambor también cuenta la historia
En una de las entrevistas realizadas con motivo del lanzamiento de Afroargentina, María Elena Lamadrid explicó algo que ayuda a comprender el lugar que ocupa el candombe en su vida.
«Para mí el toque del tambor significa mucho. Es algo que trae recuerdos y, además de los recuerdos, es lo que el cuerpo siente.«
La frase parece sencilla.
Sin embargo, contiene una definición profunda.
El candombe no aparece solamente como una manifestación artística.
Es memoria corporal.
Es identidad.
Es una forma de diálogo con quienes transmitieron esas tradiciones mucho antes de que existieran grabaciones, libros o investigaciones académicas.
Esa experiencia atraviesa todo Afroargentina.
Las canciones no fueron elegidas únicamente por su valor musical.
Cada una conserva fragmentos de una historia familiar y comunitaria que sobrevivió gracias a quienes decidieron mantener vivas esas expresiones incluso cuando parecían condenadas al olvido.
Afroargentina: un disco que preserva una historia

La publicación de Afroargentina representa uno de los acontecimientos culturales más significativos del año para quienes siguen de cerca el rescate del patrimonio musical argentino. No porque se trate del debut discográfico de una artista nonagenaria —dato que por sí solo ya resulta extraordinario—, sino porque el álbum pone en circulación un repertorio que durante generaciones sobrevivió casi exclusivamente gracias a la transmisión oral.
Las doce canciones que integran el disco recorren candombes afroporteños, rumbas, boleros y otras expresiones vinculadas con la diáspora africana. Sin embargo, la obra no busca reconstruir un pasado congelado. Tampoco pretende ofrecer una mirada académica sobre la cultura afroargentina.
Lo que propone es algo mucho más valioso.
Escuchar esas canciones desde la voz de una mujer que las heredó de su familia y que dedicó toda su vida a preservarlas.
Por eso el álbum posee un valor que trasciende lo artístico.
Cada interpretación funciona como un documento cultural.
Cada tambor recupera una memoria.
Cada letra devuelve al presente historias que durante décadas apenas encontraron lugar en los relatos oficiales sobre la música argentina.
En tiempos donde buena parte de la industria musical privilegia la inmediatez, Afroargentina propone detenerse a escuchar de dónde vienen esos sonidos y qué historias guardan.
Mucho más que una cantante
Resulta tentador presentar a María Elena Lamadrid como la artista que grabó su primer disco después de los noventa años.
Sería una buena historia.
Pero sería una historia incompleta.
Antes de convertirse en intérprete, Lamadrid ya era una referente insoslayable de la cultura afroargentina. Su trayectoria está atravesada por la investigación, la educación, la gestión cultural y la defensa permanente de una memoria que durante demasiado tiempo fue negada.
El disco, en realidad, aparece como una consecuencia lógica de ese recorrido.
Como si después de décadas enseñando, investigando y compartiendo historias, hubiera llegado el momento de registrar también los sonidos que acompañaron esa memoria desde la infancia.
Durante una entrevista reciente volvió sobre esa idea al explicar su vínculo con la identidad.
«Nos trajeron a este país, pero esta es mi patria. Me siento argentina y soy afroargentina.»
La frase resume una discusión que atraviesa buena parte de su trabajo.
Reconocer el aporte afrodescendiente a la construcción de la Argentina no significa hablar de una historia ajena.
Significa comprender una parte de la propia historia nacional.
La cultura como forma de resistencia
A lo largo de su vida, María Elena Lamadrid eligió un camino poco frecuente.
Mientras otros discutían la historia desde los libros, ella decidió recuperarla desde la experiencia.
Desde la palabra de los mayores.
Desde las reuniones familiares.
Desde la música.
Desde el cuerpo.
Quizá por eso una de las frases más conmovedoras de sus recientes entrevistas no habla de política ni de investigación.
Habla del tambor.
«Para mí el toque del tambor significa mucho. Es algo que trae recuerdos y, además de los recuerdos, es lo que el cuerpo siente.»
En esa breve reflexión aparece condensado todo un modo de entender la cultura.
La memoria no vive únicamente en los archivos.
También permanece en los sonidos, en los gestos, en las celebraciones y en las emociones que una comunidad transmite de generación en generación.
Esa es, probablemente, la mayor enseñanza de María Elena Lamadrid.
Una voz imprescindible para comprender la Argentina
Cada 25 de julio, el Día Internacional de las Mujeres Afrolatinoamericanas, Afrocaribeñas y de la Diáspora invita a reconocer el aporte de mujeres que transformaron sus comunidades desde el arte, la educación, la investigación o la militancia social.
En Argentina, el nombre de María Elena Lamadrid ocupa un lugar central dentro de ese mapa.
No solamente por su trabajo como activista o gestora cultural.
Tampoco únicamente por la creación de Misibamba o por la publicación de Afroargentina.
Su legado consiste, sobre todo, en haber sostenido durante décadas una verdad que hoy comienza a ocupar el lugar que merece: la identidad argentina también tiene raíces africanas.
Reconocerlas no implica reescribir la historia.
Implica contarla completa.
La guardiana de la memoria
Quizá el mayor mérito de María Elena Lamadrid haya sido comprender que la memoria necesita mucho más que documentos para sobrevivir.
Necesita personas dispuestas a transmitirla.
A enseñarla.
A defenderla.
Y, cuando hace falta, también a cantarla.
En una época atravesada por la velocidad y el olvido, su primer disco llega como un acto profundamente político y cultural.
No porque busque instalar una verdad nueva.
Sino porque devuelve al centro de la escena voces que siempre estuvieron allí.
Voces que resistieron en las casas, en los patios, en las reuniones familiares y en el sonido de los tambores mucho antes de encontrar un lugar en un estudio de grabación.
Hacia el final de una de sus entrevistas, Lamadrid dejó una reflexión que resume toda una vida de trabajo:
«Quiero que la sangre de nuestros antepasados no haya sido derramada en vano.»
No habla desde el resentimiento.
Habla desde la responsabilidad.
Desde el compromiso con quienes la precedieron y con quienes vendrán después.
Afroargentina es, en definitiva, mucho más que un álbum.
Es la confirmación de que la memoria puede transformarse en música.
Y que mientras existan mujeres como María Elena Lamadrid, dispuestas a custodiarla y compartirla, esa historia seguirá encontrando nuevas formas de ser contada.
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