Cantante, guitarrista, compositora y docente, Inés Bayala construyó una obra atravesada por la canción de raíz folklórica, la memoria y una mirada cada vez más comprometida con las historias que quedaron fuera del relato. Desde “El anhelo de tu pañuelo”, interpretada por Mercedes Sosa, hasta Condenadas al olvido, su sexto trabajo discográfico, hay un hilo que atraviesa toda su trayectoria: escuchar, investigar y transformar esas historias en canciones.
Hay canciones que nacen de una experiencia propia. Otras aparecen después de una lectura, una imagen o un paisaje. Y hay algunas que nacen de escuchar a otro.
“Ña Lucía” es de estas últimas.
La música fue compuesta por Colacho Brizuela y la letra fue escrita por Inés Bayala a partir de una historia que el músico le contó sobre Lucía, una mujer riojana que enseñaba a bailar a los chicos sin ser maestra ni pertenecer a ninguna institución. Le gustaba bailar y enseñar, y los changuitos iban a su casa para aprender.
Pero en las fiestas de carnaval ocurría algo particular: Lucía no bailaba. Los muchachos sacaban a bailar a las niñas y ella permanecía sentada, “planchando”. Bayala decidió entonces hacer algo desde la canción: sacar ella misma a bailar a Lucía.
“Cada vez que la canto, siento que Ña Lucía baila”, contó la compositora.

La historia parece pequeña, pero contiene buena parte de la forma en que Bayala entiende su oficio. Escuchar aquello que alguien cuenta, encontrar allí una historia que merece ser preservada y transformarla en una canción capaz de trascender a sus protagonistas. “Ña Lucía” comenzó así un recorrido propio y fue incorporada al repertorio de artistas como Bruno Arias y Adriana Tula.
Lucía dejó de estar sentada. Cada vez que alguien canta la canción, vuelve a bailar.
Una guitarra desde los seis años

Inés Bayala nació en Buenos Aires y comenzó a tocar la guitarra a los seis años, inicialmente vinculada a la guitarra clásica. Con el tiempo, su formación se fue abriendo hacia diferentes lenguajes de la música popular hasta consolidar una identidad propia como cantante, guitarrista y compositora.
En sus entrevistas menciona como referentes a Raúl Carnota y el Cuchi Leguizamón, y también a compositores de generaciones posteriores como Juan Quintero y el Negro Aguirre. Esa combinación ayuda a comprender el territorio musical desde el cual construyó su obra: una profunda raíz en la tradición popular argentina, pero abierta a nuevas formas de composición y de interpretación.
Su trayectoria tampoco se desarrolló alrededor de una única formación. Integró y creó diferentes proyectos colectivos, entre ellos Rosa de los Vientos, una agrupación de mujeres músicas, además de tríos, cuartetos y propuestas que incorporaron elementos teatrales y visuales.
La multiplicidad forma parte de su recorrido artístico. Bayala canta, toca, compone, enseña y participa de proyectos colectivos en los que la música aparece como espacio de encuentro.
Una compositora que encontró otras voces
La composición ocupa un lugar central en su trayectoria. “En general, hago propias”, explicó en una entrevista cuando le preguntaron por su repertorio.
Su primer disco, Engualichados, apareció en 2000. Cinco años después llegó Doña Inés; luego Vuelvo canción (2012) y Fuego (2016). En 2021 publicó Historias de mujeres, patio adentro y en 2025 llegó Condenadas al olvido, su sexto trabajo discográfico.

A lo largo de ese recorrido, sus canciones comenzaron a desprenderse de su propia voz para encontrar otros intérpretes. Entre quienes grabaron o interpretaron composiciones de Bayala aparecen Mercedes Sosa, Suna Rocha, Bruno Arias y Adriana Tula, entre otros nombres de la música popular.
Pero hubo una interpretación que marcó especialmente su carrera.
Cuando Mercedes Sosa cantó sus palabras
“El anhelo de tu pañuelo” fue compuesto por Bayala hacia fines de los años noventa. La canción llegó a Mercedes Sosa a través de Colacho Brizuela y la cantora la incorporó a su repertorio.
Para una compositora, escuchar sus propias palabras y su propia melodía en la voz de Mercedes era un acontecimiento extraordinario. Bayala lo recordó años después como “un regalo del cielo”: la posibilidad de escuchar sus palabras y su melodía en la voz de una de las grandes intérpretes de la música argentina.
La canción, además, tenía una particularidad. Era compleja. En una entrevista, Bayala recordó que Mercedes Sosa hacía referencia a la dificultad del tema antes de cantarlo, aunque inmediatamente destacaba su belleza.
“El anhelo de tu pañuelo” pertenecía a una etapa en la que Bayala escribía canciones de amor. Con el tiempo, su escritura comenzó a desplazarse hacia otras preocupaciones. Cuando le preguntaron por aquella transformación, respondió con humor: “Después se me pasó y me dediqué a lo social”.
La frase sintetiza una evolución que después se haría cada vez más evidente.
De la canción de amor a las historias de las mujeres
El recorrido de Bayala fue incorporando progresivamente una mirada social y una preocupación por las cuestiones de género. Esa búsqueda aparece en distintos momentos de su obra y adquiere especial relevancia en Historias de mujeres, patio adentro y, posteriormente, en Condenadas al olvido.

En una entrevista, la compositora explicó que el interés por estas historias se profundizó a partir de una propuesta para componer una canción sobre María Remedios del Valle. Aunque no ganó aquel concurso, la experiencia la llevó a investigar más profundamente la vida de aquella mujer afrodescendiente que tuvo un papel destacado durante las guerras de independencia.
A partir de allí comenzó a encontrar otros nombres.
Y a preguntarse por qué nunca los había conocido.
Bayala empezó a investigar historias de mujeres de Argentina y de otros países de América Latina. Recorrió archivos, buscó documentos y se encontró con una sucesión de vidas que habían quedado desplazadas de los relatos más conocidos sobre la independencia.
Ese proceso desembocó en Condenadas al olvido.
Las mujeres que quedaron fuera de la historia
El sexto disco de Bayala reúne canciones dedicadas a figuras como María Remedios del Valle, Martina Chapanay, Manuela Sáenz, Rosita Campuzano, María Quiteria y Martina de Céspedes.
Son mujeres que participaron de diferentes maneras en los procesos independentistas latinoamericanos y que, sin embargo, fueron quedando relegadas de la memoria colectiva.
Bayala no quiso limitarse a reconstruir sus biografías. En muchas de las canciones les entrega la palabra y las hace hablar desde la primera persona.
La operación es significativa: las mujeres dejan de ser solamente personajes de una historia contada por otros y pasan a convertirse en voces dentro de la propia canción.
La compositora definió Condenadas al olvido como “una protesta contra la injusticia”. La frase no funciona únicamente como una declaración política: también permite comprender la decisión estética que atraviesa el álbum. Recuperar una historia olvidada es, para Bayala, una forma de intervenir sobre la memoria.
Martina Chapanay y una historia que no estaba en los libros
Uno de los casos que más la movilizó fue el de Martina Chapanay.
Mujer huarpe, nacida en la región de las lagunas de Guanacache, Chapanay fue reconocida por sus habilidades como jineta y por su conocimiento de los caminos de la montaña. Cuando San Martín preparaba el cruce de los Andes, quiso incorporarse al ejército. Finalmente fue convocada como chasqui por sus conocimientos del territorio.

Bayala contó esta historia durante una entrevista en la que apareció una pregunta todavía más profunda: ¿cómo puede una mujer con ese protagonismo histórico permanecer ausente de la educación de quienes crecieron en el mismo territorio?
La compositora recordó que, pese a haber estudiado en Mendoza, recién conoció la historia de Martina Chapanay de adulta, a partir de investigaciones vinculadas con los estudios sobre las mujeres que habían sido desplazadas de la historia.
Esa experiencia ayuda a comprender el sentido de Condenadas al olvido. No se trata solamente de rescatar personajes históricos. Se trata de revisar qué historias llegan hasta nosotros y cuáles fueron sistemáticamente silenciadas.
En “Martina Chapanay, Chasqui de los Andes”, Bayala convierte esa investigación en canción y permite que la propia Martina narre su identidad, su territorio y su historia.
La canción como forma de escucha
La historia de “Ña Lucía” y la de las mujeres de Condenadas al olvido están separadas por décadas y por contextos muy diferentes. Sin embargo, existe entre ellas un vínculo profundo.
En ambos casos, Bayala parte de una historia que recibe de otro lugar.
En un caso, Colacho Brizuela le cuenta sobre una mujer que enseñaba a bailar en La Rioja. En el otro, los archivos y las investigaciones le revelan las vidas de mujeres que quedaron fuera del relato histórico.
El procedimiento es parecido: escuchar, investigar y encontrar una forma de convertir aquello en canción.
Por eso la escucha ocupa un lugar central en su obra. No se trata solamente de escuchar música, sino de prestar atención a las personas, a sus relatos y a aquello que muchas veces pasa inadvertido.
Una carpeta llena de canciones
Hay una imagen de una entrevista que resume de manera muy concreta el oficio de Bayala.
Sobre una mesa aparece una carpeta llena de hojas manuscritas. Hay canciones de distintas épocas, anotaciones, acordes y correcciones. Algunas páginas tienen muchos años.
Cuando le preguntaron qué ocurriría si perdiera esa carpeta, respondió: “Si pierdo esto, chau, no puedo tocar más”.
Después la definió de una manera todavía más sencilla: “Vale oro para mí”.
La carpeta representa una parte material de su trayectoria. Allí están las canciones que fueron grabadas, las que todavía esperan una oportunidad, las que cambiaron con el tiempo y las que encontraron otras voces.
Porque una de las características más importantes de Bayala como compositora es precisamente esa capacidad de construir repertorio para que otros intérpretes lo incorporen.
Mercedes Sosa cantó “El anhelo de tu pañuelo”. Bruno Arias grabó “Ña Lucía”. Suna Rocha, Adriana Tula y otros artistas también llevaron sus composiciones a sus propios repertorios.
La canción deja entonces de pertenecer exclusivamente a quien la escribió y comienza a construir su propio recorrido.
Enseñar también es dejar una huella
La música de Bayala tampoco se limita a la composición y los escenarios. Una parte importante de su actividad está vinculada con la enseñanza.
Es directora de coro y trabaja en la formación musical de niños y jóvenes. En una entrevista contó que dirige una de las orquestas del Programa de Orquestas Infantojuveniles de Tigre y que trabaja con chicos y adolescentes desde los siete hasta los dieciocho años.

Para ella, esa tarea tiene una dimensión que va mucho más allá de enseñar técnica musical.
Bayala habla de formar nuevas generaciones y de acompañar a los chicos durante una etapa en la que pueden descubrir una vocación, una herramienta expresiva o simplemente un espacio de pertenencia.
La idea también aparece relacionada con su propia concepción de la cultura: no como un privilegio reservado para unos pocos, sino como una herramienta capaz de abrir posibilidades.
La compositora que recupera del olvido a mujeres de otros siglos trabaja, al mismo tiempo, con quienes están empezando a construir sus propias historias.
Seis discos y una misma búsqueda
Desde Engualichados hasta Condenadas al olvido, la discografía de Inés Bayala muestra un recorrido de veinticinco años.
Engualichados (2000)
Doña Inés (2005)
Vuelvo canción (2012)
Fuego (2016)
Historias de mujeres, patio adentro (2021)
Condenadas al olvido (2025)
No es necesario leer esos discos como etapas completamente separadas. Hay una continuidad que atraviesa toda la obra: la canción como espacio para contar, preguntar, recordar y poner en circulación aquello que merece ser escuchado.
Con el tiempo, esa mirada fue adquiriendo una dimensión social cada vez más marcada. La compositora que alguna vez escribió canciones de amor comenzó a interesarse con mayor intensidad por las desigualdades, las historias de mujeres y las voces que habían quedado al margen.

¿Por qué Inés Bayala deja una Nueva Huella?
Porque su aporte al cancionero no se reduce a una discografía ni a las canciones que otros artistas eligieron interpretar.
Bayala construye repertorio y, al mismo tiempo, recupera historias.
Su obra muestra una manera particular de relacionarse con la canción: escuchar primero, escribir después y permitir finalmente que aquello escrito encuentre otras voces.
En “Ña Lucía”, esa operación convierte el recuerdo de una mujer riojana en una canción que sigue viajando. En Condenadas al olvido, la misma sensibilidad se expande hacia mujeres de la historia latinoamericana cuyas vidas fueron relegadas de la memoria oficial.
Hay, en ambos casos, una misma voluntad: rescatar del silencio aquello que merece ser contado.
Tal vez por eso la imagen de Ña Lucía resulte tan poderosa para cerrar este recorrido.
Durante años permaneció sentada mientras los changuitos bailaban.
Inés Bayala escuchó su historia, la convirtió en canción y la hizo volver al patio.
Y ahora, cada vez que alguien canta “Ña Lucía”, ella vuelve a bailar.
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