Hace 120 años, el 22 de agosto de 1906, Andrés Chazarreta se presentó en el Teatro Cervantes de Santiago del Estero y puso en escena, en guitarra solista, una melodía que hasta entonces circulaba fundamentalmente por tradición oral: la “Zamba de Vargas”. Aquella presentación marcó el comienzo formal de la trayectoria de Chazarreta como recopilador y difusor de la música popular del noroeste argentino.
La importancia de aquella noche excede a una fecha en la historia del folklore. Chazarreta tomó una música que había escuchado y aprendido en su entorno santiagueño, la llevó al pentagrama y elaboró un arreglo que permitió que comenzara a circular como obra musical reconocible. En 1908, la partitura fue publicada en Buenos Aires bajo el subtítulo “Baile nacional”.
La versión que conocemos como santiagueña sumó posteriormente una letra de Domingo V. Lombardi, a pedido de Chazarreta. Allí aparece una de las historias más poderosas —y también más discutidas— asociadas a la canción: la de una zamba que habría sonado durante la batalla de Pozo de Vargas y que habría devuelto el ánimo a las tropas de Manuel Taboada hasta conducirlas a la victoria.
¿Por qué “Zamba de Vargas”?
El nombre remite a la batalla de Pozo de Vargas, librada el 10 de abril de 1867, en las cercanías de la ciudad de La Rioja. Allí se enfrentaron las fuerzas federales de Felipe Varela y las tropas vinculadas al gobierno nacional, comandadas por el santiagueño Antonio Taboada.
La batalla formó parte de las guerras civiles que atravesaron a la Argentina durante el siglo XIX y tuvo una enorme carga política: no se trataba solamente de una disputa militar, sino de la confrontación entre distintos proyectos de organización del país.
La tradición cuenta que, en un momento crítico del combate, la banda de Taboada comenzó a tocar la zamba. Los soldados, que estaban perdiendo terreno, habrían recuperado el ánimo al escucharla y finalmente conseguido la victoria.
La escena quedó incorporada a la memoria popular y fue inmortalizada décadas después en la letra de Lombardi: la banda recibe la orden de tocar “la vieja zamba” y, en medio del combate, sus notas llevan “bríos al alma”.
Pero hay una advertencia histórica fundamental: no está probado que la pieza que hoy conocemos como “Zamba de Vargas” haya sido interpretada en aquella batalla. Los partes militares conocidos no registran ese episodio y tampoco existe evidencia concluyente de que la composición tuviera entonces la forma de zamba que conocemos. La historia pertenece, en buena medida, al terreno de la tradición oral y de la construcción posterior de la memoria.
La “primera zamba”: una afirmación que hay que matizar
A la “Zamba de Vargas” suele llamársela “la primera zamba” o “la madre de todas las zambas”. La expresión tiene sentido si se entiende de manera histórica: la melodía recopilada por Chazarreta en 1906 es considerada la más antigua de una zamba argentina de la que tenemos registro musical documentado.
Eso no significa que haya sido necesariamente la primera zamba que existió. La música popular se transmitía oralmente y muchas piezas circularon durante décadas sin ser escritas. De hecho, la propia historia de esta obra muestra cómo una misma melodía podía atravesar regiones, transformarse y recibir distintas letras.
Por eso, más que hablar de un “nacimiento” puntual, la Zamba de Vargas permite observar un proceso: una tradición musical que circulaba oralmente fue recopilada, escrita, arreglada, publicada y finalmente incorporada al repertorio nacional del folklore.
Una melodía, varias memorias
La historia se vuelve todavía más interesante cuando aparecen las distintas versiones.
Por un lado está la versión santiagueña, asociada a Chazarreta y a la letra de Lombardi. Es la que presenta a Taboada y a sus hombres como protagonistas de la victoria y convierte a la zamba en símbolo del triunfo santiagueño.
Por otro lado está la versión riojana, vinculada a las recopilaciones de Juan Alfonso Carrizo y a la melodía recogida posteriormente por Luis Peralta Luna. En ella cambia la perspectiva sobre el enfrentamiento y aparecen versos relacionados con el bando de Felipe Varela.
Incluso existen diferentes versiones dentro de esas dos grandes vertientes. Los Hermanos Ábalos, por ejemplo, realizaron otra versión santiagueña, mientras que las versiones riojanas fueron reconstruidas a partir de distintos testimonios y recopilaciones de la tradición oral.
Es decir: la Zamba de Vargas no tiene una única historia porque tampoco tiene una única memoria.
Una canción nacida de una guerra civil
En su versión más conocida, la letra cuenta la batalla casi como una escena cinematográfica: los montoneros de Varela avanzan sobre las tropas santiagueñas; comienza el ataque; Taboada ordena resistir; los soldados pierden terreno y, ante la situación desesperada, aparece la música.
Entonces sucede el momento que convirtió a la canción en leyenda: la orden de tocar la zamba.

La música funciona allí como un arma simbólica. No dispara ni combate, pero reúne, identifica y devuelve coraje. La victoria militar termina asociada a la victoria de la canción, que queda destinada —según la propia letra— a conservar para siempre la memoria del episodio.
Y quizás allí esté la verdadera dimensión de la “Zamba de Vargas”: no solamente cuenta una batalla; cuenta cómo una comunidad recuerda una batalla.
De la tradición oral al patrimonio popular
La tarea de Chazarreta fue decisiva para que esa memoria musical saliera del ámbito estrictamente local. Su recopilación de 1906 fue el punto de partida de una trayectoria que llevaría numerosas expresiones del folklore santiagueño a los escenarios y, finalmente, a todo el país.
La “Zamba de Vargas” también quedó registrada por el propio Chazarreta en guitarra solista durante la década de 1930, en una grabación para RCA Víctor. Ese registro constituye uno de los testimonios sonoros más antiguos de la obra y permite escuchar, más de dos décadas después de aquella presentación de 1906, la versión instrumental vinculada directamente con su recopilador.
Ciento veinte años después de aquella primera presentación, la “Zamba de Vargas” sigue haciendo algo que las canciones verdaderamente populares saben hacer: guardar el pasado sin quedar atrapada en él.
Cambió de letra, de intérpretes, de regiones y hasta de significado político. Pero la melodía sobrevivió. Y con ella, una parte de las voces, las disputas y las memorias con las que se fue construyendo el folklore argentino.
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