Hay historias del folklore que nacen arriba de un escenario. Otras nacen en una peña, en una fiesta popular, en una guitarreada.
Y hay algunas que nacen en lugares mucho más inesperados.
Hoy, en el Día Internacional del Peluquero y en el Día del Peluquero en Argentina, quiero contarles la historia de una peluquería jujeña que terminó siendo mucho más que un lugar donde se cortaba el pelo.
Una peluquería donde, entre tijeras, peines, guitarras, charangos y violines, se sembró buena parte de la música popular de Jujuy.
Estoy hablando de la peluquería de los hermanos Chañi.
La historia comenzó en 1948, cuando Juan Nicanor, Luis Dagoberto, Cristóbal Manuel, conocido como Foro, y Amaranto Bernabé abrieron las puertas de su peluquería en San Salvador de Jujuy. Los cuatro habían heredado de su padre, Nicanor Chañi, el oficio de peluquero y también el amor por la música.

Y aquella peluquería empezó a transformarse en algo extraordinario. Porque mientras unos entraban para cortarse el pelo, otros entraban para aprender a tocar.
Cada uno de los hermanos tenía su propia personalidad. Juan, el mayor, serio y respetado. Luis, virtuoso con la guitarra. Foro, bromista y versátil. Y Amaranto, paciente, querido por todos y, con el tiempo, convertido en uno de los grandes maestros de aquel lugar.
Amaranto enseñaba guitarra, charango, quena y otros instrumentos, principalmente a chicos y jóvenes, muchas veces sin cobrarles.
Y entre esos chicos estaba Pachi Herrera.
Pachi era el menor de cinco hermanos. Antes que él, sus hermanos mayores habían comenzado a acercarse a la peluquería con la guitarra. Y cuando llegó su turno, Amaranto descubrió que había algo que llamaba especialmente su atención: el charango.
Tenía apenas once años. Y desde aquel momento, como él mismo recuerda, no se separó nunca más de ese instrumento.
Pero quizás lo más hermoso de este relato sea imaginar cómo era aquella peluquería.
Pachi la recuerda como un espacio vivo, lleno de música, juegos y alegría. Había cuatro butacas y una pieza al fondo. Los chicos iban y venían durante todo el día. Entre risas, travesuras y canciones aprendían a tocar.
No había grandes aulas. No había pupitres. Había una peluquería. Y había música.
Amaranto enseñaba como se aprende buena parte del folklore: de boca en boca, a través de coplas, rituales y canciones tradicionales.
Eso también es folklore: aprender escuchando, mirando, repitiendo y compartiendo.
Y aquella pequeña peluquería se convirtió, poco a poco, en una verdadera escuela popular de música.
Por allí pasaron generaciones de artistas. Los Tekis, Luna Jujeña, Marcelo Merlo, Daniel Magal, Pachi Herrera, Capi Nieva, Los Amaranto, Alma Jujeña y muchos otros. La propia Municipalidad de San Salvador de Jujuy reconoce a la peluquería como un semillero de músicos y como una auténtica escuela de vida.
Los Tekis, por ejemplo, comenzaron a vincularse allí desde chicos y varios de sus integrantes se conocieron en ese espacio.
Pero la historia no terminaba en los músicos jujeños.
La peluquería también se convirtió en un lugar de encuentro para artistas y músicos que llegaban desde distintos lugares.
Un refugio cultural. Un desfiladero de artistas. Como dice Pachi Herrera, muchos de quienes pasaron por allí terminaron tocando en escenarios de todo el país gracias a lo que aprendieron en aquel pequeño local.
Y hay una frase suya que, para mí, resume toda esta historia:
“Fue un verdadero trabajo cultural, que ni ellos se imaginaban.”
Porque seguramente los hermanos Chañi no pensaban que estaban construyendo una escuela. No tenían un cartel que dijera “escuela de folklore”. Ellos simplemente cortaban el pelo, tocaban música, enseñaban lo que sabían y abrían la puerta para que los chicos aprendieran.
Pero con el paso del tiempo, aquello se convirtió en cultura. Se convirtió en identidad. Se convirtió en memoria. Y quizás ahí esté la enseñanza más profunda de esta historia.
Que la cultura no siempre nace en los grandes escenarios. A veces nace en una habitación del fondo. Entre cuatro butacas. Entre una guitarra y un charango. Entre las risas de los chicos. Entre el trabajo cotidiano de cuatro hermanos que encontraron la manera de convertir su oficio y su pasión en una herramienta para transmitir conocimiento.
Porque así como un peluquero transforma con sus manos la imagen de una persona, los hermanos Chañi transformaron, con sus manos y con su música, una parte de la historia cultural de Jujuy.
Y hoy, en este Día del Peluquero, vale la pena recordarlos. Porque entre tijeras, charangos y butacas, aquella peluquería dejó una huella que todavía suena. Una huella en la música de Jujuy. Una huella en quienes aprendieron allí. Y una huella en todos aquellos que, desde chicos, aprendieron no solamente a tocar un instrumento, sino también a compartir, a escuchar y a mantener viva una cultura.
Y hoy, más que nunca, vaya nuestro reconocimiento a los peluqueros. Porque algunas peluquerías cortan el pelo.
Y otras, como la de los hermanos Chañi, cortaron el silencio para que una generación entera pudiera empezar a hacer música.
Por: Carlos Lucentti
Deja un comentario