De La Banda a Woodstock: cuando la música hace pueblo

Esto nació de una conversación. Y creo que vale la pena decirlo. Porque en tiempos en los que muchas veces parece que las ideas tienen dueño y que reconocer al otro significa perder algo propio, yo prefiero hacer exactamente lo contrario: reconocer a quien puso la primera piedra.

Hace apenas unos días, conversando con mi colega y amigo Juan Pablo Revelli, de Sospecho dijo Toranzo, apareció una comparación que me quedó dando vueltas.

Juan Pablo me planteó una inquietud: qué pasaría si uno pusiera frente a frente a la Fiesta de la Abuela Carabajal y Woodstock.

La comparación me hizo ruido. Y a él también. Incluso partíamos de un dato equivocado: creíamos que Woodstock había ocurrido primero. Pero no. Cuando fuimos a mirar las fechas, apareció una sorpresa.

La Fiesta de la Abuela Carabajal nació en 1951. Woodstock ocurrió en 1969. Dieciocho años después. Y entonces la pregunta cambió. Ya no se trataba de saber cuál de los dos había sido primero. Se trataba de preguntarnos:

¿Qué tienen en común un cumpleaños familiar en La Banda y un festival de rock en una granja de Nueva York?

Aparentemente, nada.

En 1951, María Luisa Paz de Carabajal cumplió 50 años. Sus hijos organizaron un festejo familiar. Una reunión alrededor de la casa, la familia, los amigos y, por supuesto, la música.

No nació un festival. Nació un cumpleaños. Con el tiempo, aquella reunión fue creciendo. Se sumaron más personas, más músicos, más generaciones, más historias. Y aquella celebración familiar terminó convirtiéndose en una de las grandes expresiones populares de la cultura santiagueña.

Y entonces aparece otra coincidencia. Una de esas coincidencias que, cuando aparecen, cuesta dejarlas pasar. La Abuela Carabajal nació un 15 de agosto.

María Luisa Paz de Carabajal había nacido un 15 de agosto de 1901 y, en 1951, el festejo por sus 50 años dio origen a aquella reunión que con el tiempo se convertiría en la Fiesta de la Abuela.

Dieciocho años después, el 15 de agosto de 1969, comenzaba Woodstock. La misma fecha.

Dos lugares completamente diferentes. Dos culturas musicales diferentes. Dos acontecimientos que habían nacido con propósitos completamente distintos.

Pero el calendario, curiosamente, los puso frente a frente.

15 de agosto de 1951: un cumpleaños en La Banda. 15 de agosto de 1969: Woodstock. Dieciocho años de distancia.

Y entre una fecha y la otra, una misma pregunta vuelve a aparecer:

¿Qué tiene la música para conseguir que la gente se reúna?

Quizás sea una casualidad. Por supuesto que lo es. Pero hay casualidades que tienen la belleza de obligarnos a detenernos. Porque mientras en La Banda una familia comenzaba, sin saberlo, una tradición que iba a atravesar generaciones, en una granja de Nueva York una multitud comenzaba a escribir otra historia.

Y ambas historias tenían algo en común: la música como punto de encuentro.

En agosto de 1969, cientos de miles de personas llegaron hasta una granja de Bethel, en el estado de Nueva York. Allí se realizó Woodstock. Un festival de rock que reunió a algunos de los músicos más importantes de aquel tiempo y que terminó transformándose en uno de los grandes símbolos culturales del siglo XX.

Una granja. Un patio. Nueva York. La Banda. Rock. Chacarera. Un festival. Un cumpleaños.

¿Qué pueden tener en común?

Quizás la respuesta no esté en lo que fueron. Sino en lo que consiguieron provocar.

Porque hay algo extraordinario que puede hacer la música: mover a la gente.

No solamente moverla físicamente. Moverla emocionalmente. Hacer que alguien se levante de su casa, viaje kilómetros y se encuentre con personas que no conoce para cantar una canción que, de alguna manera, siente propia. Eso ocurrió en Woodstock. Y eso ocurre también en La Banda.

En Woodstock, una generación entera encontró un espacio para compartir música, ideas, sueños y una determinada manera de mirar el mundo.

En la Fiesta de la Abuela Carabajal, generaciones de santiagueños y de visitantes encuentran un lugar donde la música no es solamente algo que se escucha. Es algo que se vive. Se baila. Se canta. Se comparte. Se hereda.

Y hay otra coincidencia, mucho más física, mucho más terrenal.

En Woodstock hubo lluvia. Hubo barro. Cientos de miles de personas terminaron embarradas, mojadas, cubiertas de tierra.

Y en la Fiesta de la Abuela Carabajal pasa algo parecido. En los patios de La Banda también nos tapamos de tierra. Terminamos con los zapatos, la ropa y las piernas llenas de polvo. Nos ensuciamos por fuera.

Pero quizás, en los dos lugares, ocurre algo parecido por dentro.

Porque a veces hay experiencias que nos embarran el cuerpo pero nos limpian el alma. Nos ensuciamos por fuera para salir un poco más puros por dentro.

Quizás esa sea otra de las cosas que tienen en común Woodstock y La Banda: que durante unas horas dejamos de preocuparnos demasiado por cómo estamos vestidos, por cómo nos vemos, por quiénes somos.

Simplemente estamos ahí. Entre barro, tierra, música y gente. Y formamos parte de algo.

Y ahí aparece, quizás, el verdadero punto de encuentro.

La música puede transformar una multitud en comunidad.

Woodstock no fue solamente la suma de cientos de miles de personas. La Fiesta de la Abuela tampoco es solamente la suma de quienes llegan cada año. Hay algo más. Hay una sensación de pertenencia. La sensación de estar formando parte de algo que empezó antes de nosotros y que probablemente continúe después.

Un cumpleaños y un festival. Uno nació pequeño y creció hasta convertirse en multitud. El otro nació pensado para una multitud y terminó convirtiéndose en mucho más que un festival.

Dos caminos diferentes. Una misma fuerza.

La música.

Porque tal vez la música popular tenga esa capacidad que ninguna organización puede fabricar completamente. Puede convocar. Puede reunir. Puede generar identidad. Puede hacer que personas que nunca se vieron se reconozcan en una misma canción. Y puede hacer algo todavía más profundo: puede convertir un lugar en un punto de encuentro.

Un patio puede convertirse en territorio de la memoria. Una granja puede convertirse en símbolo de una generación. Una canción puede convertirse en bandera. Y una reunión puede convertirse en historia.

Pero quizás haya una imagen mucho más cercana que termine de cerrar este recorrido.

En la Fiesta de la Abuela Carabajal de este año, en distintos patios y peñas de La Banda, apareció también la figura del Indio Solari.

En la peña de Demi Carabajal, en La Fisura de Jorge Luis Carabajal y en otros espacios de la celebración hubo homenajes a uno de los grandes referentes del rock argentino y de la cultura popular.

Y entonces alguien podría preguntarse:

¿Qué hace el Indio en medio de una fiesta de chacareras?

Quizás la pregunta esté mal formulada.

Porque la música no entiende demasiado de fronteras. O mejor dicho: nosotros somos los que muchas veces necesitamos poner fronteras donde la música solamente encuentra caminos.

¿Dónde termina el rock y empieza el folklore? ¿Dónde termina el folklore y empieza el rock?

Quizás no haya una frontera. Hay un punto de encuentro.

Porque la música es encuentro.

Una chacarera puede encontrarse con una canción del Indio. Una guitarra eléctrica puede encontrarse con un bombo. Una generación puede encontrarse con otra. Y una canción nacida en un universo musical puede terminar siendo abrazada por otro.

Eso es lo que ocurrió, de alguna manera, en aquellos patios de La Banda. Y quizás sea también una manera de entender la cultura popular argentina.

No como compartimentos cerrados. No como géneros que necesitan defender un territorio.

Sino como una enorme conversación en la que las músicas se escuchan, se mezclan, se reconocen y, muchas veces, terminan encontrándose.

Porque donde nosotros vemos rock y folklore, la gente muchas veces simplemente escucha una canción que siente propia.

Y quizás eso también sea hacer pueblo.

Por eso esto empieza en La Banda y viaja hasta Woodstock.

No porque sean lo mismo. Sino porque no lo son. Porque justamente en esa distancia, entre una celebración familiar santiagueña y un festival de rock norteamericano, aparece una pregunta que atraviesa geografías, culturas y épocas:

¿Qué tiene la música para conseguir que tanta gente quiera estar en el mismo lugar al mismo tiempo?

Quizás no haya una respuesta definitiva.

Quizás sea simplemente esa necesidad profundamente humana de encontrarnos. De cantar juntos. De bailar juntos. De celebrar juntos. De sentir, aunque sea durante unas horas, que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos.

Por eso quiero cerrar volviendo al principio. A aquella conversación. A esa idea compartida sin mezquindades.

Porque también hay algo de esto en el oficio periodístico.

Las buenas ideas no nacen frente a una computadora. A veces nacen en una charla. En una pregunta. En un “che, ¿y si…?”

Y cuando el otro escucha, investiga, aporta y la idea crece, deja de importar demasiado quién la tuvo primero. Importa lo que conseguimos construir con ella.

Por eso quiero agradecer especialmente a Juan Pablo Revelli, de Sospecho dijo Toranzo, por haber puesto esta comparación sobre la mesa. Por compartirla sin egoísmo. Por esa generosidad que, en un oficio donde muchas veces sobran los egos, vale muchísimo.

Porque quizás esta bitácora también sea una pequeña celebración de eso: de las ideas que se comparten, de los colegas que se ayudan y de las conversaciones que terminan convirtiéndose en historias.

De La Banda a Woodstock. De un cumpleaños a un festival. Del 15 de agosto de 1951 al 15 de agosto de 1969. De una charla entre colegas a una pregunta. Y de una pregunta, una vez más, a la música.

Porque cuando la música llama, la gente se mueve.

Y cuando se mueve, a veces, hace pueblo.

Por: Carlos Lucentti

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