A cien años de su nacimiento, la historia de Victoria Cura de Díaz vuelve a encontrarse con una de las familias fundamentales del folklore argentino. Cantora, bailarina y profesora de danzas, compartió escenarios, viajes y grabaciones con Hugo Díaz y creció junto al talento extraordinario de su hermano Domingo Cura. Pero también construyó una presencia propia: una manera de cantar, de enseñar y de entender el folklore que sobrevivió en sus grabaciones y, especialmente, en la memoria de su hija Mavi. En la historia de la música nativa existen dinastías que parecen contener una época entera, y la de Victoria Díaz es indiscutiblemente una de ellas.
Nació en Santiago del Estero en 1926, inmersa en un universo donde la música y la danza formaban parte de la vida cotidiana. Con el tiempo, ella misma se convertiría en profesora de danzas, bailarina y cantora. Mientras su hermano Domingo Cura llevaba el bombo legüero a territorios rítmicos nunca antes explorados y Hugo Díaz, su compañero de vida, hacía de la armónica un instrumento capaz de cantar por sí solo, Victoria ponía la voz. Juntos, los tres formarían parte de una historia musical que atravesó peñas, radios, discos y grandes escenarios, uniendo indisolublemente Santiago del Estero con Buenos Aires. Sin embargo, la trayectoria de Victoria no puede quedar reducida a un simple parentesco de marquesina: ella tenía algo propio que decir.
La voz junto a la armónica y el bombo
Cuando Hugo Díaz comenzó a consolidar su carrera en Buenos Aires a fines de la década de 1940, Victoria formó parte fundamental de aquel camino. Las primeras grabaciones vinculadas a los conjuntos de Hugo —como los históricos registros de Hugo Díaz y sus Changos— la encuentran como cantora principal, apuntalada por una sólida instrumentación donde ya destacaba la percusión de su hermano Domingo. Aquella era una formación de raíz profundamente familiar, pero de proyección estrictamente profesional; estaban construyendo una sonoridad nueva que comenzaba a circular con fuerza por las emisoras radiales y las discográficas de la época.

En medio del diálogo entre la potencia extraordinaria de la armónica de Hugo y la vanguardia rítmica del bombo de Domingo, emergía la voz de Victoria. Sus grabaciones permiten reconocerla hoy como una intérprete con peso propio y no solamente como un componente de la fotografía familiar. Su canto poseía un fraseo sumamente cuidado, una sonoridad ligada a la melancolía del paisaje santiagueño y una manera de decir que encontraba su lugar exacto sin necesidad de competir con la fuerza instrumental que la rodeaba. Victoria cantaba con Hugo, pero decididamente cantaba desde Victoria.
Una familia que llevaba Santiago consigo
La vida artística de Victoria estuvo atravesada por los afectos. Con Hugo compartió la vida, las extensas giras internacionales y el desarraigo de los hoteles, mientras que con Domingo resguardó esa misma raíz musical originaria. No eran meramente tres artistas coincidiendo de forma fortuita en un escenario; eran una familia que había convertido la música en su cotidianidad, asumiendo también las dificultades de la distancia y las demandas de la bohemia. Muchos años después, su hija Mavi Díaz recordaría haber crecido dentro de ese ecosistema itinerante y definiría a su madre como el verdadero «cable a tierra» de una casa habitada por «adolescentes eternos». Detrás de los escenarios, había una mujer sosteniendo el equilibrio de vidas cruzadas por el arte.

Aquel compromiso con el folklore se construía también alrededor de la mesa y abajo de las tablas. Victoria perteneció a la generación que habitó y transformó las peñas porteñas en espacios vitales para el intercambio de repertorios y el surgimiento de nuevos valores. Mavi recordó tiempo después la “lucha inclaudicable” de su madre por abrir puertas y llenar los escenarios de nuevas voces. Para Victoria, el folklore no terminaba al apagarse las luces del show; consistía esencialmente en transmitir, enseñar y propiciar la circulación comunitaria de la música nativa.
El regreso a Santiago
El 22 de julio de 1972 se produjo un hito cargado de simbolismo: Victoria regresó a Santiago del Estero como parte de una delegación masiva de artistas santiagueños residentes en Buenos Aires, quienes viajaron juntos en tren para los festejos de la Semana de Santiago. El listado de pasajeros, publicado por el diario El Liberal y preservado en el archivo gráfico del investigador Omar Estanciero, se lee hoy como una fotografía viva de nuestra cultura: los Hermanos Ábalos, Los Manseros Santiagueños, Los Carabajal, Hugo Díaz, Domingo Cura y la propia Victoria Cura, entre otros. Aquella mujer que años atrás había partido de su provincia regresaba ahora en plena madurez artística, cobijando y apuntalando a la comunidad musical que ella misma había ayudado a consolidar desde la Capital.
Después de Hugo

La muerte de Hugo Díaz en octubre de 1977 significó la pérdida de su compañero de vida y de un pilar de su trayectoria, pero la historia de Victoria no concluyó allí. En enero de 1978, cuando el Festival Nacional de Cosquín organizó un histórico homenaje en memoria del armoniquista, Victoria volvió a subir al escenario. Lo hizo junto a su hermano Domingo Cura, en una noche donde se sumaron figuras como Los Tucu Tucu y Sixto Palavecino. Andando el dolor y habitando la notable ausencia de Hugo, allí estuvo ella plantada junto a su hermano, cantando con entereza y sosteniendo el legado de una historia que aún tenía páginas por escribir.
Dos zambas para su nombre
Victoria Díaz falleció en Buenos Aires el 10 de febrero de 1996, a los 69 años, a pocos meses de cumplir las siete décadas de vida. Su nombre quedó firmemente ligado a la memoria colectiva del folklore, al punto de que su propia partida inspiró a sus colegas a transformarla en personaje de su cancionero. Por un lado, nació la emblemática «Zamba para Victoria Díaz», una obra con versos de la célebre periodista Cora Cané y música de Cuti Carabajal. En paralelo, el reconocido autor santiagueño Toño Rearte compuso y grabó en su álbum Vivencias otra hermosa pieza homónima llamada «Zamba a Victoria Díaz», dejando documentada en melodías el profundo respeto y la admiración que su figura despertaba entre sus pares.

La memoria de Mavi y el «Baile en el cielo»
La memoria más íntima, sin embargo, provino de su hija. Al evocarla, Mavi Díaz agradeció públicamente haber recibido de ella “la pasión por el canto, por la justicia, por la generosidad y el compromiso”, recordando tanto las complejidades de la vida familiar como la figura de la abuela amorosa. “Soy lo que hiciste de mí y vivo para honrarte”, escribió Mavi, sintetizando el peso de una herencia que terminó de sellarse en el año 2008 con la edición del disco Baile en el cielo.
Aquel proyecto, nacido originalmente tras la propuesta de un documental sobre Hugo en 2007, llevó a Mavi a reencontrarse con las viejas cintas de sus padres. El álbum recuperó las canciones de esa tradición y permitió que la voz de Victoria volviera a circular a través de una nueva generación. Mavi explicó en su momento que seleccionó minuciosamente obras de los discos de su padre donde cantaba su madre y reconoció que, al abordar el folklore, la inflexión de Victoria aparecía inevitablemente en su propia garganta. La transmisión musical no había terminado; simplemente había cambiado de cuerpo.

Cien años después
Hoy, a un siglo de su nacimiento, la historia de Victoria Díaz puede reconstruirse nítidamente a través de múltiples testimonios: el de sus viejas grabaciones recuperadas, el de los músicos que compartieron sus noches de peña y el de su hija Mavi, quien heredó una forma ética de entender el arte basada en la generosidad y el compromiso. Volver sobre la figura de Victoria Díaz no implica aislarla del entorno familiar que marcó su existencia, sino situarla en el lugar exacto que legítimamente le corresponde dentro de esa historia. Al lado de Hugo, junto a Domingo y, finalmente, delante de nosotros como lo que fue desde el principio: una cantora.
Deja un comentario