A cien años de su nacimiento, Miguel Brascó vuelve a aparecer como una figura imposible de encerrar en una sola definición. Abogado, periodista, escritor, dibujante, humorista, editor, gastrónomo, especialista en vinos y poeta. Pero detrás de todas esas facetas hubo también un letrista que escribió canciones que atravesaron generaciones. Junto a Ariel Ramírez creó “Agua y sol del Paraná” y “Santafesino de veras”; junto a otros músicos dio forma a canciones como “La vuelta de Obligado”. Tres obras que permiten volver a mirar a Brascó desde un lugar menos transitado: el de la poesía convertida en música.
Miguel Brascó nació el 14 de septiembre de 1926. La biografía formal ubica su nacimiento en Sastre, Santa Fe, aunque él mismo, años después, construyó una relación casi mítica con Puerto Santa Cruz, donde transcurrió buena parte de su infancia.

Fue un hombre de múltiples mundos. Estudió Derecho, escribió poesía, cuentos y artículos periodísticos, dibujó, participó de publicaciones, cultivó el humor y terminó convirtiéndose en uno de los grandes referentes argentinos de la cultura gastronómica y del vino. La Fundación Konex lo reconoció en 1984 con el Diploma al Mérito en Literatura de Humor.
Pero Brascó tenía una definición para sí mismo que ayuda a ordenar semejante diversidad.
“Creo que soy poeta más que ninguna otra cosa”.
Quizás haya que partir de allí.
Una infancia entre poesía y música
La infancia de Brascó transcurrió en la Patagonia y estuvo marcada por una particular convivencia entre paisaje, literatura, música y vida cotidiana.
Su madre le transmitió el gusto por la poesía y por compositores como Fauré, Ravel y Debussy. Brascó recordaría también los poemas que aprendió de memoria durante esos años.
Mucho antes de convertirse en el hombre de los vinos, también estuvo cerca de la cocina y de los sabores. Mucho antes de sus artículos sobre gastronomía, ya observaba, preguntaba y acumulaba experiencias.
Esa capacidad para mirar distintos mundos y transformarlos en palabras acompañaría toda su vida.
El encuentro con Ariel Ramírez
La relación con Ariel Ramírez comenzó en Santa Fe, cuando ambos eran jóvenes. Brascó conoció al pianista y compositor en la casa de Borzone, un espacio frecuentado por artistas y escritores. Allí comenzó una amistad que terminaría convirtiéndose también en una sociedad creativa.
De aquel vínculo surgiría una de las primeras canciones que los reuniría: “Agua y sol del Paraná”.
Años después, Brascó reconstruyó aquel comienzo. Ariel le había pedido que escribiera una letra sobre Santa Fe. Sentado frente al piano, el compositor tocó una melodía y Brascó comenzó a trabajar sobre ella. Tomó la estructura musical, la llevó consigo y posteriormente escribió las palabras.
Así nació una manera de trabajar que se repetiría durante buena parte de la relación entre ambos: la melodía de Ramírez encontraba en Brascó una voz poética capaz de convertirla en paisaje.
“Agua y sol del Paraná” no es solamente una canción sobre un río. En ella, el Paraná funciona como territorio afectivo, como paisaje y como elemento constitutivo de una identidad. El agua y la luz del título condensan una geografía que Brascó conocía y que podía transformar en imágenes.
La obra fue registrada como composición de Miguel Brascó y Ariel Ramírez. Revista Folklore la incluye entre las canciones de Brascó y señala 1954 como año de composición. También documenta distintas grabaciones posteriores, entre ellas la de Los Fronterizos junto a Ariel Ramírez y Eduardo Falú, incluida en Coronación del Folklore Vol. 1, de 1963, y una interpretación de Lolita Torres junto al propio Ramírez.

La canción, entonces, comenzó a recorrer un camino que ya no dependía exclusivamente de sus autores. La melodía de Ramírez y las palabras de Brascó pasaron a formar parte de un repertorio que otros artistas podían hacer propio.
Y hay algo significativo en esa primera canción: antes de que Brascó escribiera sobre la historia nacional en “La vuelta de Obligado” o construyera un retrato explícito del santafesino en “Santafesino de veras”, ya había encontrado en el paisaje del Paraná una materia poética.
“Santafesino de veras”: discutir hasta conseguir una canción
Después llegaría “Santafesino de veras”, y con ella la colaboración entre ambos alcanzaría otra dimensión.
La canción aparece registrada como obra de Miguel Brascó y Ariel Ramírez en 1963. Jorge Cafrune la incorporó al álbum Que seas vos, de 1964, y Revista Folklore registra posteriormente numerosas interpretaciones.
Pero detrás de aquella canción ya instalada en el repertorio había una discusión.
En la entrevista que Brascó concedió a Revista Folklore en 1965 contó que Ariel Ramírez había rechazado inicialmente su propuesta. La respuesta había sido contundente: “No sirve”.
Brascó insistió.
Y consiguió que la canción se hiciera.
La diferencia respecto de “Agua y sol del Paraná” también resulta interesante. En aquella primera colaboración, Brascó había trabajado sobre una melodía que Ariel le había acercado. En “Santafesino de veras”, la relación entre palabra y música aparece atravesada por la discusión, la revisión y la defensa que el poeta hace de su propio texto.
La canción construye la identidad santafesina desde las pequeñas cosas: el Carcarañá, los pajonales, los sauzales, las aves, los árboles, la guitarra, la acordeona, la polca y el chamamé.
No necesita explicar qué significa ser santafesino.
Lo hace escuchar.
“La vuelta de Obligado”: la historia entra en la canción
Si “Agua y sol del Paraná” y “Santafesino de veras” permiten escuchar al Brascó ligado al paisaje y a la identidad santafesina, “La vuelta de Obligado” muestra otra de sus posibilidades como letrista: convertir la historia en canción.
El episodio ocurrió el 20 de noviembre de 1845, cuando una escuadra anglofrancesa intentó avanzar por el río Paraná y las fuerzas de la Confederación Argentina, bajo el mando de Lucio Norberto Mansilla, organizaron una defensa atravesando cadenas sobre el río.
Militarmente, la flota anglofrancesa consiguió romper las defensas y continuar su navegación. Pero la resistencia adquirió posteriormente una enorme dimensión simbólica y quedó asociada a la defensa de la soberanía.
Brascó tomó aquel episodio y lo llevó al terreno del triunfo, una forma del folklore surero.
Según el propio Brascó, escribió la letra mientras estaba en Holanda y primero intentó que Ariel Ramírez la musicalizara. Ramírez no quiso hacerlo. La historia continuaría después con Hamlet Lima Quintana y Alberto Merlo, hasta llegar a la grabación discográfica de 1974.
Y aquí aparece una característica que atraviesa las tres canciones: Brascó no utiliza el folklore como un decorado. Lo utiliza como una forma de mirar y contar.
El río en “Agua y sol del Paraná”.
La identidad en “Santafesino de veras”.
La memoria histórica en “La vuelta de Obligado”.
Tres temas diferentes, pero una misma voluntad: convertir aquello que pertenece a un territorio —su paisaje, su gente, su historia— en palabras capaces de ser cantadas.
Tres canciones, un mismo poeta
“Agua y sol del Paraná”, “Santafesino de veras” y “La vuelta de Obligado” permiten ver tres Brascó diferentes.
En la primera aparece el río como paisaje.
En la segunda, el territorio se convierte en identidad.
En la tercera, la historia se transforma en memoria cantada.
Pero hay algo que las une: Brascó parte siempre de algo concreto. Un paisaje, una provincia, un episodio histórico. No escribe desde una abstracción.
Y quizás allí esté una de las claves de su poesía.
El Brascó que desbordaba las etiquetas
Tal vez por eso sea insuficiente recordarlo solamente como el famoso especialista en vinos.
Brascó fue uno de los grandes personajes culturales argentinos de la segunda mitad del siglo XX. Escribió en publicaciones como Tía Vicenta, Primera Plana, Claudia, El Cronista y La Opinión. Participó de proyectos editoriales, escribió poesía, narrativa y humor, dibujó y mantuvo una relación cercana con Quino durante los años decisivos de la gestación de Mafalda.

Su carrera gastronómica y enológica alcanzaría una enorme dimensión. Fue director de publicaciones, crítico de vinos, escritor sobre gastronomía y una figura reconocible de la cultura del buen comer y beber.
Pero ninguna de esas facetas cancela a las otras.
El mismo hombre que podía escribir sobre un vino podía escribir sobre un río.
El que hablaba de gastronomía podía convertir una batalla en canción.
El humorista podía escribir poesía.
Y el abogado podía terminar convertido en letrista de canciones que cantarían folkloristas de distintas generaciones.
El poeta que quedó en las canciones
La producción musical de Brascó fue más amplia que estas tres canciones. Revista Folklore registra también “Campos del mio mio”, “Héroe de la libertad”, “Ya no más”, “Galopan vientos”, “Sola su alma”, “Belén en América” y “Sara Figueroa”, entre otras obras vinculadas con Ariel Ramírez.
Pero “Agua y sol del Paraná”, “Santafesino de veras” y “La vuelta de Obligado” permiten contar algo más importante que una lista de títulos.
Permiten reconstruir al poeta.
Al hombre que escuchó una melodía y buscó las palabras.
Al que discutió con Ariel Ramírez para defender una canción.
Al que escribió desde Holanda una letra sobre una batalla ocurrida más de un siglo antes.
Al que vio cómo sus palabras terminaban desprendiéndose de él para convertirse en patrimonio de otros intérpretes.
Quizás por eso aquella definición de Brascó siga siendo la mejor manera de cerrar el círculo.
“Creo que soy poeta más que ninguna otra cosa”.
Y en sus canciones, efectivamente, quedó la prueba.

Por Federico «Poni» Rossi
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