Desde Villa Mercedes, Mabel y Charly Guzmán llevan 42 años construyendo un camino artístico ligado a la música cuyana. Con ocho discos publicados, el dúo combina la interpretación de los ritmos tradicionales con la composición propia y el encuentro con poetas que escriben sobre el paisaje y el sentir puntano. En ese recorrido, cada canción es también una apuesta a la continuidad de una cultura musical.
Hay canciones que nacen para acompañar una época y otras que aspiran a atravesarla. En la música de Los Guzmán conviven esas dos dimensiones: el reconocimiento de una tradición que los precede y la voluntad de sumar nuevas páginas a un repertorio que forma parte de la identidad cuyana. Desde Villa Mercedes, Mabel y Charly Guzmán construyeron una trayectoria que encuentra en la composición una de sus principales razones de ser.
«Nosotros estamos escribiendo para 50 años adelante», expresó Charly en una entrevista con LV15 al hablar de las expectativas que depositan en sus canciones. La frase sintetiza una búsqueda que excede la publicación de discos: crear obras capaces de seguir circulando, encontrar otras voces y formar parte de la memoria musical de las próximas generaciones.

El camino comenzó en 1984. Desde entonces, el dúo atravesó distintas etapas, escenarios y producciones discográficas sin abandonar el vínculo con las formas musicales de su región. Su historia es también la de una pareja que hizo de la música una actividad compartida, un espacio de trabajo cotidiano y una manera de relacionarse con el lugar al que pertenece.
Una raíz que sigue dando frutos
La formación musical de Charly estuvo marcada desde temprano por la guitarra. Su tío Antonio Loyola le enseñó los primeros acordes y lo acercó a un instrumento que terminaría convirtiéndose en el centro de su lenguaje artístico. Mabel, por su parte, reconoce en su padre, Ramón Godoy, a una figura fundamental en sus primeros pasos musicales, antes de continuar sus estudios.

En Villa Mercedes, la guitarra forma parte de una historia que atraviesa generaciones. La Calle Angosta, sus serenatas, sus guitarreros y sus encuentros musicales constituyen parte de ese universo cultural que alimentó la sensibilidad del dúo. Allí se inscribe una tradición que reconoce entre sus referentes a Alfonso y Zavala, y que encuentra continuidades en compositores e intérpretes como Jorge Viñas y el Negro Villavicencio.
En una entrevista publicada por Folklore Tradiciones, Charly definió a la música cuyana como una «raíz fibrosa». La imagen habla de una tradición resistente, capaz de renovarse sin perder su identidad. Para Los Guzmán, incorporar nuevos instrumentos, trabajar otras armonías o ensayar diferentes arreglos no supone abandonar ese origen. La búsqueda consiste, precisamente, en encontrar nuevas maneras de expresar aquello que reconocen como propio.
Esa relación con la raíz tampoco se limita a la interpretación de obras consagradas. Desde temprano, el dúo asumió el desafío de construir un repertorio propio, una decisión que implicó apostar por composiciones que todavía debían encontrar su lugar entre los oyentes.
Ocho discos, una búsqueda

En 1997 publicaron En los álamos comienza, su primer trabajo discográfico. El título remitía a una referencia central de la identidad musical mercedina y señalaba el comienzo de un camino que continuaría ampliándose a través de nuevas grabaciones.
En marzo de 1997, cuando Mabel y Charly Guzmán se preparaban para presentar En los álamos comienza…, la prensa puntana ya reconocía en ellos un estilo propio. Una nota publicada por El Diario de la República el 24 de marzo destacaba que, después de diez años de camino compartido con la música, el dúo había afianzado una manera de cantar y sentir el folklore que merecía trascender las fronteras provinciales.
El casete, grabado en Villa Mercedes entre diciembre de 1996 y febrero de 1997, reunía doce temas, entre ellos dos composiciones de Charly: «Chacarera del incendio» y «En los álamos comienza…». El repertorio también recorría obras de Atahualpa Yupanqui, Raúl Carnota, el Negro Villavicencio y José Adimanto Zabala.
La nota recuperaba, además, una definición que continúa siendo significativa para comprender su búsqueda. Los propios músicos describían aquella propuesta como «una obra de proyección folklórica que respeta las raíces». No se trataba de una declaración menor: desde su primera grabación, Los Guzmán expresaban la intención de dialogar con el legado recibido sin renunciar a la creación propia.
«Hoy tocamos esta música porque somos respetuosos y conscientes del legado musical de quienes nos precedieron», afirmaban entonces. Casi tres décadas después, con ocho álbumes publicados, esa idea encuentra continuidad en De Sol y Tonada: el compromiso con una tradición que no se conserva únicamente repitiéndola, sino también componiendo nuevas canciones.
Un año después llegó A plenaluna, seguido por La extraña, en 2001. En 2006 publicaron Música de Cuyo, un título que expresaba de manera directa el territorio sonoro en el que se inscribe su propuesta. La secuencia continuó con Desde San Luis (2012), Puntanías (2014), Semilla de gorrión (2019) y, finalmente, De Sol y Tonada (2026).
La discografía permite seguir el desarrollo de un proyecto que no se conformó con reproducir un repertorio heredado. La composición fue adquiriendo un lugar cada vez más importante, en un proceso que encontró en el encuentro con poetas una fuente de inspiración constante. Las palabras aportan imágenes, historias y formas de nombrar el paisaje; la música busca traducirlas en melodías que puedan ser compartidas.
En ese diálogo entre poesía y canción se destaca Puntanías, publicado en 2014. El álbum reunió catorce composiciones vinculadas con la tradición cuyana y recorrió géneros como la tonada, la cueca, el gato, la zamba y la refalosa. Los textos de poetas relacionados con la región encontraron allí un espacio para convertirse en canciones, en un proyecto que obtuvo un reconocimiento del Fondo Nacional de las Artes.
Más que un punto de llegada, aquel disco representó una instancia de consolidación de una búsqueda que venía desarrollándose desde los primeros años del dúo: sumar obras propias a la tradición y contribuir a que la música puntana continúe generando repertorio.
Cinco años después llegó Semilla de gorrión, publicado en 2019. El séptimo álbum reunió catorce canciones y amplió la paleta sonora con instrumentos como piano, flauta, percusión y bajo eléctrico. Las nuevas posibilidades de arreglo aportaron otros colores sin desplazar el centro de la propuesta, sostenido en las voces, las guitarras y la raíz cuyana.
Mabel ha contado que el proceso creativo también forma parte de la vida cotidiana. Una melodía que Charly comienza a tocar en la casa, una letra que aparece o una idea que necesita ser trabajada pueden convertirse en el punto de partida de una canción. En esa dinámica, la música no está separada de la vida compartida: se construye en el diálogo, en la escucha y en el trabajo sostenido.
La voz de Mabel ocupa un lugar decisivo en ese proceso. Su experiencia como cantante y docente aporta una dimensión que va más allá de la interpretación: el entrenamiento auditivo, la práctica y el cuidado de la voz forman parte del oficio. Conocer las canciones desde sus primeras etapas también le permite trabajar sobre los sentidos de las letras y encontrar una manera propia de transmitirlas.
El presente de una búsqueda
En 2026, Los Guzmán publicaron De Sol y Tonada, su octavo trabajo discográfico, grabado en la Casa de la Música de Villa Mercedes. El álbum reúne siete canciones de raíz cuyana y propone una elección sonora definida: el protagonismo de las voces y las guitarras.
La producción vuelve a poner en primer plano el diálogo entre la interpretación vocal y el lenguaje guitarrístico de la región. Las canciones surgieron del encuentro entre las melodías de Charly y las letras de poetas como Roberto Mercado, de Mendoza; Pancho Cabral, de La Rioja; y Jesús Liberato Tobares, de San Luis.
Algunas composiciones habían comenzado a tomar forma años atrás y encontraron recién ahora el momento adecuado para ser compartidas. Ese tiempo de maduración es parte del proceso: una melodía puede atravesar numerosas correcciones antes de llegar a su forma definitiva. No se trata solamente de completar un repertorio, sino de encontrar la expresión que cada obra necesita.
El nuevo disco también confirma una característica del recorrido de Los Guzmán: la posibilidad de explorar diferentes sonoridades sin perder de vista el origen. Si Semilla de gorrión había ampliado el campo instrumental, De Sol y Tonada elige concentrarse en las voces y las guitarras. No son caminos opuestos, sino decisiones diferentes dentro de una misma búsqueda artística.
En esa continuidad hay también una dificultad que atraviesa a buena parte de la música independiente: conseguir que las propuestas regionales circulen más allá de sus territorios de origen. Dar a conocer una obra requiere tiempo, recursos y oportunidades de difusión, especialmente cuando no se cuenta con el respaldo de una estructura discográfica de alcance nacional.
Sin embargo, la continuidad del dúo demuestra que esa dificultad no necesariamente interrumpe la búsqueda. En agosto de 2025, Mabel y Charly presentaron una nueva formación junto al contrabajista Federico Olguín y el percusionista Checho de Battista, con arreglos renovados y canciones inéditas. La experiencia abrió nuevas posibilidades para el escenario sin desplazar la identidad que sostiene el proyecto.
El paisaje como pertenencia

La relación con Villa Mercedes continúa siendo un componente central de su historia. La Fiesta Nacional de la Calle Angosta, los escenarios de la ciudad y los espacios donde circula la música cuyana forman parte de un entramado cultural que el dúo conoce desde adentro. Su trayectoria se desarrolló en ese paisaje y, desde allí, proyectó sus canciones hacia otros públicos.
Los Guzmán participan, además, de una comunidad artística que discute cómo se produce, se enseña y circula la música de raíz folklórica. En agosto de 2014, durante el sexto Encuentro Regional de la Nueva Música de Raíz Folklórica Argentina, realizado en la Universidad Nacional de San Luis, Charly intervino en una mesa dedicada a la nueva canción de raíz folklórica, mientras Mabel participó de un debate sobre el papel de los festivales, las peñas y los encuentros en el desarrollo musical.
Ese antecedente amplía la dimensión de su trabajo. Además de componer e interpretar, ambos forman parte de un entramado que necesita espacios para compartir conocimientos, presentar nuevas obras y transmitir sus lenguajes. La tradición no se sostiene únicamente en los escenarios: también requiere conversaciones, encuentros y oportunidades para que las canciones lleguen a nuevos intérpretes.
La música cuyana continúa viva en sus guitarras, sus tonadas, sus cuecas y sus voces. Pero también depende de la posibilidad de crear obras que expresen el presente. Los Guzmán construyeron su camino en ese punto de encuentro: conocen la música que los precede y, desde allí, buscan aportar algo propio.
Canciones para el futuro
Ocho discos después de aquel primer comienzo, Mabel y Charly siguen trabajando sobre melodías, palabras y arreglos. No se trata de permanecer inmóviles frente a una herencia ni de cambiar por el simple impulso de la novedad. Se trata de encontrar, dentro de una identidad reconocible, las formas que permitan que la música continúe.
Quizás por eso la idea de escribir para los próximos cincuenta años funciona como algo más que una declaración de intenciones. Es una manera de entender el oficio: componer hoy sin saber quién cantará esas canciones mañana, pero con la convicción de que vale la pena dejarlas disponibles para ese encuentro.
Desde Villa Mercedes, Los Guzmán llevan 42 años convirtiendo la música que los identifica en canciones propias. Canciones que llevan el paisaje puntano en sus palabras y en sus guitarras, y que aspiran a encontrar su lugar en el tiempo.
Por Federico «Poni» Rossi
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