De Ingeniero Luiggi a las Sierras Chicas, la guitarrista, compositora y cantautora pampeana construyó una trayectoria en la que la búsqueda personal convive con el trabajo colectivo. De Las Folkies y Triura a Paisanas y sus discos solistas, la memoria de su tierra natal y el diálogo con otros artistas alimentan un lenguaje que encuentra en La huella mía una nueva síntesis.
Hay artistas cuya trayectoria se comprende mejor cuando se escucha lo que hacen junto a otros. En el caso de María Victoria Torre, conocida como Pampi, la música propia y el trabajo colectivo no son caminos separados: se alimentan mutuamente. La guitarra, las canciones, la poesía y una relación persistente con La Pampa atraviesan sus proyectos, desde las formaciones que integró en Buenos Aires hasta la producción musical y cultural que desarrolla actualmente en Córdoba.
Guitarrista, compositora, cantautora, productora y docente, Pampi construyó su recorrido entre la formación académica, las peñas, los escenarios y los encuentros con artistas de diferentes procedencias. Su discografía solista reúne canciones que maduraron durante años, pero también registra una manera de trabajar en la que la escucha, la colaboración y el tiempo de elaboración tienen un lugar central.
En septiembre de 2026 publicó La huella mía, un álbum de nueve canciones que vuelve sobre la memoria, los paisajes y las marcas de su historia personal. El disco funciona como una postal sonora de su recorrido, aunque su título no remite solamente a una biografía individual: en esas canciones también aparecen las personas, los territorios y las experiencias compartidas que hicieron posible su música.
De Ingeniero Luiggi a las peñas porteñas
Pampi nació en 1981 en Ingeniero Luiggi, La Pampa, donde vivió hasta los 18 años. Su acercamiento a la música estuvo ligado a un entorno familiar en el que convivían distintos repertorios, instrumentos y formas de escuchar. Su tía y madrina Kiki ocupó un lugar importante en ese aprendizaje: alrededor de los 17 años le regaló su primera guitarra.

Antes había estudiado piano y órgano. En su localidad, el órgano podía ocupar el lugar del piano, de acuerdo con las posibilidades disponibles. También recuerda la influencia de amistades y de otras personas que la ayudaron a acercarse a la guitarra. La música no apareció como una decisión repentina, sino como una presencia que fue tomando forma entre la familia, las amistades y la curiosidad por diferentes sonidos.
En su escucha convivían Serrat, Ana Belén, Víctor Heredia y León Gieco con Nirvana, Queen, Los Redondos, Charly García y Fito Páez. A esos nombres se sumaron los Beatles y, especialmente, Peteco Carabajal, cuyos discos Memoria de amor, Encuentro y Borrando fronteras se convirtieron en referencias fundamentales para su relación con el folklore.
La amplitud de esos gustos no significó que desde la infancia tuviera una conciencia definida de cada influencia. Como contó en entrevistas, aprendió a escuchar con mayor atención ya de adulta, cuando pudo volver sobre aquellas canciones y reconocer lo que le habían dejado.
A los 18 años se trasladó a Buenos Aires para estudiar Ingeniería en Sistemas. Sin embargo, la carrera no duró demasiado. El encuentro con las peñas y con el ambiente musical porteño modificó sus planes. El folklore dejó de ser una parte de su mundo para convertirse en el camino que quería recorrer.
Su formación continuó en el entonces Instituto Universitario Nacional del Arte —hoy Universidad Nacional de las Artes—, la Escuela de Música Popular de Avellaneda y distintos talleres y cursos. Se graduó como licenciada en Folklore y se desempeñó como docente universitaria. También desarrolló actividad pedagógica y musical en la Orquesta de Música Popular Raíces, del partido bonaerense de Moreno.
La formación académica y el aprendizaje en los escenarios convivieron desde entonces. La universidad aportó herramientas, pero las peñas, las giras y el trabajo con otros músicos fueron espacios decisivos para desarrollar su lenguaje.
La guitarra como punto de partida

Pampi se reconoce principalmente como guitarrista rítmica. Su relación con el instrumento no se limita al acompañamiento de la voz: la guitarra organiza las canciones, define climas y abre posibilidades para el diálogo con otros instrumentos.
Esa búsqueda ya estaba presente en P.A.M.P.I., su primer álbum solista, publicado en 2017. El título se vincula con la frase «Por Amarte, Misteriosa Paz Infinita». El disco reúne doce canciones que condensan composiciones de distintas etapas de su vida y un proceso de elaboración que llevó alrededor de tres años.
La mayor parte de la música es de su autoría, aunque las letras surgieron en buena medida del trabajo con otros escritores y compositores. Pampi escribió las letras de «Mar» y «Yo te cantaré», entre otros aportes, y trabajó con Sebastián Audisio, Federico Taglioretti, Laura Ros, Dipi Carabajal y otros colaboradores. «Corazón», por ejemplo, parte de una canción de Audisio que ella adaptó con su autorización.
El álbum también permite escuchar su interés por las distintas posibilidades tímbricas de la guitarra. Predominan las guitarras de cuerdas de acero y eléctricas, mientras que «Reencuentro», una chacarera instrumental, es la pieza en la que utiliza guitarra de nylon. La guitarra eléctrica aparece en canciones como «Corazón», «Río» y «No sé todavía».
La producción no respondió al formato de una banda estable que grabara todo el repertorio de principio a fin. Diferentes músicos se fueron sumando en distintos momentos, de acuerdo con las necesidades de cada canción. El trabajo en estudio fue parte de una concepción independiente de la producción musical, atenta tanto a la espontaneidad como a la precisión.
El orden del disco también fue pensado como una unidad: los enlaces entre canciones, las pausas y los silencios forman parte de la escucha. No se trata simplemente de reunir temas, sino de construir un recorrido.
En los años siguientes, Pampi continuó explorando ese equilibrio entre la composición propia y el encuentro con otros. Lo hicimos nuestro, un proyecto realizado junto a Ale, Fran y Martín Ulrich, llevó sus canciones a un formato grupal y amplió los cruces con el rock, el blues y otros lenguajes. Las grabaciones instrumentales comenzaron alrededor de 2018 y 2019, mientras que las voces y parte del trabajo de finalización se completaron durante la pandemia.
En 2021 llegó Cada canción un mundo, un EP de tres canciones grabado con Mario Breuer. El proyecto apostó por un formato despojado de guitarra y voz, con una interpretación natural, sin depender del metrónomo ni de la corrección sistemática de las tomas. Cada canción tuvo, además, una pieza visual desarrollada junto con Gretel Martínez y artistas invitados.
Los tres trabajos muestran distintas formas de acercarse a la canción: el álbum concebido como una unidad, la expansión hacia una banda y la intimidad de una interpretación reducida a sus elementos esenciales.
Las Folkies: tradición, humor y una mirada propia

La historia musical de Pampi no se agota en sus discos solistas. Una parte sustancial de su recorrido se construyó en proyectos compartidos, en los que el encuentro con otras artistas amplió sus posibilidades musicales y su manera de pensar el folklore.
Su participación en Mavi Díaz & Las Folkies es uno de los capítulos centrales de esa trayectoria. Junto con Mavi Díaz, Silvana Albano y Martina Ulrich, formó parte de un grupo que abordó la música popular argentina desde una perspectiva propia, combinando tradición, arreglos contemporáneos, humor e irreverencia.
La discografía del conjunto incluye Sonqoy (2010), ¡Todo sí! (2016) y Gaucha (2019). ¡Todo sí! recibió el Premio Gardel 2016 al mejor álbum de folklore alternativo. El proyecto también tuvo una importante actividad en vivo, con presentaciones en distintos puntos del país y giras internacionales.
Las Folkies no fueron solamente una experiencia de escenario. El grupo permitió explorar otra forma de construir arreglos, sostener una identidad musical común y trabajar desde la personalidad de cada integrante. La convivencia artística, las relaciones personales y el intercambio cotidiano conformaron una trama que excedía el repertorio.
Triura: las voces y los instrumentos en común

Otro proyecto importante en su recorrido fue Triura, el trío que integró junto con Martina Ulrich y Laura Marín. La formación surgió del ambiente musical y folklórico porteño y reunió las experiencias de tres artistas con recorridos propios.
La propuesta se apoyaba en el encuentro entre las voces, la guitarra y la percusión, con un repertorio vinculado a la música popular argentina y arreglos que buscaban una lectura propia de las canciones. El trabajo compartido permitía explorar otras posibilidades de interpretación y construir una identidad que no dependía de una única voz ni de un solo instrumento.
En 2019, después de alrededor de una década de trayectoria, el grupo presentó su disco homónimo. Triura fue otro espacio donde Pampi pudo desarrollar su relación con el folklore desde el intercambio: un proyecto que requería escuchar a las otras integrantes, encontrar un equilibrio entre las distintas personalidades musicales y construir una propuesta común.
Esa experiencia ayuda a comprender una constante en su carrera. Las formaciones colectivas no aparecen como una pausa en su desarrollo solista, sino como ámbitos en los que prueba arreglos, incorpora otras perspectivas y encuentra nuevas posibilidades para sus canciones. La música propia se transforma al pasar por las manos y las voces de otras personas.
Paisanas: intervenir el folklore

En 2019, Pampi integró Paisanas, el proyecto compartido con Luciana Jury y Barbarita Palacios. La propuesta revisó el repertorio folklórico desde una mirada contemporánea y feminista, con guitarras criollas, bombo legüero y caja bagualera. La intención no era abandonar la tradición, sino intervenirla, discutir sus representaciones y hacer visibles otras voces y experiencias.
La expresión «intervenir el folklore», utilizada para presentar el proyecto, sintetiza una actitud que atraviesa buena parte de su trabajo: las formas tradicionales pueden ser un punto de partida para crear, revisar sentidos y abrir nuevas preguntas.
A esas experiencias se suman otros encuentros, como Concierto a Tres Voces, junto a Sebastián Audisio y Pilar Oddone, y distintas colaboraciones con Luciana Jury, Paola Bernal, Sara Mamani, Laura Marín y músicos de diversas escenas.
Pampi también participó en propuestas culturales que relacionan música y poesía, entre ellas Se trata de nosotras, Venceremos de emociones y actividades del ciclo Nosotras movemos el mundo. En 2023 formó parte de Sentimiento Gauchx, una propuesta que revisa la tradición gauchesca desde una perspectiva feminista.
En 2025, junto con Paola Bernal y la artista visual Gretel Martínez, participó en Florecer al Norte, un recorrido por provincias del noroeste argentino que combinó conciertos con talleres de canto, fotografía y ritmos populares.
No se trata de una lista de participaciones paralelas a su carrera personal. En esos proyectos aparecen preocupaciones que también forman parte de sus discos: cómo se transmite una tradición, quiénes pueden representarla, de qué manera se construye una voz y qué sucede cuando distintas experiencias se ponen en relación.
La Pampa: volver a escuchar el origen

Aunque su vida musical se desarrolló durante años en Buenos Aires, La Pampa nunca dejó de estar presente. El territorio aparece en sus recuerdos familiares, en la inmensidad del horizonte y en una relación con el paisaje que se vuelve más compleja a medida que pasa el tiempo.
Pampi suele asociar su tierra natal con el cielo, el silencio y la amplitud. Pero ese vínculo no responde a una nostalgia sencilla. La distancia también le permitió descubrir músicas y escritores pampeanos que no necesariamente había conocido durante su infancia.
La recuperación de ese patrimonio se convirtió en una búsqueda adulta. Nombres como Edgar Morisoli, Alberto Cortez, Ricardo Nervi, Olga Orozco, Roberto Yacomuzzi y Juan Carlos Bustriazo Ortiz forman parte del universo de autores y autoras que dialogan con su trabajo. Algunos fueron descubrimientos posteriores, cuando volver sobre la cultura de su provincia implicó revisar también su propia historia.
Esa búsqueda encontró una expresión colectiva en Aquellos espejismos de arena, proyecto musical y poético que comparte con Sebastián Audisio y Roy Rodríguez Nazer. Los tres tienen origen pampeano y una relación posterior con Agua de Oro, Córdoba. El repertorio cruza composiciones propias con obras de escritores vinculados a La Pampa y sus paisajes. En 2026 regresaron a la provincia para presentar el espectáculo.
La experiencia muestra que la pertenencia no siempre se define por el lugar donde se vive. También se construye a través de las canciones que se recuperan, los poemas que se descubren y los encuentros que permiten volver a nombrar un territorio.
En la obra de Pampi, La Pampa es una raíz, pero no una frontera. Su música puede incorporar guitarras eléctricas, ritmos urbanos, arreglos de banda y búsquedas experimentales sin perder ese vínculo con el paisaje de origen. La identidad no aparece como una forma que deba conservarse intacta, sino como un proceso que cambia con cada experiencia.
Agua de Oro: una nueva trama cultural
Después de alrededor de veinte años de vida y actividad musical en Buenos Aires, Pampi se radicó en Agua de Oro, en las Sierras Chicas de Córdoba. El cambio de lugar no significó abandonar su recorrido anterior, sino reorganizarlo desde otro contexto.
Allí continúa trabajando con artistas de distintas procedencias y participa de una trama cultural en la que la música convive con la poesía, las artes visuales y los espacios comunitarios. Junto con Gretel Martínez y otras colaboradoras impulsa Las Martas, un espacio cultural en la zona de Villa Ani Mi, con propuestas que buscan generar encuentros y sostener la actividad artística local.

La dimensión comunitaria se vuelve central en esa etapa. Los proyectos no se limitan a producir un espectáculo o grabar un disco: también implican organizar actividades, compartir herramientas y construir condiciones para que la cultura tenga continuidad. La experiencia de Florecer al Norte, con sus talleres y presentaciones, expresa esa concepción de la práctica artística.
En agosto de 2026, Pampi participó en La zamba y los dioses. Rodolfo Kusch y el lenguaje del pueblo, una propuesta de la Universidad Nacional de Tres de Febrero que cruzó folklore, danza, narración y pensamiento latinoamericano. El proyecto vuelve a mostrar su disposición a moverse entre lenguajes y formatos sin restringir su trabajo a una única escena.
En esa trama, los vínculos de larga data siguen teniendo un lugar. Sebastián Audisio es un colaborador fundamental en la composición; Gretel Martínez, una interlocutora clave en el desarrollo visual; y artistas como Paola Bernal y Luciana Jury continúan apareciendo en diferentes momentos de su recorrido. Las relaciones no quedan fijadas a un único proyecto: se transforman, reaparecen y dan lugar a nuevas formas de trabajo.
La huella mía: canciones, paisajes y postales
Publicado el 13 de septiembre de 2026, La huella mía reúne nueve canciones y propone una nueva síntesis de ese recorrido. Grabado entre 2023 y 2026 en Córdoba y Buenos Aires, el álbum fue producido artísticamente por Jenny Nager y Pampi Torre, con mezcla y posproducción de Franco Di Pietro y masterización de Mario Breuer.
El proyecto suma las participaciones de Paola Bernal en «La gata del conurbano» y Luciana Jury en «Flores de asfixia», además de la intervención de otros músicos. Las letras vuelven a dialogar con la escritura de Sebastián Audisio, mientras que el universo visual incorpora el trabajo de Gretel Martínez y las cianotipias de Dulce Delía.
La cianotipia, técnica fotográfica que produce imágenes en tonos azules, no funciona únicamente como una decisión estética. Cada canción tiene su propia postal visual y el conjunto establece un diálogo entre imagen, música y memoria. El azul remite al cielo, al mar imaginado y a los horizontes pampeanos, pero también a la distancia y a la transformación de los recuerdos.

En una entrevista con Agua de Oro Noticias, Pampi resumió esa relación con una imagen: «La Pampa es un viejo mar donde navega el silencio». La frase condensa la forma en que el paisaje vuelve a aparecer en su música: no como una descripción literal, sino como una experiencia que se transforma en sonido, palabra e imagen.
El álbum reúne canciones como «La huella mía», «La gata del conurbano», «Flores de asfixia», «Voy a ser» y «Soy de cantar». En ellas conviven la canción de raíz folklórica, los ritmos urbanos, las guitarras eléctricas, los teclados, las percusiones y otros recursos de una producción que no busca reproducir una fórmula única para todo el repertorio.
Cada pieza encuentra su propio clima. La tradición aparece junto a otros lenguajes, sin que uno deba imponerse sobre los demás. La identidad pampeana tampoco se reduce a una marca geográfica: se filtra en las imágenes, en la memoria y en la manera de relacionarse con las canciones.
El formato de «disco-postal» amplía esa idea. Las piezas sonoras y visuales funcionan como registros de un itinerario personal, pero también como huellas de una producción colectiva. La autora está presente en las composiciones y en la interpretación, aunque la obra final lleva las marcas de quienes participaron en su construcción.
¿Por qué Pampi deja una nueva huella?
Una huella no es solamente una marca que queda atrás. También puede ser una señal que permite reconocer un recorrido, volver sobre él y descubrir hacia dónde continúa. En la música de Pampi Torre, esa imagen reúne la memoria de La Pampa, las canciones que la acompañaron desde la adolescencia, la formación adquirida lejos de su tierra y los vínculos que fue construyendo en cada etapa.
Su trayectoria no responde a una línea recta ni a una búsqueda aislada. En ella conviven la guitarra de las peñas, el aprendizaje académico, la experiencia de Las Folkies, Triura y Paisanas, las colaboraciones con otras músicas y el trabajo compartido con poetas y artistas visuales. También está presente la decisión de construir espacios culturales y sostener redes de encuentro allí donde vive. Cada experiencia deja algo que reaparece, transformado, en la siguiente.
Por eso, La huella mía no habla únicamente de una identidad individual. Aunque el título remite a una marca propia, el álbum lleva las señales de muchas otras personas: las palabras de Sebastián Audisio, la producción compartida con Jenny Nager, las imágenes de Gretel Martínez y Dulce Delía, las voces invitadas y los aportes de quienes participaron en las canciones. La obra tiene una autora reconocible, pero su forma definitiva nace del intercambio.
La Pampa sigue siendo un punto de partida, no un límite. El paisaje de la infancia vuelve en la memoria, en la poesía y en las sonoridades, mientras la vida en Córdoba abre otros diálogos y otras maneras de hacer cultura. Entre esos territorios, Pampi construye una música que no necesita elegir entre raíz y experimentación, entre la canción propia y el trabajo colectivo.
Quizá por eso cada nuevo proyecto deja una huella distinta. No porque borre las anteriores, sino porque las incorpora y las modifica. En el recorrido de Pampi Torre, hacer música es también aprender a escuchar, compartir el camino y volver sobre el origen con una mirada nueva. La huella que deja es suya, pero nunca la construye sola.

Por Federico «Poni» Rossi
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