Cuando el folclore deja de ser ruido y empieza a decir

Una charla en una peña de Río Tercero, una frase que quedó resonando y una certeza: el folclore no solo se escucha… también se interpreta con el cuerpo.

Una frase que cambia la escucha

Hace muchos años, en una peña de Río Tercero, mientras la gente bailaba y el bullicio llenaba el salón, un viejo guitarrero observaba en silencio. Le decían el Gringo Dema.

Intrigado, me acerqué y le pregunté qué era lo que tanto miraba.

“Que se diviertan con el folclore”, me respondió.

La frase no me alcanzó. Volví más tarde con otra pregunta:

“¿Qué tiene de malo que se diviertan?”

Entonces llegó la respuesta que me cambió la forma de escuchar:

“Para mí, el folclore es pensante.”

Desde ese día, algo hizo ruido… y también hizo sentido.

El folclore que pide silencio

Empecé a descubrir que hay canciones que no piden ser bailadas, sino comprendidas. Letras que duelen, que denuncian, que cuentan historias profundas.

Ahí están las obras de Manuel J. Castilla, de Atahualpa Yupanqui y de Pablo Raúl Trullenque, que no se apuran, que no buscan el aplauso inmediato.

Son canciones que invitan a quedarse quieto.
A escuchar.
A pensar.

La danza también piensa

Pero con el tiempo entendí algo más.
Que la danza no necesariamente contradice ese pensamiento.

Que la danza también puede ser pensamiento en movimiento.

No es lo mismo bailar por inercia que bailar interpretando.
No es lo mismo moverse que decir.

Cuando el cuerpo entiende lo que la letra propone, cuando el bailarín escucha de verdad, entonces ocurre algo distinto:

la danza no tapa… revela.

Los que hicieron profunda la danza

Ahí es donde aparecen nombres fundamentales.

La familia Saavedra en Santiago del Estero —como Juan Saavedra, Carlos Saavedra y Coqui Pajarín Saavedra— no solo bailan: interpretan la tierra.

En ellos, la danza tiene raíz, tiene historia, tiene identidad.

Cada movimiento parece venir de antes, de más profundo.

No es solo estética.
Es memoria hecha cuerpo.

Cuando la tierra y la técnica se encuentran

Y después están los que llevaron todo eso más allá.

Santiago Ayala, cordobés de San Vicente, fue pura tierra: fuerza, intuición, raíz.
Un bailadín extraordinario y un creador brillante.

Y junto a él, Norma Viola, formada en la técnica, en la disciplina, en el estudio.

Ahí pasó algo único.

Cuando la tierra se encontró con la técnica… la danza voló.

No perdió identidad.
No perdió verdad.
La elevó.

Ese cruce convirtió a la danza folclórica en un lenguaje escénico mayor, capaz de emocionar, de narrar, de conmover sin decir una sola palabra.

¿Bailar también es respetar?

Por eso, incluso en debates actuales —como el de bailar el Himno Nacional Argentino— la discusión va más allá.

No es solo si se baila o no.
Es cómo se baila.

Y en ese “cómo” no está solo la técnica, sino la libertad de una expresión que nace desde el corazón.

Porque una danza vacía puede banalizar.
Pero una danza consciente… puede emocionar tanto como una voz.

El equilibrio verdadero

Tal vez el Gringo Dema tenía razón.
El folclore es pensante.

Pero también es cierto que el pensamiento no vive solo en la palabra.

A veces,
cuando el cuerpo escucha,
cuando el alma entiende,
cuando la danza respeta lo que la música dice…

el folclore no solo se escucha.
Se eleva.

Bitácora del Folclore
Por Carlos Lucentti

Foto: Diego Nucera

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