Cada 11 de julio la Argentina celebra el Día Nacional del Bandoneón, en homenaje al nacimiento de Aníbal Troilo, «Pichuco», uno de los músicos más trascendentes de nuestra historia. La fecha no solo recuerda a un maestro del tango, sino también a todos aquellos que hicieron y siguen haciendo hablar a un instrumento que, con el paso del tiempo, se convirtió en una de las voces más profundas de la música argentina.
Pocos instrumentos despiertan tanta admiración como el bandoneón. Su ejecución es de las más complejas que existen. Cada botón produce una nota distinta según el fuelle se abra o se cierre, obligando al intérprete a desarrollar una memoria extraordinaria, una técnica refinada y una sensibilidad pocas veces vista en otro instrumento. Tal vez por eso cada bandoneonista termina encontrando una voz propia e inconfundible.
Esa voz fue construida por grandes artistas. Si el tango tuvo en Aníbal Troilo a uno de sus máximos exponentes y en Astor Piazzolla al revolucionario que llevó el bandoneón a nuevos lenguajes musicales, el folklore encontró en Dino Saluzzi una figura inmensa que abrió caminos, llevando el sonido del fueye hacia una dimensión profundamente poética. También es justo recordar a Eduardo Ramírez, conocido como «El Príncipe del Bandoneón»; al inolvidable Cuervo Pajón, referente del folklore; y a tantos músicos del chamamé que hicieron del bandoneón el corazón mismo del Litoral, como Isaco Abitbol y Tránsito Cocomarola.
Y es justamente esa historia la que explica una reflexión que me dejó esta semana, durante una entrevista, el bandoneonista riotercerense Pablo Jaurena:
«Si bien el bandoneón nace en Alemania, su historia musical comienza en la Argentina.»
La afirmación encierra una enorme verdad. El bandoneón fue creado en Alemania, pero encontró su destino definitivo en nuestro país. No cayó en manos de académicos ni de conservatorios. Cayó en manos de músicos populares, de artistas «orejeros» que aprendían escuchando y haciendo música en los conventillos, donde el tango empezaba a construir su identidad. Fueron ellos quienes le dieron un lenguaje, una forma de respirar y una manera única de emocionar.
Por eso, sostiene Jaurena, cualquier persona del mundo que quiera estudiar seriamente el bandoneón comienza inevitablemente por el tango argentino. Así como quien estudia piano recorre a Bach, Mozart o Beethoven, quien decide estudiar bandoneón —esté en Japón, Austria, España o cualquier otro rincón del planeta— termina estudiando a Troilo, Piazzolla y a los grandes maestros argentinos. Aunque haya nacido en Alemania, la identidad musical del bandoneón se forjó en la Argentina.
Y si hablamos del presente, resulta imposible no mencionar al propio Pablo Jaurena. Formado junto a maestros como Dino Saluzzi y Rodolfo Mederos, obtuvo el Premio Consagración Instrumental en el Festival Nacional de Folklore de Cosquín en 2013 con el Trío MJC y hoy es uno de los bandoneonistas argentinos de mayor proyección. No es casualidad que, justamente en este Día Nacional del Bandoneón, presente su nuevo trabajo discográfico, Fueyerías, una obra que vuelve a demostrar que el bandoneón sigue escribiendo nuevas páginas en la música argentina.
Desde Río Tercero también es justo reconocer a quienes mantienen vivo este legado: Pochocho Jiménez, Miguel Albri, el joven Guillermo Vignolo y tantos otros bandoneonistas que, desde distintos escenarios, honran un instrumento que exige estudio, disciplina y una inmensa sensibilidad.
Porque el bandoneón no solo acompaña melodías. Cuenta historias. Respira con quien lo ejecuta. Llora, celebra, abraza y emociona.
Y aunque haya nacido lejos de estas tierras, fue la Argentina la que le dio un idioma, una identidad y un lugar para siempre en el corazón de su pueblo.
Por Carlos Lucentti.
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