Cada 11 de julio se conmemora en la Argentina el Día del Baterista, en homenaje a Oscar Moro, uno de los grandes nombres de la historia del rock nacional. Integró bandas fundamentales como Los Gatos, Color Humano, La Máquina de Hacer Pájaros, Serú Girán y Riff, dejando una huella imborrable en la música argentina.
Pero esta fecha también nos invita a mirar hacia otro lado: el de la batería dentro del folclore.
Hubo un tiempo en que pensar en una chacarera, una zamba o un chamamé con batería parecía una herejía. El bombo legüero era el corazón del pulso folclórico y muchos entendían que no había lugar para otro instrumento de ese tipo. Sin embargo, el folclore, como la cultura, siempre está en movimiento.
Uno de los grandes renovadores fue Antonio Tarragó Ros. Cuando incorporó la batería al chamamé recibió críticas de los sectores más tradicionales. Con los años explicó que nunca quiso «rockear» el chamamé; al contrario, buscó que la batería aprendiera el idioma del chamamé, que respetara su acento y su manera de respirar.
Algo parecido ocurrió con el inolvidable Chango Farías Gómez. Con su visión revolucionaria de la música popular, demostró que la batería podía convivir con el bombo legüero, las cajas y las demás percusiones sin perder la identidad folclórica. No reemplazó a los instrumentos tradicionales: amplió sus posibilidades sonoras.
A partir de ese camino aparecieron grandes bateristas que hicieron de este instrumento una voz propia dentro del folclore.
Ahí está Palín Sosa, durante muchos años sosteniendo el pulso de Los Nocheros y, más tarde, de Jorge Rojas, con una musicalidad admirable.
También César Elmo, cordobés, reconocido por su trabajo junto a Raly Barrionuevo y por una forma de tocar donde cada golpe está al servicio de la canción.
Otro nombre imprescindible es el del cordobés Pedro Pacheco, quien acompañó a Soledad Pastorutti, Luciano Pereyra y numerosos artistas, convirtiéndose en uno de los músicos más respetados del país.
Y también Franco Giovos, junto a Horacio Banegas, mostrando que la batería puede sonar profundamente santiagueña cuando entiende el lenguaje de la chacarera.
La historia terminó demostrando que la batería no vino a desplazar al bombo legüero.
Vino a dialogar con él.
A sumar colores, matices, dinámica y potencia, sin perder de vista la esencia de nuestra música.
Porque, al fin y al cabo, la identidad del folclore no depende de los instrumentos que utiliza, sino de la manera en que esos instrumentos hablan el idioma de nuestra tierra.
Por Carlos Lucentti.
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