Día del Panadero: Don Juan Riera, el hombre que amasó la solidaridad

Cada 4 de agosto, la Argentina celebra el Día del Panadero, una fecha que recuerda la fundación, en 1887, de la Sociedad Cosmopolita de Resistencia y Colocación de Obreros Panaderos. Más allá del hecho histórico, la jornada se ha convertido en un homenaje a quienes, mientras la mayoría aún duerme, encienden el horno, mezclan harina, agua, sal y levadura, y comienzan una tarea silenciosa que alimentará a todo un pueblo.

El pan es uno de los alimentos más antiguos de la humanidad. Está presente en la mesa de ricos y pobres, en las celebraciones y en los momentos difíciles. Es símbolo de trabajo, de encuentro y de esperanza. Tal vez por eso el oficio del panadero despierta un respeto especial: porque detrás de cada hogaza hay horas de esfuerzo, manos curtidas por la harina y madrugadas que casi nadie ve.

Nuestro folklore, que siempre supo mirar con sensibilidad a los hombres y mujeres del pueblo, también encontró en esa figura una fuente de inspiración. Y, de todas las obras dedicadas a este oficio, ninguna alcanzó la profundidad humana de Juan Panadero, la inolvidable zamba de Manuel J. Castilla y Gustavo «Cuchi» Leguizamón.

Sin embargo, pocos saben que detrás de esa obra maestra no hay un personaje imaginario. Hubo un hombre real. Se llamó Juan Riera.

Nació el 16 de enero de 1896 en Ibiza, España, y, siendo muy joven, emigró a la Argentina. Como tantos inmigrantes, llegó con el sueño de construir una nueva vida. Trabajó en distintos oficios hasta establecerse definitivamente en Salta. Allí fue obrero ferroviario y, con el tiempo, abrió una panadería que terminaría convirtiéndose en mucho más que un comercio.

Aquella panadería era un lugar de encuentro. Mientras el pan se cocinaba lentamente, también se cocinaban amistades, conversaciones y proyectos culturales. Por sus mesas pasaban trabajadores, estudiantes, músicos, escritores y poetas. Allí compartían el pan y el vino, pero también las ideas.

Entre quienes frecuentaban ese lugar estaban Manuel J. Castilla, Gustavo «Cuchi» Leguizamón, Jaime Dávalos, Eduardo Falú, Dino Saluzzi y tantos otros artistas que marcarían para siempre la cultura argentina.

Pero Don Juan Riera no era admirado solamente por su oficio. Lo era, sobre todo, por su forma de vivir.

Quienes lo conocieron lo recuerdan como un hombre profundamente solidario. Creía que nadie debía pasar hambre y que la dignidad de una persona estaba por encima de cualquier interés material. Se cuenta que muchas noches dejaba abierta la puerta de su panadería para que quien necesitara un pedazo de pan pudiera entrar sin pedir permiso.

Ese gesto sencillo terminó convirtiéndose en el símbolo más poderoso de la zamba. No era una metáfora. Era una manera de entender la vida.

Hay otra imagen de la obra que conmueve profundamente. Castilla imagina a Don Juan haciendo panes con forma de palomas. No es solamente una imagen hermosa: es una manera de decir que el pan también puede ser belleza, juego, ternura y esperanza. Las palomas representan la paz; el pan representa la vida. Juntos construyen una de las metáforas más delicadas de nuestro cancionero.

Otra imagen inolvidable es aquella que habla de un corazón tan lleno de harina que parece elevarse hacia el cielo. Castilla convierte un elemento cotidiano del oficio en un símbolo espiritual. La harina deja de ser un simple ingrediente para transformarse en la huella visible de una vida entregada a los demás.

Y quizás el verso más recordado de la zamba sea aquel que se pregunta cómo alguien podría robarle a un hombre que cada noche dejaba abierta la puerta para que los pobres encontraran alimento. Allí está condensada toda la filosofía de Don Juan Riera. La verdadera riqueza no estaba en lo que guardaba, sino en lo que compartía.

Manuel J. Castilla no escribió una canción sobre un panadero. Escribió sobre la generosidad. Sobre la dignidad del trabajo humilde. Sobre esos hombres que cambian el mundo sin hacer ruido.

El Cuchi Leguizamón entendió inmediatamente la profundidad de esos versos y les regaló una melodía que parece caminar al mismo ritmo que una madrugada salteña. No hay estridencias. No hay apuro. La música acompaña la serenidad del personaje y convierte la historia en una zamba que emociona desde la primera nota.

La amistad entre Castilla y Don Juan Riera también explica el nacimiento de esta obra. El poeta encontraba en aquella panadería un refugio, un espacio donde siempre había una palabra amable, un mate compartido y un pan recién salido del horno. Riera no distinguía entre quien podía pagar y quien no. Para él, el pan era un derecho antes que una mercancía.

Quizás por eso Castilla decidió inmortalizarlo.

En tiempos donde tantas veces el éxito parece medirse por el dinero o la fama, Don Juan Riera representa exactamente lo contrario. Nunca buscó reconocimientos. No ocupó cargos importantes. No escribió libros ni dio discursos. Simplemente vivió de acuerdo con sus convicciones.

Y esa coherencia fue suficiente para que un poeta lo convirtiera en eterno.

El folklore argentino tiene esa maravillosa capacidad de descubrir héroes donde otros apenas ven personas comunes. Lo hizo con los arrieros, con los hacheros, con los peones rurales, con las lavanderas, con los obreros del ingenio y también con un panadero.

Porque el folklore sabe que la identidad de un pueblo no se construye solamente con grandes acontecimientos. También se construye con los pequeños gestos cotidianos. Con la mano que amasa el pan antes del amanecer. Con quien comparte un plato de comida. Con quien deja una puerta abierta para el que más lo necesita.

Hoy, cuando celebramos el Día del Panadero, vale la pena recordar que detrás de cada pan hay mucho más que harina y levadura. Hay sacrificio, paciencia, oficio y amor por el trabajo.

Y también vale la pena recordar a Don Juan Riera, aquel inmigrante que encontró en Salta su lugar en el mundo y que, sin proponérselo, terminó inspirando una de las páginas más hermosas de nuestra poesía popular.

Su historia demuestra que la verdadera grandeza rara vez hace ruido. Se parece más al perfume del pan recién horneado: sencillo, cotidiano y capaz de reunir a todos alrededor de una misma mesa.

Tal vez esa sea la enseñanza más profunda que nos dejaron Manuel J. Castilla, el Cuchi Leguizamón y Don Juan Riera: que el pan no solamente alimenta el cuerpo. También alimenta la memoria, la amistad, la solidaridad y la esperanza.

En tiempos donde muchas veces el trabajo parece invisible y la generosidad pasa desapercibida, volver a la historia de Don Juan Riera es volver a creer que los gestos más simples son los que dejan la huella más profunda.

Porque hay oficios que sostienen mucho más que una mesa.

Sostienen el alma de una comunidad.

Por: Carlos Lucentti.

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