Malambo: cuando el cuerpo se vuelve instrumento

Cada 15 de agosto, el mundo del folklore argentino recuerda el natalicio de Roberto “Piri” Sabalza y reivindica una fecha propuesta para celebrar al malambo. Una danza en la que el ritmo no sale de un instrumento: nace del golpe de los pies contra el suelo.

Hay músicas que necesitan una guitarra, un bombo o una caja para empezar. El malambo puede prescindir de todos ellos.

Alcanza con un escenario, un par de botas y un cuerpo dispuesto a zapatear.

Cada 15 de agosto se toma como fecha de referencia para homenajear al malambo y, especialmente, a Roberto “Piri” Sabalza, maestro santiagueño nacido ese día y considerado una figura fundamental en la transmisión y enseñanza de esta danza. En 2019 se presentó en el Congreso un proyecto para instituir el 15 de agosto como Día Nacional del Malambo, y en 2022 la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados emitió dictamen favorable sobre una iniciativa con ese objetivo. La fecha, por lo tanto, tiene un fuerte reconocimiento cultural, aunque no corresponde presentarla actualmente como una efeméride nacional establecida por ley.

Una danza hecha de golpes

El malambo es una danza folklórica argentina basada fundamentalmente en el zapateo. Sus movimientos se organizan a partir de golpes, desplazamientos, cruces, saltos y combinaciones que construyen una verdadera trama rítmica con los pies.

El cuerpo funciona como instrumento.

Cada golpe contra el piso produce un sonido diferente y cada combinación tiene su propia dificultad. Por eso el malambo no es solamente una danza para mirar: también es una forma de percusión corporal.

La tradición distingue dos grandes estilos: el malambo norteño y el malambo sureño, con diferencias en sus movimientos, su velocidad, su postura y su relación con el espacio.

Con el tiempo, además, el lenguaje del malambo se expandió. A las mudanzas tradicionales se sumaron nuevas posibilidades escénicas, coreografías grupales y combinaciones con otros elementos de la cultura folklórica.

Laborde, una capital a fuerza de zapateo

Si hay un lugar donde el malambo adquirió una dimensión particular es Laborde, en Córdoba.

Allí nació en 1966 el Festival Nacional del Malambo, a partir del trabajo de la Asociación Amigos del Arte y de instituciones culturales de la localidad. El primer festival se realizó los días 12 y 13 de noviembre de aquel año y reunió delegaciones de distintas provincias.

Con los años, el festival se convirtió en uno de los grandes espacios de consagración de la danza folklórica argentina.

La importancia alcanzada por Laborde fue reconocida por el Estado nacional en 2007, cuando la Ley 26.275 declaró a la localidad cordobesa Capital del Festival Nacional del Malambo.

Pero Laborde no es solamente una competencia.

Es también una escuela de transmisión. Allí se cruzan maestros, bailarines, músicos, delegaciones provinciales y generaciones de familias vinculadas con el folklore.

El escenario se convierte así en una suerte de archivo vivo: cada mudanza aprendida y cada zapateo transmitido mantienen en movimiento una tradición.

Cuando las mujeres ganaron el zapateo

Durante décadas, el malambo fue presentado como una danza esencialmente masculina. Esa tradición también quedó reflejada en el Campeonato Nacional de Malambo de Laborde, el escenario de mayor prestigio para esta disciplina y un espacio de consagración para generaciones de bailarines de todo el país.

Pero esa historia comenzó a ampliarse.

Las mujeres fueron ganando espacio como intérpretes, docentes y creadoras, y el malambo femenino empezó a construir sus propios lenguajes y circuitos. Ya no se trata solamente de que las mujeres ocupen un lugar que durante mucho tiempo estuvo reservado a los hombres, sino también de que puedan transformar y enriquecer una tradición a partir de sus propias experiencias y formas de bailar.

Ese proceso se refleja hoy en distintos escenarios del folklore argentino. Existen festivales y competencias dedicados específicamente al malambo femenino, mientras que las bailarinas también fueron conquistando espacios dentro de los grandes encuentros tradicionales.

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El Campeonato Nacional de Malambo de Laborde, justamente, fue y continúa siendo una referencia fundamental en ese proceso. Su escenario no solo consagró a grandes malambistas: también se convirtió, con el paso del tiempo, en un espacio donde las mujeres pudieron disputar reconocimiento, visibilidad y legitimidad dentro de una disciplina históricamente asociada a los varones.

El cambio no borra la tradición. La ensancha.

Porque el malambo sigue teniendo el mismo desafío esencial: hacer música con el cuerpo. Pero cuando cambian quienes ocupan el escenario, también cambian las formas de moverse, de narrarse y de entender qué significa esa tradición.

Piri Sabalza, maestro de malambistas

Roberto “Piri” Sabalza nació en Salavina, Santiago del Estero. En 1970 fue uno de los primeros santiagueños en consagrarse campeón nacional de malambo y posteriormente desarrolló una extensa tarea como docente y formador.

Su importancia no estuvo solamente en su desempeño como bailarín.

Sabalza dedicó buena parte de su trayectoria a enseñar. Formó a generaciones de malambistas y transmitió una concepción del malambo como disciplina, conocimiento y expresión cultural.

Por eso su natalicio fue elegido como referencia para la propuesta de crear el Día Nacional del Malambo.

En una intervención parlamentaria durante el tratamiento de la iniciativa, se destacó precisamente su papel como “verdadera expresión del malambo” y su tarea en la formación de zapateadores de distintas partes del país.

Cuando las mujeres se pusieron las botas

Durante buena parte de su historia escénica, el malambo fue presentado como una práctica esencialmente masculina.

Esa idea empezó a resquebrajarse con la creciente participación de mujeres y con la aparición de espacios específicos para su desarrollo.

En 2018 se realizó en Córdoba un festival exclusivo para mujeres malambistas, una iniciativa que buscó abrir un espacio en una disciplina que durante años había relegado su participación femenina.

La discusión no pasó solamente por permitir que las mujeres ocuparan un lugar en el escenario. También apareció otra pregunta: ¿tenían que repetir exactamente el lenguaje construido históricamente alrededor del malambo masculino?

La bailarina y docente Ana María Domínguez, una de las referentes de esta transformación, plantea la necesidad de desarrollar un malambo propio de las mujeres, incorporando nuevas figuras y elementos vinculados con las experiencias y raíces de cada bailarina.

Ese proceso amplió la danza.

El malambo dejó de ser solamente una demostración individual de fuerza y destreza para convertirse también en un territorio de exploración sobre los cuerpos, las identidades y las formas de representar una tradición.

El sonido de la tierra

Quizás ahí esté una de las claves para entender por qué el malambo pertenece a un calendario sonoro.

Aunque solemos pensar el folklore desde sus instrumentos, en esta danza el sonido está en otra parte.

Está en el cuero de las botas.

En el golpe contra la madera.

En el repique.

En el silencio que precede a una mudanza.

En la aceleración de los pies.

En la respuesta del cuerpo al ritmo.

El malambo convierte el movimiento en percusión y hace del bailarín una especie de instrumento vivo.

Por eso cada zapateador no solamente interpreta una coreografía: construye un paisaje sonoro con el cuerpo.

Y ese sonido sigue cambiando.

Porque una tradición no permanece viva cuando se repite exactamente igual, sino cuando encuentra nuevas personas capaces de apropiársela, discutirla y volver a ponerla en movimiento.

Cada 15 de agosto, el nombre de Piri Sabalza vuelve a aparecer asociado al malambo.

Pero detrás de ese nombre hay algo más grande: generaciones de bailarines y bailarinas que siguen golpeando el piso para demostrar que, a veces, la música también puede nacer de los pies.

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