Para quienes amamos el folclore, el año tiene una manera particular de medirse. Empieza en enero, con Cosquín, con sus calles llenas, sus peñas, sus encuentros y esa sensación de que durante unos días todo gira alrededor de la música y la danza. Pero cuando llega agosto, después de tantos meses, el combustible parece agotarse.
Y entonces aparece Santiago del Estero. La Banda, en el barrio Los Lagos. El Patio Godoy.
Porque si Cosquín es, para muchos, el comienzo del año folklórico, el patio de la familia Godoy es ese lugar donde, a mitad de camino, volvemos a llenar el tanque para poder llegar hasta el próximo enero.
Durante los días que dura la estadía santiagueña, el patio del barrio Los Lagos se convierte en mucho más que un lugar donde escuchar y bailar chacareras. Es un punto de encuentro. Una casa abierta. Un territorio donde las diferencias de procedencia desaparecen detrás de una guitarra, un bombo, la danza y un abrazo.
Llegan cordobeses, porteños, santafesinos, sanjuaninos y desde los lugares más diversos. Desde el miércoles, el patio tiene variados regionalismos, al igual que nuestro país.
Y hay algo hermoso en ese patio: el que viene por primera vez es recibido como si ya hubiera estado antes. Y quienes asistimos desde hace veinte años seguimos regresando porque sabemos que allí siempre hay un abrazo esperando.
En el Patio Godoy somos uno solo cantando. Uno solo bailando. Uno solo abrazándonos.
También está la ausencia de Meco Godoy. Y quizás sea justamente esa ausencia la que hace todavía más fuerte su presencia. Porque físicamente se fue, pero dejó una impronta profunda en ese patio. En sus paredes, en sus encuentros, en la gente que vuelve, en las canciones que siguen sonando y en esa comunidad que él ayudó a construir.
El Patio tiene algo de legado.
No es solamente un espacio físico. Es una manera de entender el encuentro.
Durante esos días todos vamos pasando por distintos lugares: La Casa de la Abuela, Sonkoy, La Fisura, la peña de Demi, el Patio de Carlos, Añoranzas Santiagueñas y tantos otros espacios que forman parte de ese enorme mapa de encuentros que ofrece Santiago del Estero.
Pero después de recorrerlos, volvemos.
Volvemos al Patio Godoy.
Porque allí está el encuentro. Allí volvemos a cruzarnos con los que vimos la noche anterior, con los que conocimos hace veinte años y con los que acabamos de conocer. Allí las generaciones se mezclan, las procedencias se borran y la chacarera vuelve a hacer lo que mejor sabe hacer: juntarnos.
Quizás por eso el Patio Godoy sea mucho más que una peña.
Es una comunidad que se reconoce a sí misma.
Una comunidad que llega desde distintos lugares, que durante unos días comparte la misma mesa, las mismas canciones, los mismos bailes y los mismos abrazos.
Y cuando uno mira alrededor, entiende que la chacarera no solamente se escucha ni solamente se baila.
También se vive.
Se vive en ese patio.
Se vive en la amistad, en el reencuentro, en la bienvenida al que llega por primera vez y en la emoción de volver a ver a quienes conocemos desde hace tantos años.
Por eso, cuando agosto empieza a quedarse sin días y Santiago del Estero comienza a despedirnos, uno sabe que se lleva algo más que canciones.
Se lleva el abrazo.
Se lleva la comunidad.
Se lleva la certeza de que, aunque falten todavía varios meses para Cosquín, el combustible volvió a estar lleno.
Y así podremos esperar, una vez más, hasta enero.
Hasta que el folclore vuelva a llamarnos.
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Hasta que la rueda vuelva a empezar.
Por: Carlos Lucentti
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