Rubén Rada: el recuerdo de sus colegas, entre el maestro, el amigo y el hombre que hizo cantar al candombe

La muerte de Rubén “El Negro” Rada generó una inmediata sucesión de mensajes de despedida desde ambas orillas del Río de la Plata y desde distintos lugares de América Latina. Músicos que compartieron escenarios, grabaciones y amistades con él; artistas que encontraron en su obra una inspiración; periodistas e instituciones que reconocieron su trayectoria coincidieron en algo: despedir a un músico extraordinario, pero también a un hombre capaz de generar vínculos profundos.

El historiador Sergio Pujol eligió definirlo como “el príncipe de la fusión”. En su recuerdo, Rada fue el artista capaz de reunir “la base rítmica del candombe con la energía eléctrica del jazz-rock”, y hacerlo desde una combinación excepcional de percusión y voz.

Pujol ubicó a Rada dentro de una historia mayor de la música popular: “Clave de acceso al swing del lado de acá”, escribió, y lo describió como un puente entre la tradición de la improvisación afroamericana y el Río de la Plata. El Kinto, Tótem y Opa aparecen así como capítulos esenciales de una trayectoria que llevó al candombe hacia territorios nuevos.

Pero detrás de ese músico fundamental aparece, en los testimonios de sus colegas, un Rada mucho más íntimo.

Jaime Roos lo despidió como “mi maestro y héroe, amigo querido” y resumió su lugar en la cultura uruguaya con una frase contundente: “Se fue un pedazo del cielo del Uruguay”.

Chany Suárez eligió una palabra todavía más cercana: “Un hermano”. Su extenso recuerdo reconstruye una amistad que comenzó cuando Rada llegó a Buenos Aires en 1978, después de su experiencia con Opa en Estados Unidos.

Compartieron casas, escenarios, grabaciones, noches de jazz y aquellos espacios de la escena porteña que durante los últimos años de la dictadura se convirtieron también en lugares de resistencia cultural. Rada integró la banda de Chany y participó en varios de sus discos. Juntos estuvieron en el Estadio de Boca, en el ciclo Musicasiempre, en La Peluquería de San Telmo y en otras tantas noches de aquella Buenos Aires musical.

“Nos unió la música, el amor y el espanto”, escribió Suárez.

También recordó el humor, la improvisación y la musicalidad de Rada. Entre las escenas que recuperó aparece una grabación de 1980: para registrar “El siete”, Rada utilizó como instrumento una gruesa tabla de una mesa del estudio de EMI Odeón. La anécdota funciona casi como una síntesis de su personalidad artística: convertir cualquier elemento en música y hacerlo con naturalidad.

Fito Páez también volvió sobre el primer encuentro entre ambos. Siendo muy joven, lo había visto actuar en Music Up, en Buenos Aires, junto a una formación integrada, entre otros, por Ricardo Sanz, Luis Ceravolo, Jorge Navarro, Bernardo Baraj y Benny Izaguirre.

Durante el intervalo, Rada bajó del escenario y se sentó junto a él. Le preguntó de dónde venía, si le gustaba la música y si conocía a Opa y La Banda.

Aquel encuentro terminó transformándose en una amistad de años. “Los años nos volvieron hermanos”, escribió Páez, que recordó especialmente la sensibilidad de Rada para percibir lo que estaba viviendo aquel músico muy joven.

La generosidad aparece también en el recuerdo de Nahuel Pennisi, quien agradeció su música, las risas y las puertas abiertas de su casa para compartir momentos familiares. Alejandro Lerner destacó la felicidad que Rada generó con su espíritu y su talento.

Pinocho Routin, por su parte, escribió desde una cercanía todavía más profunda: “Estoy hecho de tu voz, de tus canciones y de tu alegría por la música”. Habló del luchador incansable, del amigo genuino y del privilegio de haber compartido escenarios con él.

En Brasil también hubo despedidas. Daniela Mercury llamó a Rada “el Rey de Uruguay” y recordó al hombre de mejor humor, al músico del candombe y a quien fue para ella una inspiración de vida y una referencia en el dominio del swing.

Pedro Aznar lo despidió desde otra perspectiva, pero con la misma amplitud: su voz, escribió, era perfume de Uruguay, del Río de la Plata y de un continente hecho de canto, candombe, fiesta y una interminable mezcla de lenguajes musicales.

Jorge Drexler eligió hablar de aquello que Rada transmitía más allá de las canciones: “Gracias por enseñarnos quienes somos, por abrir puertas, tender puentes y llevarnos de la mano hacia adentro de nosotros mismos”.

David Lebón lo resumió de manera sencilla: “Hoy se fue un grande. Un músico inmenso y un gran amigo”.

También llegaron las palabras de Yamandú Orsi, presidente de Uruguay, quien agradeció su creatividad, su alegría y su generosidad. Abuelas de Plaza de Mayo recordó al “amigo, compañero y músico entrañable” que recientemente había participado del Concierto por la Identidad en el Teatro Solís de Montevideo. La institución destacó especialmente su solidaridad, su humor y su capacidad para acompañar también desde la música las luchas colectivas.

La Mona Jiménez lo despidió desde otra historia compartida por la música popular y la percusión. Recordó a Rada junto a Bam Bam Miranda, imaginando que sus tambores podrían volver a encontrarse.

Todas esas voces dibujan un mismo retrato desde lugares diferentes. Está el Rada innovador, el que transformó el candombe y lo hizo dialogar con el jazz, el rock y otras músicas. Está el compositor y cantante de una obra enorme. Está el maestro reconocido por generaciones posteriores.

Pero aparece, sobre todo, el hombre.

El que hacía reír. El que abría las puertas de su casa. El que se acercaba a un músico joven después de un concierto. El que compartía escenarios y celebraciones. El que podía convertir una mesa en un instrumento y una reunión en una fiesta.

Quizás por eso su muerte provoca una despedida tan amplia. Porque Rada no dejó solamente una obra: dejó una comunidad de músicos, amigos y oyentes que sienten que algo de ellos también se va con él.

Mientras sus colegas lo despiden, Uruguay prepara también el último encuentro público con uno de sus artistas fundamentales.

El velatorio será abierto al público este jueves 27 de agosto, de 14:00 a 21:00, en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo de Montevideo. El ingreso será por la puerta principal del edificio, sobre Avenida del Libertador.

El sepelio se realizará el viernes 28 de agosto. El cortejo partirá a las 11:00 desde Isla de Flores y Santiago de Chile hacia el Cementerio del Norte.

Será la despedida de un país a uno de sus músicos más queridos.

Y también la despedida de una enorme familia musical que, desde distintos escenarios y geografías, hoy vuelve a decir lo mismo:

Gracias, Negro.

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