En el Día Nacional del Árbol, Carlos Lucentti recorre algunas canciones del folklore argentino en las que el árbol aparece mucho más que como parte del paisaje: como raíz, memoria, refugio, amor, identidad y también como denuncia frente a la destrucción del monte.
Hoy, Día Nacional del Árbol, me quedé pensando en algo que está muy presente en nuestro folklore: el árbol.
No solamente el árbol como parte del paisaje. No como una imagen decorativa detrás de una historia. Sino el árbol como presencia. Como compañero, como memoria, como refugio, como raíz. Como algo que da vida. Y también, cuando el hombre lo destruye, como una herida abierta en la tierra.
Y entonces empecé a recordar canciones.
La primera que apareció fue “El árbol, el río y el hombre”, un poema de Julio Cortázar, musicalizado por Atahualpa Yupanqui. Tres elementos que parecen sencillos, pero que puestos juntos adquieren una enorme profundidad: el árbol, el río y el hombre. Naturaleza y ser humano formando parte de una misma historia.
Después apareció otra canción de Yupanqui, “El árbol que tú olvidaste”. Acá el árbol ya no es solamente naturaleza: es memoria. Es testigo. Es aquello que permanece cuando alguien se va. El árbol guarda una historia, un lugar y una ausencia.
Y pensé también en Peteco Carabajal y “Bajo la sombra de un árbol”. El árbol como refugio, como lugar de encuentro, como espacio donde también puede aparecer el amor.
Peteco vuelve a esa imagen en “Como arbolito de otoño”, donde el árbol se convierte en una imagen amorosa, ligada al paso del tiempo y a las transformaciones que trae el otoño.
Después aparece “Mi flor de chacarera”, con letra de Rodolfo Ovejero y música de Julián Díaz. Allí la imagen del árbol se encuentra con algo todavía más profundo para nuestra música: la raíz, el fruto, la tierra y la chacarera. El árbol como una manera de hablar también de aquello que nos pertenece y nos identifica.
Y si hablamos de raíces, no puede faltar “Chacarera de las piedras”, de Atahualpa Yupanqui y Pablo del Cerro. Allí el árbol aparece como una forma de hablar del propio hombre, de sus frutos y de su relación con la tierra.
Hasta acá, el árbol aparece como vida, como raíz, como sombra, como memoria, como amor.
Pero también puede aparecer como denuncia.
Y ahí entra “Abriendo venas del monte”, con letra de Jorge del Coll y música de Enrique Marchetti.
El título ya es una imagen brutal: abrir las venas del monte. El árbol deja de ser solamente aquello que nos cobija y se convierte en aquello que estamos destruyendo. La tala indiscriminada no afecta solamente a los árboles: lastima al monte, a la tierra y a quienes viven en ella.
Y quizás por eso el árbol tenga tanta fuerza dentro del folklore.
Porque un árbol tiene raíces, pero también tiene memoria. Tiene sombra, pero también tiene frutos. Puede ser refugio, paisaje, compañero. Puede representar a una persona, a un pueblo, a una cultura.
Y hasta puede convertirse en música.
Porque muchas de nuestras guitarras, bombos y otros instrumentos nacen de la madera de un árbol.
Hay una última asociación que se me apareció hoy: Arbolito, aquella banda que durante casi tres décadas cruzó folklore y rock, y que tomó su nombre de una figura histórica reivindicada por Osvaldo Bayer. Una banda que hizo de sus raíces folklóricas parte de su identidad y que finalmente se disolvió en 2025.
Quizás no sea casual que una banda que mezcló tradición y rock haya llevado justamente ese nombre.
Porque un árbol también es eso:
raíces y ramas.
Lo que viene de antes y lo que busca crecer hacia adelante.
Y tal vez eso sea, en buena medida, el folklore.
Una música con raíces profundas, que sigue dando ramas nuevas.
Hoy, 29 de agosto, Día Nacional del Árbol, vale la pena volver a escuchar estas canciones.
Y escuchar, entre sus versos, no la historia de un árbol.
Escuchar nuestra propia historia.
Por Carlos Lucentti
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