Hay músicas que se heredan y otras que se descubren. En el caso de Nahuel Jofré, la historia empezó en San Carlos, Mendoza, mucho antes de que la tonada se convirtiera en objeto de estudio y en materia de sus propias canciones. Estaba la radio, las canciones que escuchaba antes de ir a la escuela y la costumbre de volver sobre ellas hasta reconocer sus formas, sus melodías y sus palabras.
De aquella escucha temprana quedó algo más que una afición. Con el tiempo llegaron la guitarra, el canto, la composición, la formación académica y una relación cada vez más profunda con las músicas de Cuyo. Jofré estudió Música Popular en la Universidad Nacional de Cuyo y desarrolló, paralelamente a su trabajo como intérprete y compositor, una tarea de investigación sobre las tonadas y los caminos que recorrieron esas canciones.
No son dos mundos separados. En su obra, investigar y componer forman parte de un mismo movimiento: volver sobre lo que recibió para preguntarse qué puede hacerse hoy con eso.

Antes de cantar solo
Antes de construir su recorrido como solista, Nahuel Jofré integró Ama Cunkay junto a Laureano Busse y Martín Parra, un trío del Valle de Uco que durante aproximadamente una década trabajó sobre músicas de raíz americana y folklore cuyano.
El nombre del grupo ya contenía una declaración de principios. Ama Cunkay, expresión de origen quechua que puede traducirse como “no olvides”, remitía a la necesidad de mantener presentes las raíces y las tradiciones de la tierra de la que provenían.
En ese espacio comenzó a consolidarse una parte del lenguaje que después atravesaría su obra solista. No se trataba solamente de interpretar repertorio cuyano, sino de encontrar una manera propia de relacionarse con él, incorporando composiciones nuevas y poniendo esas músicas en diálogo con otras expresiones de raíz americana.
La experiencia de Ama Cunkay también ayuda a entender algo que aparecerá después de manera recurrente en Jofré: la música como una forma de memoria. No una memoria inmóvil, destinada a conservar las cosas exactamente como fueron, sino una que permite volver sobre ellas para hacerlas sonar otra vez.

Aprender el territorio
En 2016 llegó Canciones en Cuyo Vuelo, su primer disco solista. El título ya proponía una declaración de pertenencia, pero no de encierro. Las canciones partían de la música tradicional cuyana para entrar en diálogo con una canción latinoamericana más amplia.
Jofré nunca pareció demasiado interesado en convertirse en “el renovador” de la música cuyana. Su camino fue estudiar sus formas, conocer sus materiales y escribir desde allí. La tradición, en lugar de aparecer como una pieza terminada, funciona como un lenguaje todavía disponible.
En Canciones en Cuyo Vuelo están “La flor de la montaña”, “La flor del desierto”, “Álamos” y otras canciones en las que el paisaje no es simplemente una postal. Es una experiencia. El territorio aparece como algo que se escucha, se recuerda y se transforma en canción.
“La flor de la montaña” resulta especialmente significativa porque permite seguir el recorrido de una canción más allá de su autor. La obra fue grabada por otros intérpretes, entre ellos Eli Fernández y Daniela Calderón, y también circuló en diferentes proyectos y escenarios. Allí aparece una dimensión central de la composición popular: una canción comienza a tener otra vida cuando otros cantores la hacen propia.
Esa circulación también forma parte de la huella.

Cuando una tonada llega a Cosquín
En 2019 apareció uno de los momentos decisivos de su trayectoria.
Jofré se presentó al Pre-Cosquín con “Provinciano”, una tonada propia, y ganó el rubro Canción Inédita. El premio lo llevó al escenario Atahualpa Yupanqui del Festival Nacional de Folklore de Cosquín.
La historia tiene algo de círculo cerrado. El músico que había crecido escuchando tonadas en la radio llegaba ahora al escenario más importante del folklore argentino con una canción que hablaba justamente desde su condición de provinciano.
“Provinciano” no planteaba una identidad mendocina como una frontera. La canción se afirmaba desde un lugar concreto para poder mirar hacia afuera. Esa perspectiva terminó convirtiéndose en el eje del disco homónimo, producido junto a Facundo Merelo y editado en 2020.
Jofré no buscaba encerrarse en una definición regional. Su interés estaba en que la música de una provincia pudiera conversar con otras músicas, otros territorios y otras experiencias.
El reconocimiento de Cosquín no significó entonces la llegada de Jofré a un lugar ajeno. Fue, más bien, la confirmación pública de una búsqueda que ya venía desarrollándose desde hacía años.

Investigar para cantar
Hay una dimensión de su obra que merece detenerse un poco más: Jofré investiga.
Lo hizo con las tonadas anónimas de Cuyo, con sus recorridos, sus transformaciones y sus vínculos con otras músicas latinoamericanas. Y esa investigación también llegó a la composición.
Un ejemplo particularmente claro es “Güemes, galope de agua y de fuego”.
La canción nació después de un proceso de investigación sobre la circulación cultural y musical durante el período de las guerras de Independencia. Jofré se encontró varias veces con la figura de Martín Miguel de Güemes mientras estudiaba aquellos recorridos y, cuando apareció una convocatoria nacional para crear obras en homenaje al héroe salteño, decidió convertir esa investigación en canción.
La obra obtuvo el primer puesto en la categoría Canción Inédita del Premio Nacional de Música Popular “Martín Miguel de Güemes: Un grito de libertad”.
Pero quizás lo más interesante esté en cómo decidió contar a Güemes.
No buscó solamente reconstruir al prócer de los manuales. Se detuvo en episodios de su vida, en la participación de los sectores populares en las guerras de Independencia y en la figura de Macacha Güemes. Musicalmente, construyó la canción a partir de un diálogo entre elementos del yaraví y la milonga, recuperando también los cruces culturales que existieron entre distintas regiones durante ese período.
La canción revela una manera de trabajar: la investigación no está detrás de la música como un dato erudito. Está adentro de ella.

El presente también entra en la tonada
Después de Provinciano llegó …del cristal con que se mira, un disco que profundizó esa búsqueda y volvió a colocar la canción en el centro.
La tradición cuyana permanece, pero no como una fórmula. Guitarras, guitarrón, voces, percusiones y arreglos dialogan con una escritura que se ocupa de cuestiones del presente.
Ahí aparece una de sus convicciones más persistentes: el folklore puede seguir hablando de aquello que está sucediendo ahora sin necesidad de abandonar las formas que vienen de antes.
Tampoco hace falta inventar una ruptura para que una música cambie.
Una canción puede conservar una estructura, una manera de tocar el guitarrón o una cadencia reconocible y, al mismo tiempo, decir algo que ninguna generación anterior podría haber dicho exactamente de la misma manera.
Eso explica también su relación con las canciones propias. Jofré ha contado que algunas permanecieron guardadas durante años antes de encontrar su momento. Una canción puede modificarse cuando cambia quien la canta, pero también cuando cambia quien la escribió.
La obra, entonces, no queda clausurada en el instante de su composición.

Una música hecha de encuentros
En ese recorrido, Facundo Merelo ocupa un lugar especial.
La relación artística entre ambos lleva más de una década y atraviesa distintos discos, escenarios y viajes. Merelo fue productor de Provinciano y una de las voces que acompañaron aquel trabajo. En 2025, esa relación se convirtió formalmente en Acceso Sur, un EP de seis canciones realizado por ambos.
El nombre del trabajo remite a un camino concreto de Mendoza: la vía que conecta los lugares donde viven sus familias. El trayecto terminó convirtiéndose en una imagen de algo que ya existía entre ellos: una amistad y una colaboración construidas durante años.
Acceso Sur recupera además una dimensión muy presente en la trayectoria de Jofré: la música como encuentro. El trabajo fue registrado en un formato acústico, buscando conservar la dinámica que ambos tienen cuando tocan y cantan juntos.
Es significativo que después de varios años de recorrido individual el presente vuelva a encontrarlo acompañado.
Como si la canción, después de todo, siempre terminara necesitando a alguien más.

Las canciones siguen su camino
Quizás una de las mejores maneras de medir la huella de un compositor sea observar qué ocurre cuando sus canciones dejan de pertenecerle exclusivamente.
En el caso de Jofré, “La flor de la montaña” es uno de esos ejemplos. Su repertorio también fue incorporado por otros músicos y circuló en diferentes proyectos, mientras sus colaboraciones con artistas como Facundo Merelo ampliaron el alcance de sus composiciones.
Pero hay otra forma de circulación que resulta todavía más interesante: la que ocurre cuando una canción de raíz regional consigue viajar sin desprenderse de su origen.
Jofré trabaja desde Cuyo, pero no parece querer que sus canciones terminen en Cuyo.
Su investigación sobre las tonadas lo lleva hacia otras provincias y hacia otros países de América Latina. Sus composiciones dialogan con la canción popular, con la música tradicional y con lenguajes contemporáneos. Sus escenarios se multiplicaron y su música salió también del circuito estrictamente mendocino.
La identidad, en ese recorrido, no funciona como límite.
Funciona como punto de partida.
¿Por qué Nahuel Jofré deja una nueva huella?
Porque su aporte no consiste simplemente en actualizar una música antigua.
La cuestión es más profunda: demostrar que una tradición puede seguir siendo tradición mientras cambia.
Jofré escucha las canciones que llegaron antes, estudia sus recorridos, aprende de quienes las cantaron y después vuelve a escribir. A veces recupera una forma antigua. Otras veces la mezcla con otra música. En ocasiones parte de una investigación histórica para construir una canción. Y también deja que sus propias composiciones circulen en voces ajenas.
En ese movimiento, la música cuyana deja de ser un repertorio que debe ser conservado intacto y se convierte en una materia viva.
No se trata de abandonar la raíz para alcanzar el presente.
Se trata de descubrir que la raíz también crece.
Y quizá allí esté la huella de Nahuel Jofré: en haber encontrado una manera de cantar desde un territorio concreto sin convertirlo en frontera; de estudiar el pasado sin quedar atrapado en él; y de sostener una música de raíz mientras la deja caminar hacia otros lugares, otras voces y otras canciones.
Por Federico «Poni» Rossi
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