Jorge Alorsa sigue andando las calles del barrio que lo vio crecer. Martín Luna lo busca entre el ruido de una pelota contra el paredón, el mate de la vieja, el fulbito de las diez y las canciones de fogón. Una memoria hecha de barrio, poesía y pertenencia. A 17 años de su partida, lo recordamos así.
Desde el barrio, que lo vio crecer, Alorsa contempló el mundo como si fuera un espejismo lejano, difuso, entre calles que susurran en silencio, donde el polvo es el eco de pasos que ya no regresan. Las zanjas, con sus raíces enredadas y sus calas, le contaron historias de errantes que, como tantos, buscaban algo en cada esquina, algo que siempre se les escapaba. Y en la quietud de la noche, los perros callejeros y los gatos de nadie, dueños de la oscuridad, le susurraron secretos que escucharon en aquella plaza, entre risas rotas y promesas olvidadas.
El barrio, comprendió el poeta, es un escenario de luchas silenciosas, de hombres con las manos duras y las miradas ausentes, y mujeres que le pelean a la vida con la esperanza de que, en algún rincón, haya algo que las haga sonreír. En cada esquina, las monedas se convierten en sueños rotos, como el viento que arrastra maldiciones y anhelos de una vida que no llega.
El sol, que se esconde temprano, deja la calle en sombras largas, donde la pibada juega a sobrevivir, a esquivar policías, a robarle un segundo al reloj. Más allá, el humo de un cigarro se eleva en la penumbra, como el último suspiro de un hombre que decidió no seguir más reglas, que dejó la rutina atrás una madrugada fría. Las risas de los pibes del barrio resuenan, pero se sienten vacías, como un eco que repercute en las paredes de aquella casa, siempre con las puertas abiertas y los recuerdos a medio cocinar. El campito, que lucha por no desaparecer bajo el peso del concreto, sigue siendo el lugar donde los sueños se vuelven pelotazos, donde los zurditos corren descalzos, con la frente llena de barro y la esperanza intacta.
Es el barrio, donde lo imposible se vuelve tangible en cada rincón. Allí, en la suciedad de las calles y en la belleza de las pequeñas victorias, se forjan historias que desafían a los que piensan que el destino está escrito. En cada esquina, los artistas del barrio—malabaristas, tatuadores, murguistas, estafadores de medio pelo, caraduras y polizones—caminan por la vida como si no les importara el final, llevando sobre sus hombros el peso de una historia que nunca será contada en los libros, pero que fue escrita por ese poeta y cantor.
La gente pasa, los días se hacen pesados, pero el barrio siempre está ahí, como una promesa rota que nunca deja de existir, aunque a veces se olvide el porqué. En la esquina, el viento se lleva los susurros de ayer y las miradas se cruzan fugaces, como si todos buscáramos lo mismo: un poquito de paz en este caos que nos pertenece. Y mientras tanto, el sol se oculta detrás de los techos de chapa, como si también él quisiera escapar de este lugar que, a pesar de todo, sigue siendo hogar. Alguien dice que el poeta pasó por allí, urgente, dicen que iba a la esquina que lleva su nombre.
Y si es que nunca se fue.
Sigue por ahí, andando esas calles, mezclado entre la gente, en el ruido de una pelota contra el paredón, en el mate de la vieja, en aquella canción de fogón.
Sigue ahí, caminando despacio, como quien vuelve a casa.
Anda por ahí, dando vueltas en las calles de ese barrio donde decidió quedarse, por los mates de la vieja y el fulbito de las diez.
¿Dónde se va a ir?
Por Martín Luna
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