Una voz singular, una guitarra, una carrera breve y vertiginosa. De Los Huanca Hua a su consagración como solista, Hernán Figueroa Reyes construyó una figura que excedió la de un intérprete. También fue autor, compositor, conductor, actor y empresario de la canción. “Zamba del cantor enamorado” terminó de darle un nombre que ya estaba escrito en su historia.
Hay artistas cuya trayectoria parece demasiado breve para todo lo que alcanzaron a construir. Hernán Figueroa Reyes fue uno de ellos.
Nació en Salta el 14 de septiembre de 1936, en una familia donde el arte formaba parte de la vida cotidiana. Su padre, José Figueroa Aráoz, era escritor; su madre, Mariela Reyes, estuvo vinculada al teatro y a la creación de la Cacharpaya. Antes de dedicarse definitivamente a la música, Hernán pasó por distintos trabajos y llegó incluso a estudiar Derecho. Pero la guitarra y el canto terminarían imponiéndose.
En 1960 apareció en escena como una de las voces de Los Huanca Hua. El conjunto proponía una manera diferente de entender el folklore: arreglos vocales novedosos, complejidad armónica, ausencia de la tradicional vestimenta gauchesca y una puesta que rompía con varios códigos de la época. Figueroa Reyes ocupó allí un lugar central como primera voz.
Tres años después dejó el conjunto y comenzó su carrera solista. Formó su propio grupo junto a Emilio “Bocha” Martínez en guitarra y Hernán Rapela en bombo. El cambio fue inmediato: su voz personal, su presencia escénica y un repertorio que combinaba obras tradicionales con nuevas canciones lo llevaron rápidamente hacia los grandes escenarios.

La Plaza Próspero Molina fue decisiva. En Cosquín encontró el escenario donde su figura terminó de crecer hasta convertirse en uno de los grandes nombres de aquel movimiento de renovación del folklore.
Cosquín y la consagración
Su interpretación de “El Corralero”, canción del chileno Sergio Sauvalle Vergara, se convirtió en un enorme éxito discográfico y fue una de las piezas fundamentales de su consagración. Después llegarían otros títulos que quedarían asociados para siempre a su voz: “El Tata está viejo”, “Tendrás un altar” y, especialmente, “Zamba del cantor enamorado”.
No se trataba solamente de un cantor de festival. Figueroa Reyes tenía una capacidad particular para establecer una relación directa con el público. Su voz, su manera de presentarse y una personalidad expansiva lo convirtieron rápidamente en una figura popular.
Esa popularidad también lo llevó hacia otros espacios. Participó en cine, condujo programas de radio y televisión y desarrolló una faceta empresarial vinculada a las peñas folklóricas. El Palo Borracho y La Peña de Olivos fueron dos de los espacios más importantes de esa etapa. Por allí pasaron artistas que comenzaban sus carreras y que encontraron en aquellas peñas un lugar para crecer profesionalmente.
El cantor también quería contar sus propias historias
Hay una diferencia importante entre el intérprete consagrado y el artista que empieza a construir un repertorio propio.
Figueroa Reyes también escribió canciones. Y esa dimensión autoral tuvo en “Zamba del cantor enamorado” uno de sus primeros grandes momentos. La canción lleva letra y música suyas y apareció en su repertorio durante la década del sesenta; un registro discográfico de 1964 ya la identifica entre sus grabaciones.
La historia detrás de la zamba tiene algo de relato popular.
Años después, el propio Figueroa Reyes contó que un viejo coplero de Cosquín, Quinto del Valle, le había hablado de un desengaño ocurrido a orillas del río. Era la historia de un cantor enamorado que había sufrido por amor. De aquel relato nació la canción.

El río Cosquín se convirtió entonces en escenario de una historia íntima. El cantor, la guitarra, el desengaño y el paisaje quedaron unidos en una zamba que transformó una anécdota en una imagen perdurable.
“Zamba del cantor enamorado” no necesitó grandes acontecimientos para construir su mundo: le alcanzaron un río, un guitarrero y una historia de amor.
Con el tiempo, la canción terminó identificándose profundamente con su intérprete. El apodo de “El Cantor Enamorado” dejó de ser solamente el título de una canción o de una película para convertirse en la manera en que buena parte del público lo recordó. La zamba, además, formó parte de la película El cantor enamorado, estrenada en 1969, con dirección y guion de Juan Antonio Serna y participación de Figueroa Reyes.
Una carrera que no se quedó en el escenario
La figura de Figueroa Reyes creció alrededor de la música, pero no se limitó a ella.
Fue conductor de televisión, participó en películas y estuvo al frente de proyectos vinculados a la difusión del folklore. Sus peñas funcionaron como espacios de encuentro y promoción de nuevos artistas. También recorrió los principales festivales del país: Cosquín, Baradero, Jesús María, Villa María, Guadalupe y Paraná, entre otros.
Esa multiplicidad ayuda a entender su lugar en la historia del folklore argentino. Figueroa Reyes fue parte de una generación que no solamente llevó la música de raíz a nuevos públicos, sino que también transformó la manera de presentarla, difundirla y convertirla en un fenómeno popular de alcance masivo.

Su paso por Los Huanca Hua había ocurrido en los primeros años de esa renovación. Su carrera solista profundizó otra dimensión: la del cantor capaz de convertir su voz y su personalidad en una marca propia.
Y cuando empezó a incorporar canciones propias, apareció también el compositor.
Además de “Zamba del cantor enamorado”, su repertorio autoral incluyó canciones como “Zamba para mis amigos”, “Zamba del gaucho guerrero”, “Decime que sí” y “A mi San Bernardo”.
El final demasiado pronto
El 2 de febrero de 1973, mientras viajaba por la ruta, sufrió un accidente automovilístico a la altura del kilómetro 109 de la Ruta Nacional 9. Las heridas fueron graves. Murió tres días después, el 5 de febrero, en Buenos Aires. Tenía apenas 36 años.
Las fuentes consultadas presentan algunas diferencias menores sobre las circunstancias exactas del accidente y el lugar del fallecimiento, por lo que preferimos conservar aquí la secuencia que aparece de manera coincidente: accidente el 2 de febrero y muerte el 5, después de tres días de agonía.
Su muerte interrumpió una carrera que todavía estaba en plena expansión. Había pasado poco más de una década desde aquel debut con Los Huanca Hua y, en ese tiempo, había conseguido instalar una voz, una estética y una manera de entender el oficio que sobrevivieron largamente a su desaparición.
El río, la guitarra y el recuerdo
Hay algo particularmente significativo en la historia de Hernán Figueroa Reyes: su canción más identificada con él nació de una historia que le llegó de otro cantor.
Un relato oral se convirtió en zamba. Una zamba se convirtió en disco. Y el disco terminó convirtiendo a su intérprete en personaje de la memoria popular.
El viejo río Cosquín, aquel guitarrero enamorado y la voz de Hernán quedaron unidos para siempre.
Figueroa Reyes murió joven, pero no antes de dejar una obra que permite verlo más allá del éxito de un intérprete. Fue una de las voces de la renovación folklórica, un artista con vocación creadora y una figura que entendió que el folklore también podía crecer cuando encontraba nuevas formas de llegar al público.
Quizás por eso su historia todavía cabe dentro de una canción.
Y quizás por eso, cada vez que vuelve a sonar “Zamba del cantor enamorado”, vuelve también aquella figura que hizo de la guitarra, la voz y el escenario una forma de vida.
Hernán Figueroa Reyes. El Cantor Enamorado.
— Federico “Poni” Rossi
Revista MuLA
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