Mery Murúa: lo más complejo ha sido interpretarme a mí misma

Desde Cruz del Eje, Córdoba, Mery Murúa construyó una trayectoria atravesada por el tango, el folklore y la canción latinoamericana, pero también por una decisión persistente: no quedar encerrada en una sola forma de nombrarse. Más de tres décadas de escenarios, encuentros y búsquedas la llevaron desde las canciones aprendidas en la infancia hasta la composición propia, desde Horacio Burgos y la escena independiente cordobesa hasta la Orquesta Provincial de Música Ciudadana y el trabajo compartido con su hijo Juan. En Baile Eterno se enfrentó a una dificultad íntima: cantar lo que ella misma había escrito. Hoy, entre la memoria de Milagro y La Rioja, el universo literario de Daniel Moyano y la experimentación de La intensidad de la altura, su camino sigue abierto.

La música antes que los géneros

En la infancia de Mery Murúa, tango y folklore no eran dos mundos.

Su madre cantaba a Julio Sosa y a Jorge Cafrune con la misma naturalidad. La música llegaba desde las radios, las reuniones familiares y las voces de las mujeres de la familia. En Cruz del Eje, donde Mery nació en 1975, esas canciones formaban parte de la vida cotidiana.

Una parte de esa memoria estaba también en Milagro, La Rioja, el pueblo donde había nacido su madre. Allí estaban el rancho de adobe de su abuela, las vacaciones, las tías y primas y aquellas canciones que llegaban desde las ciudades a través de las radios AM.

A los siete años, Mery cantó en una celebración escolar en Milagro. Poco después interpretó a Heidi en una comedia musical en Cruz del Eje.

La música estaba allí antes de que apareciera la carrera.

A los siete u ocho años comenzó a estudiar en el conservatorio de su ciudad. Como no había clases de canto, eligió la guitarra. Más adelante llegó la formación vocal. Sus hermanos también fueron enviados al conservatorio, pero Mery fue la única que completó sus estudios.

Mucho después, cuando intentara explicar de dónde venía su relación con el folklore, no señalaría solamente a Córdoba.

Hablaría de su familia.

Y diría:

“Para mí, tango y folklore eran la misma cosa. Era música.”

Irse, volver, cantar

A los 19 años quedó embarazada de Juan. Durante un tiempo creyó que su camino artístico había terminado. Se dedicó a enseñar música, una tarea que disfrutaba, pero que con los años empezó a sentir como una parte y no como el destino completo de su vida.

Entonces apareció una oportunidad inesperada.

Alejandro Gobbi, médico y compositor de Cruz del Eje, le pidió que grabara una canción suya para participar de un concurso internacional en Tenerife. Mery ganó el primer premio y viajó a las Islas Canarias.

La experiencia cambió algo: cantar podía ser también una profesión.

Después, la enfermedad de su madre la llevó nuevamente a Córdoba. Allí un encuentro casual con el espectáculo El Glostora Tango Club volvió a acercarla al escenario y al tango.

La historia tendría todavía otros viajes. Mery trabajó en España y también fue maestra rural en Paso Viejo y Serrezuela. En un momento intentó volver a irse del país con Juan, que entonces tenía unos seis años.

Pero regresó.

Había algo en esa tierra que no podía dejar atrás: el vínculo con las comunidades rurales, con la vida campesina y con una idea de pertenencia que había empezado a formar mucho antes de convertirse en cantante.

Volver también fue una forma de encontrar el lugar desde donde seguir cantando.

Una artista que no quiere elegir

La Córdoba musical que Mery encontró fue también una escena de encuentros.

Participó de proyectos colectivos y de experiencias como Palabración de la tierra, junto a Paola Bernal, Juan Iñaki y José Luis Aguirre. Aquella manera de hacer música dejó una marca que todavía aparece en su discurso.

“Nosotros funcionamos mucho en colectivo”, dice.

Y agrega:

“No somos solos, somos un montón.”

Plantación de la Tierra: José Luis Aguirre, Mery Murúa, Juan Iñaki, Paola Bernal

En ese recorrido apareció Horacio Burgos. Se conocieron en 2007 y comenzaron una sociedad artística que se extendería durante años y atravesaría buena parte de la primera etapa discográfica de Mery.

Con él construyó una música en la que la guitarra y la voz podían ser suficientes para sostener una canción. Pero también encontró algo que terminaría siendo una característica de toda su trayectoria: la posibilidad de moverse entre lenguajes sin tener que elegir una identidad única.

Mery canta folklore.

Canta tango.

Canta canción latinoamericana.

Compone.

Interpreta.

Y ninguna de esas palabras alcanza por sí sola.

“Me considero una artista porque tengo un montón de aristas.”

No es una posición nueva. Hace años que insiste en la misma idea. Su primer mandamiento, ha dicho, es “no ser réplica de nadie”.

La voz del tango

Desde 2018, Mery integra el elenco de la Orquesta Provincial de Música Ciudadana de Córdoba como intérprete femenina, bajo la dirección del bandoneonista Damián Torres. La orquesta forma parte de su presente profesional y la coloca regularmente dentro del universo del tango y la música ciudadana.

Pero su trabajo allí convive con otra búsqueda.

La propia Mery distingue entre la experiencia colectiva de una orquesta y aquello que ocurre cuando trabaja en sus proyectos personales. En la formación dirigida por Torres, explica, la música funciona como un todo: las voces están integradas dentro de los arreglos y forman parte de un concepto general. En sus proyectos solistas, en cambio, pone en juego su propia mirada sobre la música y el mundo.

La diferencia es significativa.

Puede habitar una tradición y, al mismo tiempo, preguntarse qué hacer con ella.

Las canciones propias estaban ahí

Mery escribe canciones desde muy joven.

Sin embargo, durante mucho tiempo le costó reconocerse como compositora. Frente a autores que admiraba, como Hamlet Lima Quintana o Manuel Castilla, sentía que todavía no tenía demasiado que decir.

Pero las canciones aparecían.

En Acacia (2013), por ejemplo, ya hay una composición propia vinculada a una experiencia concreta de viaje, paisaje y encuentro con mujeres campesinas de la Puna. En Sal (2015), esa dimensión autoral gana mayor presencia.

No hay entonces un momento exacto en el que Mery “se convierte” en compositora.

Hay, más bien, un proceso de aceptación.

La autora estaba allí desde mucho antes.

Lo que tardó fue reconocerse en ese lugar.

Una noche en Cabana

En 2022, esa historia familiar y musical encontró una forma especialmente íntima.

Una noche de luna en Cabana, Unquillo, Mery y Juan empezaron a tocar canciones que formaban parte de la vida compartida. Juan ya era guitarrista. Lo que había escuchado desde niño comenzaba a regresar desde sus propias manos.

De aquella experiencia nació Noche de luna en Cabana.

El disco, construido alrededor de voz y guitarra, tiene a Juan como productor y compañero musical. Las canciones pertenecen a distintas generaciones y tradiciones, pero tienen algo en común: forman parte de una memoria que ambos comparten.

La música que había circulado dentro de una casa se convirtió en obra.

Y la relación entre madre e hijo encontró allí otro modo de continuar una transmisión que había comenzado mucho antes.

Interpretarse a sí misma

El punto de inflexión llega con Baile Eterno.

Publicado en dos volúmenes entre 2023 y 2024, el proyecto coloca por primera vez en el centro un conjunto de canciones propias de Mery.

Juan Murúa produce artísticamente el primer volumen.

La diferencia no está solamente en quién firma las canciones. Está en lo que significa para quien las canta.

Después de décadas interpretando obras ajenas, Mery tenía que enfrentarse a algo más difícil: cantar aquello que hablaba desde su propia experiencia.

“Lo más complejo ha sido interpretarme a mí misma.”

La frase resume una parte esencial de su trayectoria.

Había aprendido a interpretar a otros.

Ahora tenía que aprender a interpretarse.

Baile Eterno obtuvo además el Premio Gardel a Mejor Canción de Folklore por su tema homónimo. Pero el reconocimiento es apenas una consecuencia visible de un proceso mucho más profundo.

Mery había aceptado finalmente ocupar el centro de sus propias canciones.

El segundo volumen, registrado en vivo en 2024 en el Teatro del Libertador San Martín, lleva ese repertorio al escenario y amplía el universo hacia otras sonoridades latinoamericanas.

La canción propia ya no es una posibilidad.

Es parte de su presente.

Milagro: volver a la voz de la madre

Mientras esa transformación ocurría, el pasado familiar seguía apareciendo como materia de creación.

El Milagro recupera el pueblo riojano donde nació su madre.

Pero no se trata de una postal de La Rioja. Es el lugar que Mery conoció de niña: el rancho de adobe de su abuela, las vacaciones, las mujeres de la familia, las radios AM y ese tango que llegaba desde las ciudades y convivía naturalmente con el folklore.

El espectáculo parte precisamente de esa pregunta: ¿dónde aprendió Mery a escuchar y sentir el tango?

La respuesta está en Milagro, en los patios de tierra, en las voces familiares y en aquellas canciones que llegaban por la radio. Por eso su búsqueda no apunta a reproducir el tango porteño tradicional, sino a encontrar un tango que hable desde el interior.

La familia vuelve incluso al escenario.

Y en el centro aparece su madre.

La mujer que cantaba cuando Mery era niña.

La mujer que le transmitió buena parte de aquellas músicas.

La mujer cuya historia Mery continúa transformando en canciones.

En una entrevista de 2025 contó que está escribiendo su propia versión de la historia de su madre y que muchas de sus músicas tienen un hilo conductor alrededor de ella.

Milagro, entonces, deja de ser solamente un lugar de la infancia.

Se vuelve un archivo al que la artista puede regresar.

Las palabras de Moyano

Y entonces aparece La intensidad de la altura.

El disco, editado por Shagrada Medra en septiembre de 2026, nace de una invitación de Lucas Pierro, Gustavo Chenu, Ariel Hernández y Nicolás Fernández.

Mery cuenta que no lo había planeado. Durante tres jornadas de trabajo, experimentación y convivencia en la Casa de la Música de Villa Mercedes apareció una obra que, según sus palabras, la dejó “flotando en las alturas”.

El punto de partida fue Daniel Moyano, uno de los escritores que más admira. Sus textos y su imaginario se convierten en materia de una obra atravesada por el paisaje, la altura, el silencio y la palabra.

Lucas Pierro y Ariel Hernández trabajan en la producción y los arreglos; Gustavo Chenu suma batería y percusión y Nicolás Fernández, contrabajo.

La baguala, las resonancias tangueras y una sonoridad contemporánea conviven en una formación que se aleja de las formas previsibles del folklore.

Hay algo significativo en que esta sea la búsqueda más reciente de Mery.

Después de haber aprendido a interpretar canciones ajenas.

Después de haber encontrado sus propias canciones.

Después de volver a la memoria de su madre y de su infancia.

Ahora su voz se encuentra con la literatura.

Y con otros músicos.

Otra vez, el camino aparece a partir de un encuentro.

Mery define el disco como:

“Un mojón donde descansar con mi canto.”

La imagen parece hecha para una trayectoria que todavía no terminó de llegar a ninguna parte.

Una huella que no se queda quieta

Mery Murúa lleva más de tres décadas cantando.

Su recorrido no puede reducirse a una línea que vaya de la tradición hacia una supuesta modernidad. Tampoco a una sucesión de géneros.

Hay una niña que escucha a su madre.

Una joven que aprende guitarra porque no hay clases de canto.

Una mujer que cree que la maternidad ha cerrado su camino artístico y después vuelve a encontrarlo.

Una intérprete que construye su voz junto a otros.

Una cantante de tango dentro de una orquesta y una cantora que nunca quiso ser solamente eso.

Una compositora que escribe durante años antes de reconocerse como tal.

Una madre que comparte canciones con su hijo.

Una autora que finalmente tiene que aprender a cantar sus propias palabras.

Una mujer que vuelve a Milagro para buscar la voz de su madre.

Y una artista que ahora se encuentra con Daniel Moyano y deja que la literatura, el paisaje y otros músicos la lleven hacia un lugar nuevo.

Quizás por eso aquella frase suya siga siendo una de las mejores maneras de entender su recorrido:

“Hoy son estas canciones, no sé qué va a ser mañana.”

No es una falta de definición.

Es una manera de trabajar.

Mery no dejó atrás las músicas que la formaron. Tampoco quedó detenida en ellas.

Las vuelve a escuchar.

Las transforma.

Y sigue buscando.

Por Federico «Poni» Rossi

Deja un comentario

Crea una web o blog en WordPress.com

Subir ↑