A 90 años de su nacimiento, recuperamos la historia de uno de los grandes bandoneonistas, compositores y maestros de la música del Litoral. Su paso por el Cuarteto Santa Ana, su obra, la Academia Corrientes y la continuidad de su legado en sus hijos.
Blas Martínez Riera nació el 16 de septiembre de 1936 en Posadas, Misiones, en una familia profundamente ligada a la música. Su padre, Julio Martínez, era músico y profesor, y fue quien acercó a Blasito al bandoneón cuando tenía apenas siete años. Sus hermanos Gregorio e Ignacio también fueron músicos, de modo que el instrumento y la enseñanza formaron parte de su vida desde la infancia.
Su formación comenzó en Posadas y continuó en los escenarios de la región. Antes de llegar a Buenos Aires integró distintas agrupaciones, entre ellas Ipú Porá y Los Caballeros del Guarán, y participó de las formaciones Fiesta del Rancho, de Pirca Rojas, y de la embajada artística de Polito Castillo. Esos años fueron también de contacto con Paraguay y Brasil y de aprendizaje de las distintas expresiones musicales del Litoral.
Pero hubo un encuentro que cambiaría definitivamente su historia: en 1961, Ernesto Montiel lo convocó para incorporarse al Cuarteto Santa Ana.
El encuentro con Ernesto Montiel

Allí Blas Martínez Riera encontró uno de los grandes escenarios para desarrollar su personalidad musical.
Junto a Montiel conformó una celebrada dupla interpretativa y autoral y participó de una etapa fundamental en la historia del conjunto. De ese período quedaron obras como “El Tero”, “Chaco” y “Taita Montiel”, además de un modo particular de abordar el bandoneón que contribuyó a renovar el sonido del Santa Ana.
Su permanencia junto a Montiel no significó, sin embargo, renunciar a una búsqueda propia. En 1967 se desvinculó del Cuarteto Santa Ana y comenzó una nueva etapa al frente de su propio conjunto.
Desde entonces desarrolló una extensa carrera como intérprete, autor y compositor, recorriendo festivales, escenarios y pistas bailables de todo el país.
Una búsqueda dentro de la tradición
Blasito fue un músico inquieto. Su relación con la tradición no implicaba inmovilidad: buscó nuevos matices y nuevas posibilidades para la música del Litoral, incorporando repertorios y sonoridades sin abandonar las raíces del chamamé.
Esa actitud renovadora forma parte central de su legado artístico.
Su obra autoral fue extensa. Entre sus composiciones aparecen “Olor a monte”, “Quiero morir en mi pago”, “Caballito de batalla”, “Estoy quemando la tarde”, “Orgullo misionero”, “A mi tierra colorada”, “Academia Corrientes”, “Cita misionera”, “Doma y chamamé”, “Cuchillero” y “Sapucay de triunfo macho”, entre muchas otras.
Y junto a Ernesto Montiel dejó una de sus obras más difundidas: “El Tero”.
Una extensa discografía
Su producción discográfica también fue considerable. Grabó para sellos como Asunción, EMI Odeón, Interdisc y Magenta y recibió dos Discos de Oro: por Calidad en Chamamé, en 1968, y por Olor a Fuelle, en 1981.
Su trayectoria también llegó al cine, con participaciones en La colimba no es la guerra y La bailanta.
Pero había otra dimensión de su trabajo que terminaría siendo fundamental: la enseñanza.
La Academia Corrientes
Como antes lo habían hecho su padre y su hermano Ignacio, Blasito convirtió la transmisión del conocimiento en parte de su tarea.
Fundó la Academia Corrientes, de donde surgieron numerosos músicos que posteriormente integraron su conjunto. Entre sus discípulos estuvieron Juan Manuel Silveyra, Luis Cardozo y Tilo Escobar, además de sus propios hijos.
La Academia terminó siendo mucho más que una escuela de instrumento. Fue una forma de transmitir una concepción del chamamé: el conocimiento técnico unido al repertorio, la tradición y la pertenencia cultural.
Por eso, cuando se habla de Blas Martínez Riera como “el quinto grande del chamamé”, no se está hablando solamente de un gran bandoneonista.
El apodo resume el lugar que fue adquiriendo dentro de la historia del género: intérprete, compositor, renovador y maestro.
En 2016, uno de sus hijos, Blas Martínez Riera, publicó precisamente El quinto grande del chamamé, dedicado a recuperar su vida y su obra.
El legado continúa

Blasito también construyó su propia continuidad familiar.
Sus hijos gemelos, Blas y Ernesto Martínez Riera, nacieron en Adrogué el 15 de julio de 1979 y crecieron dentro de ese universo musical. Se formaron en la Academia Corrientes y debutaron profesionalmente junto a su padre en 1990.
Durante doce años compartieron escenarios, radio, televisión y festivales con él.
En 1992 grabaron Aquí estoy de vuelta y en 1995 participaron de Destino de canto, que sería el último registro de Blasito al frente de su conjunto.
Después de la muerte de su padre, los hermanos continuaron el camino con Blas Martínez Riera Grupo, formación que comenzó a presentarse con ese nombre en 1999.
Blas continuó ligado al bandoneón y la guitarra y a la difusión del género, mientras Ernesto profundizó su tarea como acordeonista, recitador y docente, continuando además con la Academia Corrientes.
La transmisión, entonces, no quedó solamente en las grabaciones.
Quedó en los músicos que aprendieron con él, en las composiciones que siguen formando parte del repertorio chamamecero y en sus hijos, que recibieron directamente de su padre una tradición que después transformaron en su propio recorrido artístico.
El quinto grande
Blas Martínez Riera murió en Avellaneda el 18 de febrero de 2002, a los 65 años.
Había dejado una obra extensa, una escuela y una manera de entender el bandoneón y la música del Litoral.
Noventa años después de su nacimiento, su nombre continúa ligado a una tradición que no se detuvo con su muerte.
Porque una obra también puede permanecer de otra manera: cuando se transforma en enseñanza, cuando pasa de una generación a otra y cuando quienes la reciben encuentran su propia forma de hacerla sonar.
Blas Martínez Riera fue bandoneonista, compositor, intérprete y maestro.
El quinto grande del chamamé.

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