Cada 16 de septiembre, la comunidad del carnaval porteño conmemora el Día de la Mujer Murguera. La fecha nació en 2017 para homenajear a Marta Conde, una de las pioneras de la participación femenina en las murgas de Buenos Aires. Su historia permite mirar cómo las mujeres pasaron de ocupar lugares secundarios a bailar, cantar, tocar el bombo, dirigir y construir buena parte del presente murguero.
Una fecha que nació en el carnaval
El 16 de septiembre no es una fecha establecida por una ley nacional, sino una conmemoración surgida dentro de la propia comunidad del carnaval porteño. Se celebró por primera vez en 2017 y fue elegida en homenaje al nacimiento de Marta Conde, ocurrido el 16 de septiembre de 1943.
Conde, también conocida como Marta Helena Peralta, fue integrante de Los Reyes del Movimiento de Saavedra y es recordada como una de las primeras mujeres que se incorporaron activamente a la murga porteña en una época en la que esos espacios estaban dominados por hombres.
Pero la fecha no habla solamente de una mujer. Habla de un proceso mucho más amplio: el de miles de mujeres que fueron ocupando un lugar dentro de una expresión cultural que durante décadas les había reservado otros papeles.
Marta Conde: salir a la murga
Marta Conde nació y creció vinculada al universo popular de Saavedra. Su familia pasó por el albergue Warnes antes de establecerse en el Barrio Mitre, donde su relación con el carnaval se convirtió en parte de la vida cotidiana. De ascendencia afroargentina, su figura quedó profundamente asociada a la historia murguera del barrio.
Su incorporación a la murga se produjo en la década de 1960, cuando la presencia femenina todavía era excepcional. Según testimonios recogidos por medios y organizaciones vinculadas al carnaval, en aquellos años las mujeres solían quedar detrás de escena: confeccionaban trajes, preparaban adornos y acompañaban a los hombres que salían a desfilar.
Conde fue parte de un grupo de mujeres que comenzó a romper con esa división. Entre ellas también son mencionadas La Meca, Ana Coronada y María Balay.
El cambio no consistía solamente en ponerse un traje y salir al corso. Significaba ocupar físicamente un espacio que había sido pensado como masculino: bailar, desfilar y participar de la expresión pública de la murga.
Y ese movimiento tuvo consecuencias que fueron más allá de quienes salían a bailar. Desde Los Reyes del Movimiento señalan que la incorporación de las mujeres también favoreció la llegada de las familias completas a las murgas. El carnaval dejó de ser, en muchos casos, un espacio compuesto fundamentalmente por grupos de hombres y pasó a convertirse en un ámbito intergeneracional.
De los márgenes al centro de la escena
La historia de las mujeres en la murga porteña no fue lineal.
La propia historia institucional de la murga muestra que durante buena parte del siglo XX los conjuntos estuvieron integrados principalmente por hombres. Con el tiempo comenzaron a incorporarse mujeres, aunque inicialmente ocuparon lugares considerados secundarios.
Una investigación de la Universidad Nacional de La Plata sobre la participación femenina en las murgas porteñas señala que hacia fines de los años 80 y comienzos de los 90 las mujeres comenzaron a tener una presencia cada vez más activa en bailes, desfiles y escenarios. El fenómeno continuó creciendo hasta llegar a una situación muy diferente de la de décadas anteriores: mujeres como directoras, letristas, bombistas y protagonistas de la escena murguera, además de la existencia de murgas integradas exclusivamente por mujeres.
Ese proceso también modificó la propia idea de qué podía hacer una mujer dentro de una murga.
El bombo, por ejemplo, fue durante mucho tiempo asociado a una práctica masculina. La incorporación de mujeres como bombistas alteró esa frontera. Lo mismo ocurrió con la dirección, la composición de letras y la conducción artística de los grupos.
La mujer dejó de ser solamente parte del paisaje del carnaval para convertirse en una de sus principales creadoras.
Marta como memoria
El legado de Marta Conde tampoco quedó reducido a su participación sobre el escenario.
Quienes la conocieron la recuerdan como una figura de referencia para distintas generaciones de murgueros. Daniel “Pantera” Reyes, director de Los Reyes del Movimiento, contó que integrantes de murgas de distintas provincias llegaban a Saavedra para conocerla. La casa de Marta y el barrio formaban parte de ese mapa de referencias que también construye la memoria del carnaval.
Por eso su figura funciona de una manera particular: Marta no fue solamente una pionera por haber bailado cuando todavía eran pocas las mujeres que lo hacían. También se convirtió, con el paso del tiempo, en una guardiana de una memoria colectiva.
Su historia permite entender que una murga no se construye únicamente arriba del escenario. También se construye en los barrios, en las familias, en los ensayos, en los trajes, en las canciones, en quienes enseñan y en quienes transmiten una manera de entender el carnaval.
Una murga cada vez más femenina
La transformación continúa.
Las investigaciones sobre el carnaval porteño muestran que la participación femenina creció de manera sostenida y que actualmente las mujeres ocupan espacios que durante buena parte de la historia estuvieron asociados casi exclusivamente a los varones.
Son bailarinas y bombistas. Cantan y escriben críticas. Dirigen murgas, organizan actividades, enseñan y participan de las decisiones de sus agrupaciones.
También aparecen nuevas discusiones sobre las relaciones de género dentro del carnaval. La creación de espacios como La Colectiva Murguera, integrada por mujeres, géneros y diversidades de distintas murgas porteñas, surgió precisamente para abordar situaciones de desigualdad y violencia y para construir herramientas dentro de la propia comunidad.
Eso también forma parte de la historia de la murga contemporánea.
Una fecha que mira hacia adelante
Recordar a Marta Conde no significa convertirla en una figura aislada ni cerrar su historia en una efeméride.
Su recorrido forma parte de una transformación colectiva. Las mujeres que comenzaron a salir a la murga en los años 60 abrieron un camino que otras continuaron décadas después, hasta modificar profundamente quiénes pueden ocupar el centro de la escena.
El 16 de septiembre es, entonces, una fecha para recordar a Marta y también para mirar ese camino: desde aquellas mujeres que confeccionaban los trajes y permanecían detrás del desfile hasta las que hoy llevan el bombo, escriben las letras, dirigen una murga o encabezan un escenario.
La murga porteña se construyó en los barrios y también cambió con ellos. En esa transformación, las mujeres no fueron espectadoras: fueron protagonistas.
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