Cada 19 de septiembre, Argentina celebra el Día Nacional del Chamamé. La fecha fue establecida por la Ley 26.558 en homenaje a Mario del Tránsito Cocomarola, una de las figuras fundamentales de la historia del género, fallecido el 19 de septiembre de 1974. Cocomarola, conocido como “el Taita del Chamamé”, dejó composiciones que se volvieron parte del cancionero popular, entre ellas Kilómetro 11.

Pero el chamamé no es solamente un género musical. Es una práctica cultural que reúne música, poesía, canto, danza, celebración y una manera particular de encontrarse con otros. Su expresión está profundamente vinculada con Corrientes y con la cultura guaraní. El acordeón, el bandoneón, la guitarra y el violín forman parte de su paisaje sonoro; el baile de abrazo cercano, las musiqueadas y el sapukay completan una tradición en la que la música también es una forma de expresar alegría, tristeza, dolor, identidad y pertenencia.
La historia del chamamé está atravesada por múltiples influencias. Sus raíces se encuentran en el complejo entramado cultural del litoral, donde las tradiciones guaraníes convivieron y se mezclaron con aportes europeos y criollos. Con el tiempo, aquella música fue tomando una identidad propia y se expandió desde Corrientes hacia Misiones, Chaco, Formosa, Entre Ríos, Santa Fe y otras regiones. Las migraciones internas fueron fundamentales para llevarla también hacia Buenos Aires y otros puntos del país.
Y el mapa del chamamé nunca terminó en la frontera argentina. La llamada “región chamamecera” comprende también espacios de Paraguay y del sur de Brasil. Allí aparecen comunidades, músicos, bailarines y fiestas que comparten una historia cultural vinculada al universo guaraní. En 2017, el chamamé fue reconocido como Patrimonio Cultural del MERCOSUR, precisamente por su dimensión regional y por su capacidad de funcionar como expresión de identidad e integración entre pueblos.
El reconocimiento internacional llegó en 2020. Ese año, la UNESCO incorporó al chamamé a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. La declaración no se refiere únicamente a las canciones: reconoce las prácticas, los conocimientos y las formas de transmisión que mantienen viva esta expresión cultural. También destaca el papel de las familias, músicos, bailarines, docentes, artesanos, investigadores y comunidades que la transmiten de generación en generación.
Por eso, hablar del chamamé es hablar de una música que se mueve. Viaja con quienes migran, cambia de escenario, incorpora nuevas generaciones y continúa dialogando con otras músicas sin perder su raíz. Del litoral argentino al Paraguay y Brasil; de las fiestas rurales a los grandes escenarios; de Cocomarola y Tarragó Ros a las nuevas generaciones: el chamamé sigue construyendo su propia historia.
Porque hay músicas que se escuchan. Y hay otras que, además, se bailan, se heredan, se llevan en la memoria y se cruzan con uno cuando cambia de territorio. El chamamé es una de ellas.
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