Oscar Arce: cuando una vida deja huellas

Bajada: El maestro cordobés Oscar Arce murió este 29 de septiembre, dejando una extensa trayectoria como bailarín, profesor, coreógrafo, investigador y formador de generaciones. Desde Esencia de Mi Pueblo hasta el Pre-Cosquín, su trabajo estuvo marcado por la defensa, la enseñanza y la investigación de la danza folklórica.

Hay días en que el calendario parece detenerse.

Días en que uno abre el teléfono, mira los mensajes que llegan desde distintos puntos del país y siente que algo cambió. Como si una noticia pudiera modificar de golpe el paisaje.

Hoy es uno de esos días.

Hoy, 29 de septiembre, mientras la zamba vuelve a caminar de un lado al otro de la memoria, nos toca despedir a un hombre que hizo de la danza una forma de vida.

Se fue el maestro Oscar Arce.

Cordobés. Bailarín. Profesor. Coreógrafo. Investigador. Director de Esencia de Mi Pueblo. Formador de generaciones de bailarines y docentes.

Pero quizás todas esas palabras juntas todavía no alcancen. Porque hay personas que enseñan una danza. Y hay otras que, además, enseñan a mirar el lugar de donde esa danza viene.

Carina Bonoris, profesora de danzas folklóricas de Villa María, que conoció a Oscar y compartió ese mundo de la danza, puso en palabras lo que seguramente muchos bailarines y docentes sintieron hoy.

Carina contó que esta mañana comenzaron a aparecer mensajes en los grupos de WhatsApp de alumnos, compañeros y gente de la danza de todo el país.

La pregunta se repetía: “¿Es cierto?”

Y sí.

Oscar venía atravesando una enfermedad desde hacía tiempo. Y, según cuenta Carina, hubo algo que lo sostuvo hasta el último tramo: la familia, el amor de sus alumnos y esa necesidad tan suya de seguir haciendo proyectos, de seguir enseñando, de seguir dejando algo terminado antes de detenerse.

Porque hay gente que trabaja.

Y hay gente que siembra.

Oscar sembraba.

Y quizás por eso hoy la noticia no se siente solamente como una ausencia. Se siente como cuando uno llega a un campo después de la lluvia y descubre que debajo de la tierra hay raíces que uno no veía. Raíces que estaban. Raíces que van a seguir estando.

Una vida dedicada a la danza

Oscar Arce nació a la vida artística de Córdoba desde muy temprano.

En 1989 creó Esencia de Mi Pueblo, un ballet que durante décadas llevó la danza argentina a escenarios de todo el país y también del exterior. Desde allí construyó una tarea que fue mucho más allá del espectáculo: formar bailarines, transmitir conocimientos, investigar, discutir la manera de enseñar y, sobre todo, defender la presencia de la danza folklórica como parte viva de nuestra cultura.

Esencia de Mi Pueblo nació vinculada a los espacios culturales del Sindicato de Luz y Fuerza de Córdoba.

Y quizás no sea casual. Porque hay lugares que terminan convirtiéndose en pequeñas usinas culturales. Un salón puede ser solamente un salón.

Pero cuando entra la música, cuando aparece una guitarra, cuando un maestro empieza a marcar un paso y alguien del otro lado aprende, ese espacio se transforma.

Se transforma en escuela.

Se transforma en memoria.

Se transforma en pueblo.

Oscar también fue parte de ese universo enorme que es el Pre-Cosquín.

Y esto no es un detalle menor.

Fue jurado de danza en distintas ediciones del certamen. Hay registros de su participación junto a nombres como Liliana Randisi, Silvia Zerbini y Juan Saavedra, entre otros. En 2019, por ejemplo, aparece integrando el jurado de danza en las distintas rondas del certamen.

Es decir que Oscar no solamente formó bailarines. También estuvo en ese lugar difícil donde hay que mirar, escuchar, comparar, reconocer y decidir.

Investigar para entender la danza

Pero hay otra palabra que aparece una y otra vez cuando se habla de Oscar: investigación.

No fue solamente un hombre preocupado por enseñar cómo se baila. También estuvo preocupado por preguntarse qué estamos bailando, de dónde viene, qué variantes existen, qué historias quedaron detrás de un movimiento, de una figura, de un ritmo.

Y eso es fundamental cuando hablamos de folklore.

Porque el folklore no es una vitrina. No es una pieza quieta detrás de un vidrio.

Es una huella que se mueve. Es una memoria que cambia de pueblo en pueblo. Es un río que conserva su nombre pero modifica su paisaje.

Oscar dedicó buena parte de su trabajo a estudiar justamente esas variantes, esas formas diversas que tiene nuestra danza.

Y en Córdoba esa búsqueda adquiere un sentido todavía más profundo. Porque Córdoba no es solamente una ciudad. Córdoba tiene sierras, ríos, departamentos, pueblos, caminos, fiestas, memorias campesinas y urbanas, antiguas voces que todavía aparecen cuando alguien toca un bombo o cuando dos bailarines se encuentran frente a frente.

Carina Bonoris lo expresó con mucha claridad al recordar a Oscar como un hombre profundamente ligado a Córdoba, a sus barrios, a sus departamentos, a sus ríos y también a la recuperación de nombres originarios.

Como si Oscar hubiera entendido que para conocer una danza primero había que conocer el suelo que la sostiene.

El paisaje.

La gente.

La historia.

La danza como herramienta educativa

Hay algo particularmente valioso en su trayectoria.

Oscar trabajó para que el folklore y la danza pudieran ocupar un lugar en la educación.

Fue parte, junto a otros trabajadores de la danza, de discusiones y espacios vinculados a la necesidad de que el folklore llegara a las escuelas.

Y eso también es sembrar.

Porque cuando un maestro enseña una danza a un niño, quizás no sabe todavía qué va a ocurrir con ese movimiento veinte años después. Tal vez ese niño termine siendo bailarín. Tal vez docente. Tal vez simplemente conserve una memoria.

Pero en algún lugar de su cuerpo va a quedar aquello que aprendió.

Un paso.

Un giro.

Un pañuelo.

Una música.

Una manera de mirar al otro.

Eso es lo que hacen los maestros verdaderamente importantes: dejan cosas que continúan caminando cuando ellos ya no están.

Oscar también participó de espacios de formación, seminarios, foros y encuentros nacionales.

En 2015, por ejemplo, coordinó el Primer Foro Nacional de la Danza Tradicional dentro del Festival Internacional de la Danza de La Falda, donde participaron parejas provenientes de certámenes como Pre-Cosquín y Laborde.

Y en 2024, ya con una larga trayectoria, presentó Malambo – Revisión histórica de una danza, una muestra más de esa preocupación permanente por investigar aquello que muchas veces damos por conocido simplemente porque lo hemos visto bailar muchas veces.

Porque conocer una danza no es solamente saber sus pasos.

También es preguntarse por qué esos pasos llegaron hasta nosotros. Quién los bailó. Quién los transmitió. Qué cambió en el camino. Qué quedó afuera. Qué sobrevivió.

Y qué tenemos nosotros para transmitir hacia adelante.

Oscar y el Día de la Zamba

Hoy, mientras despedimos a Oscar Arce, también aparece una curiosa coincidencia.

Es 29 de septiembre. El día que en muchos ámbitos del folklore se reconoce como el Día Nacional de la Zamba, en homenaje al nacimiento de Gustavo “Cuchi” Leguizamón.

Hay una aclaración necesaria: esta fecha suele presentarse como oficial, pero jurídicamente la historia es más compleja.

Hubo un proyecto de ley para establecer el 29 de septiembre como Día Nacional de la Zamba y ese proyecto obtuvo media sanción de la Cámara de Diputados, pero no terminó convirtiéndose en ley. La propia documentación del Congreso registra ese recorrido.

Mientras tanto, el 7 de abril también permanece en la memoria popular como otra fecha vinculada a la zamba, relacionada con La 7 de Abril y con su inscripción histórica en SADAIC.

Pero más allá de las fechas, de los papeles y de los calendarios, hay algo que el folklore sabe hacer como pocas expresiones: adoptar una fecha con el corazón.

Y hoy, justamente hoy, la zamba encuentra a uno de sus grandes maestros despidiéndose.

Como si el calendario hubiera querido dejarle un pañuelo en el camino.

Como si antes de partir hubiera elegido una fecha hecha de música.

Una huella que sigue caminando

Carina decía algo que quedó dando vueltas: que quienes conocieron a Oscar hoy recorren las redes, los teléfonos, los mensajes, buscando anécdotas.

Y eso también es una manera de despedir.

Porque cuando alguien muere, la memoria empieza a trabajar de otra manera.

Aparece una fotografía. Una clase. Un ensayo. Una discusión. Una frase. Un viaje. Un escenario. Un alumno que recuerda aquella vez en que Oscar le corrigió un movimiento.

Y entonces entendemos algo: la muerte puede llevarse a una persona, pero no puede llevarse todo aquello que esa persona puso en movimiento.

Oscar Arce dejó bailarines.

Dejó docentes.

Dejó investigadores.

Dejó coreografías.

Dejó preguntas.

Dejó libros.

Dejó proyectos.

Dejó Esencia de Mi Pueblo.

Y dejó, sobre todo, una enorme cantidad de personas que alguna vez aprendieron de él.

Son ellos ahora los que llevan la danza hacia adelante.

Hay maestros que enseñan desde un escenario. Otros desde un aula. Otros en una sala pequeña, con un piso gastado, un espejo, un equipo de música y un grupo de chicos esperando que empiece la clase.

Pero todos los maestros verdaderos enseñan desde un mismo lugar: desde la convicción de que algo merece ser conservado porque todavía tiene algo para decirnos.

Oscar entendió eso.

Y por eso defendió la danza.

No como una postal congelada.

Sino como una criatura viva.

Como esos ríos cordobeses que él conocía y que, con el tiempo, también fueron recuperando nombres originarios.

El agua cambia.

El paisaje cambia.

Las personas cambian.

Pero el río sigue encontrando una manera de avanzar.

Quizás así sea también el legado de Oscar.

Una corriente.

Una danza que no se queda quieta.

Una huella que otros van a pisar.

Hoy se fue el maestro Oscar Arce.

Pero quedaron sus alumnos. Quedaron sus compañeros. Quedaron sus investigaciones. Quedaron sus preguntas. Quedaron sus danzas. Y quedó esa Córdoba que él tanto buscó, recorrió, estudió y enseñó.

Hoy quizás Córdoba está un poco más silenciosa.

Quizás en alguna sala de ensayo alguien haya dejado el bombo apoyado contra una pared.

Quizás un grupo de bailarines se haya quedado unos minutos más de lo habitual sin hablar.

Quizás algún alumno esté recordando una corrección.

Quizás algún docente esté pensando qué hacer con todo aquello que aprendió.

Y quizás, en algún rincón, alguien vuelva a poner música.

Y vuelva a bailar.

Porque esa es la mejor manera de continuar una huella.

Caminarla.

Seguirla.

Y después dejar otra.

Oscar, seguramente, dejó muchas.

Y como dijo Carina al despedirlo, quizás haya elegido una manera muy propia de irse: se fue a tomar el vuelo en el Día de la Zamba.

Buen viaje, maestro.

La danza queda caminando.

Y mientras alguien la baile, una parte de vos seguirá entre nosotros.

Por Carlos Lucentti.

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