Nacida en Clorinda, Formosa, y criada en Resistencia, Charo Bogarín construyó una obra donde memoria, identidad, investigación y música contemporánea conviven sin fronteras rígidas. Desde Tonolec hasta su recorrido solista, pasando por el trabajo con comunidades originarias, el cine, la gestión cultural y Areté, su camino no consiste en conservar una tradición inmóvil, sino en encontrar nuevas formas para que esas voces sigan sonando.
Una memoria que empezó antes de la
La historia de Charo Bogarín comienza en Clorinda, Formosa, el 24 de septiembre de 1972, en una familia atravesada por la música, la política y una historia familiar que quedaría marcada por la violencia de la última dictadura. Es tataranieta del cacique guaraní Guayraré. Su padre, Francisco Javier “Pancho” Bogarín, fue desaparecido en septiembre de 1976. Charo tenía cuatro años. Después de aquel hecho, su madre —maestra de frontera— se trasladó con ella y su hermana a Resistencia, Chaco. Años después, Charo encontraría en el arte una manera de volver sobre esa historia.

En distintas entrevistas relacionó la figura de su padre con el compromiso social que fue construyendo a lo largo de su propia trayectoria. También reconoció en su madre una presencia decisiva: de él heredó una parte soñadora e idealista; de ella, el temperamento práctico y decidido.
Antes de dedicarse plenamente a la música, estudió Comunicación Social y trabajó como periodista. Esa formación tampoco quedó atrás: la investigación, la observación y el interés por las historias que muchas veces quedan fuera del centro terminarían formando parte de su manera de acercarse a la música.
Tonolec: cuando dos mundos empiezan a escucharse

En 2005, junto al músico Diego Pérez, creó Tonolec. El proyecto nació de una búsqueda que, con el tiempo, se convertiría en una de las marcas más reconocibles de su trayectoria: unir la música electrónica que ambos escuchaban con las músicas de raíz de su territorio. La fórmula podría resumirse rápidamente como “folklore y electrónica”. Pero sería insuficiente.
Tonolec buscó una bajada local para aquella combinación. Charo y Pérez se acercaron al Coro Qom Chelaalapí, activo desde 1962 en Chaco, para aprender los primeros cantos en lengua ancestral que luego versionarían en su primer álbum. El intercambio no quedó reducido a una grabación: compartieron escenarios y giras y llegaron juntos a Cosquín.
Ahí aparece uno de los puntos fundamentales de la trayectoria de Charo. Ella misma explica que la decisión de cantar y componer en qom y guaraní nació inicialmente como una decisión artística, como parte del concepto de Tonolec. Pero el contacto con esas músicas también produjo otra cosa: el reconocimiento de una identidad que hasta entonces no había ocupado el mismo lugar en su conciencia. “Mi ADN nativo se despertó”, explicó años después.
La música abrió entonces una puerta hacia la memoria, y esa puerta no conducía hacia un pasado cerrado. Conducía hacia comunidades vivas, lenguas vivas y repertorios que todavía tenían algo para decir.
Aprender antes de transformar

Una de las cuestiones que distingue el recorrido de Charo es que su relación con los cantos originarios no se limita a la utilización de un repertorio. Hay escucha, aprendizaje e investigación.
Con Tonolec pasó años trabajando alrededor de las músicas qom y guaraníes. Aprendió canciones en lengua qom por fonética y desarrolló un vínculo sostenido con músicos y cantores de comunidades originarias. Esa experiencia fue modificando también su propia percepción de la cultura de la que provenía.
Con el tiempo, esa búsqueda se amplió hacia otras lenguas y pueblos. Su trabajo comenzó a incluir cantos qom, guaraníes, aché guayakí, tupí guaraní, tehuelches, mapuches y selk’nam, entre otros, pero hay una diferencia fundamental entre usar una tradición y trabajar para que esa tradición siga circulando.
La música como patrimonio vivo
Su recorrido artístico fue acompañado por una creciente actividad cultural e institucional. Como parte del Instituto Nacional de la Música, impulsó la Fonoteca de Arte Sonoro Indígena, un reservorio digital que reúne cientos de cantos de pueblos originarios y que busca facilitar el acceso y la difusión de esas expresiones. El proyecto demandó más de cinco años de trabajo y fue realizado junto a músicos y músicas de las propias comunidades. Allí aparece otra faceta de Charo que suele quedar detrás de la cantante: la gestora, investigadora y trabajadora del patrimonio.
Una lengua que no se escucha corre el riesgo de desaparecer del paisaje cotidiano, y una canción que deja de circular también pierde parte de su posibilidad de seguir viva. En ese sentido, su trabajo cultural y su obra artística forman parte de una misma búsqueda.
Aimé Painé: entrar en otra voz

La actuación abrió para Charo Bogarín otra manera de acercarse a las culturas originarias. Si la música le había permitido investigar, aprender y cantar repertorios transmitidos por generaciones, interpretar a Aimé Painé le exigió entrar en la historia de otra mujer y tratar de comprenderla desde adentro.
En 2017, la directora neuquina Aymará Rovera la convocó para protagonizar Aimé, una miniserie de cuatro capítulos sobre la cantora mapuche-tehuelche. La ficción fue filmada íntegramente en la Patagonia y se estrenó en 2020 por la plataforma pública Cont.ar. Charo asumió el papel protagónico y, además de actuar, interpretó las canciones del personaje.
La elección no fue casual. Rovera buscaba a una artista que pudiera comprender desde la propia experiencia la relación entre música, identidad y pueblos originarios. Y Charo encontró en la historia de Painé algunos puntos de contacto con la suya. Después del estreno dijo que se sentía “muy afín” con Aimé y con los valores que había defendido.
El trabajo también significó ampliar su propia escucha. Para interpretar a Painé tuvo que acercarse a la cultura mapuche y a sus canciones, entre ellas repertorios en mapuzungun. Aquella experiencia terminaría teniendo una prolongación inesperada en su música: años después, Charo incorporaría a Areté un canto guerrero en lengua tehuelche que había aprendido durante la preparación de aquel personaje.
En 2021, la historia llegó también al largometraje Soy Aimé. Charo volvió a interpretar a Painé junto a Juan Palomino, Loren Acuña y Marité Berbel. La película fue dirigida por Aymará Rovera, recibió el premio a Mejor Largometraje en el Festival de la Patagonia Aysén y fue declarada de interés cultural, social y educativo. Charo, además de protagonizarla, participó de la música de la película junto a Juan Sardín.
El encuentro no terminó cuando terminó el rodaje. Painé había imaginado la necesidad de tender puentes entre las distintas culturas originarias, de hacer que los cantos del sur pudieran ser conocidos en el norte y viceversa. Esa idea quedó resonando en Charo y fue una de las semillas de Areté: un disco que reúne cantos en distintas lenguas originarias y busca poner en diálogo territorios que históricamente fueron pensados por separado.
Ponerse en la piel de Aimé Painé le permitió a Charo escuchar una voz diferente de la propia y, al mismo tiempo, ampliar el mapa de aquello que venía buscando desde Tonolec. Una búsqueda que había comenzado en el nordeste argentino encontró en la Patagonia otra lengua, otra memoria y otra cantora. Y de ese encuentro nació, años después, una parte de las canciones que hoy forman su obra.
La Charo: una voz propia después de Tonolec

En 2017 comenzó formalmente su recorrido como solista bajo el nombre de La Charo. El primer álbum llevó simplemente ese nombre y profundizó la relación entre folklore latinoamericano, repertorio popular y nuevas sonoridades.
Después llegó Legado (2019), un homenaje a Mercedes Sosa que eligió otro camino posible: no reproducir a la cantora tucumana, sino llevar algunas de sus canciones hacia una estética electrónica. Participaron productores de la escena electrónica argentina como Tremor, King Coya, Chancha Vía Circuito, Nación Ekeko y Juan Blas Caballero.
En la trayectoria de Charo aparece una constante: recuperar figuras, canciones y memorias que considera fundamentales y preguntarse cómo pueden volver a dialogar con el presente. En Legado, esa pregunta fue dirigida hacia Mercedes Sosa. En el cine, hacia Aimé Painé, a quien interpretó en una producción audiovisual dedicada a la cantora mapuche. En su trabajo con los pueblos originarios, hacia repertorios transmitidos durante generaciones, y en Areté, hacia un conjunto todavía más amplio de lenguas y memorias.
Formoseña: volver a nombrar el lugar de origen
En 2022 llegó Formoseña, su tercer álbum solista y, de algún modo, una vuelta explícita al territorio que está en el comienzo de su historia. El título no es solamente geográfico: Charo nació en Clorinda, creció en Resistencia y construyó buena parte de su identidad artística entre esas dos orillas del nordeste.
Producido por Lucio Mantel, el disco reúne nueve canciones y amplía el mapa musical de La Charo. Hay raíz latinoamericana, ritmos populares, cumbia, sonoridades afro y elementos de la música formoseña, pero también una mirada autoral cada vez más definida. La propia Charo contó que para componer algunas canciones del álbum se dejó llevar por ritmos que venían de otras geografías: para las dos cumbias del disco, por ejemplo, escuchó especialmente a Totó la Momposina y buscó trabajar sobre el cruce entre tambores de raíz africana y flautas indígenas.
Formoseña puede leerse así como un momento de síntesis: después de haber construido una identidad solista que ya no dependía de Tonolec, Charo vuelve a mirar el territorio propio y encuentra allí nuevas canciones, nuevos ritmos y nuevas preguntas. No es un regreso al origen como nostalgia, sino una forma de volver a nombrarlo desde la artista en la que se había convertido.
Areté: volver al origen sin volver atrás

En 2025 llegó Areté / Tiempo Verdadero, su cuarto álbum solista. El título remite al Areté Guasú, la celebración guaraní que Charo presenta como un momento de encuentro comunitario, de relación con los otros y con la naturaleza.
El disco produce una especie de movimiento circular. Después de tres álbumes solistas en los que había profundizado una propuesta principalmente acústica y ligada a las músicas latinoamericanas, Charo volvió a la electrónica. Pero no se trata de repetir el sonido de Tonolec. Regresa al punto de partida con todo lo que ocurrió después.
La producción de Juan Sardi y Juan Blas Caballero vuelve a poner en diálogo los cantos originarios con paisajes electrónicos y ritmos contemporáneos. El álbum reúne composiciones e interpretaciones en distintas lenguas indígenas, entre ellas qom, guaraní, aché guayakí, tupí guaraní, tehuelche, mapuzungun y selk’nam. La propia Charo lo explica como una “vuelta a mi origen musical desde una mirada contemporánea”.
Cantar también es abrir una puerta
En Areté, esa búsqueda se vuelve todavía más explícita. Hay cantos de cuna, cantos para las infancias, cantos de linaje, cantos guerreros, cantos de poder y de curación. El bombo legüero funciona como llamado a la tierra; las voces y los instrumentos electrónicos construyen un espacio donde lo ancestral y lo contemporáneo dejan de presentarse como opuestos.
Para Charo, cantar en lenguas originarias es también una forma de transmitir una cosmovisión. “Cantar en lenguas originarias es un manifiesto”, explicó en una entrevista reciente, al hablar de la necesidad de conectar y difundir una concepción del mundo en la que la naturaleza ocupa un lugar central, pero quizá haya una manera más sencilla de decirlo. Charo canta para que algo que existía antes de ella pueda seguir existiendo después.
Por eso su trabajo no se agota en la recuperación de una canción. Está también en la posibilidad de que alguien que nunca escuchó una lengua originaria pueda encontrarse con ella en una sala de conciertos, en un disco, en una escuela, en un archivo sonoro o en una canción atravesada por un pulso electrónico.
Una música que no necesita elegir entre pasado y futuro
Hay una tentación frecuente cuando se habla de artistas vinculados con músicas originarias: ubicarlos en el lugar del “rescate”. La palabra puede resultar cómoda, pero no alcanza para explicar el trabajo de La Charo, porque ella no parece interesada en rescatar una música para dejarla donde estaba. La escucha, la estudia, la aprende, la interpreta, la mezcla, la lleva a otros escenarios y vuelve a ponerla en circulación.
Su recorrido artístico se construyó justamente en esa zona de contacto: entre el canto ancestral y la electrónica, entre la identidad guaraní y una vida atravesada por Chaco, Formosa y Buenos Aires, entre el escenario y la gestión cultural, entre la memoria familiar y las nuevas generaciones.
Incluso su estética visual participa de esa búsqueda. Charo explica que sus vestuarios combinan elementos orgánicos, electrónicos, terrenales y fantásticos vinculados con las historias y leyendas del folklore argentino y ancestral. Para ella, el escenario es un lugar de encuentro que debe ser cuidado tanto desde lo sonoro como desde lo visual.
No hay, entonces, una frontera demasiado clara entre tradición y vanguardia. Hay una artista que decidió trabajar justamente en ese borde.
🎧 Para empezar a escucharla
“Canción de cuna” — Tonolec
Para entrar en el universo que construyó junto a Diego Pérez y en el vínculo con el canto qom.
“Gracias a la vida” — La Charo
La versión electrónica que forma parte de Legado y permite entender su manera de dialogar con el repertorio popular.
“Eikanoi” — La Charo ft. Ema Cuañeri
Una de las puertas de entrada a Areté y a su actual búsqueda entre lenguas originarias y electrónica.
“Areté” — La Charo
El concepto que reúne buena parte de las búsquedas actuales de la artista.
💿 Discografía solista
La Charo — 2017
Su primer álbum como solista.
Legado — 2019
Homenaje a Mercedes Sosa desde una mirada electrofolklórica.
Formoseña — 2022
Un regreso explícito a su lugar de origen y a las músicas de raíz.
Areté / Tiempo Verdadero — 2025
Su cuarto disco solista, donde vuelve a cruzar cantos originarios y electrónica desde una perspectiva contemporánea.




¿Por qué deja una Nueva Huella?
Porque La Charo entendió algo que no siempre resulta sencillo dentro de la música de raíz: una tradición puede ser profundamente antigua y, al mismo tiempo, completamente contemporánea.
Su recorrido no consiste en elegir entre conservar y transformar. Consiste en escuchar antes de transformar. Escuchar a las mujeres de su familia. Escuchar las voces de las comunidades. Escuchar las lenguas. Escuchar los archivos. Escuchar las canciones que llegaron antes. Y después buscar una forma propia de hacerlas sonar.
Desde Clorinda hasta Resistencia. Desde Tonolec hasta Areté. Desde el canto qom y guaraní hasta los pulsos electrónicos. Desde el escenario hasta la Fonoteca. La huella aparece en ese movimiento.
Charo Bogarín no toma una música del pasado para traerla intacta al presente. La toma entre sus manos, la vuelve a escuchar y pregunta qué puede decir todavía, y quizás allí esté su mayor aporte: hacer que una memoria ancestral no tenga que quedarse atrás para seguir siendo memoria: que pueda cantar, que pueda transformarse y que todavía tenga futuro.

Por Federico «Poni» Rossi
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