Julia Rosa Capristán García convirtió una voz aguda e inconfundible en una de las marcas más reconocibles de la música popular peruana. Junto a Víctor Lara construyó una sonoridad propia y llevó valses, huaynos, marineras y pasillos desde las radios limeñas hasta los escenarios de América Latina y Europa.
Antes de ser Carmencita Lara, fue Julia Rosa Capristán García. Y antes de convertirse en una de las voces más reconocibles de la música popular peruana, fue una adolescente que cantaba en las radios de Lima. Tenía apenas 15 años cuando comenzó a presentarse como aficionada. Tres años después, la música ya no sería un pasatiempo sino su oficio.
Había nacido el 8 de octubre de 1926. Las fuentes la ubican en La Libertad y, principalmente, en Trujillo o Paiján. Murió en Lima el 18 de septiembre de 2018, a los 91 años, después de más de siete décadas vinculada a la música.
Antes de Carmencita
Durante sus primeros años como cantante utilizó el nombre artístico de July García. La historia cambiaría en 1948, cuando conoció a Víctor Lara, músico y profesor de piano y acordeón. Él sería su esposo, compañero artístico y una figura fundamental en la construcción de aquella identidad que terminaría convirtiéndose en una referencia de la música peruana.
El nombre también nació de ese vínculo. Cuando Julia Rosa necesitó otro nombre para tramitar su carné de artista, Víctor propuso Carmencita Lara: Carmen, por el nombre de su madre; Lara, por su propio apellido. Así apareció en escena un nombre que terminaría siendo mucho más conocido que el de nacimiento.
Juntos recorrieron emisoras en busca de oportunidades hasta que el 2 de junio de 1955 Carmencita consiguió su primer contrato con Radio Excélsior. La radio era entonces uno de los grandes espacios de difusión de la música popular peruana y sería fundamental para que aquella voz comenzara a llegar a un público cada vez más amplio.
Una voz diferente

Carmencita Lara no necesitó una gran orquesta para construir su identidad. Su voz aguda, su manera particular de interpretar las canciones y el acordeón de Víctor Lara formaron una combinación inmediatamente reconocible.
Su primera grabación fue “Olvídala amigo”, composición del iqueño Luis R. Cueto, registrada en 1960. La acompañaron acordeón, cajón y contrabajo, en un estudio del guitarrista Óscar Avilés. Después llegarían “Indio”, de Alicia Maguiña; “Clavel marchito”, de Armando Gonzáles; “Milagro”, de Augusto Rojas Llerena; y “El árbol de mi casa”, de Salvador Oda. En 1962 grabaría “Llora, llora corazón”, otra de las canciones que quedarían asociadas para siempre a su nombre.
Pero reducir su repertorio a los valses sería quedarse corto. Carmencita transitó también por huaynos, marineras, polcas, pasillos y otros géneros de la música peruana. Esa amplitud fue parte de su aporte: su interpretación podía moverse entre distintas tradiciones sin perder aquello que hacía que una canción sonara inmediatamente a Carmencita Lara.
La alianza con Víctor Lara también tuvo una dimensión musical. La pareja introdujo nuevas sonoridades en el vals peruano, con el acordeón como protagonista de un acompañamiento poco habitual para el género. La combinación de aquella voz y ese instrumento terminó formando parte de una estética propia.
La Reina de las Provincias
A Carmencita le quedaron varios nombres: “La Dama de los Valses Tristes”, “La Reina de las Rockolas” y, especialmente, “La Reina de las Provincias”.
Este último apodo dice mucho más que una consigna promocional. Buena parte de la fuerza de sus canciones estuvo en la capacidad de expresar sentimientos reconocibles para un público popular que encontraba en sus letras el desamor, la pérdida, la ausencia, la nostalgia y también la esperanza.
En una Lima que durante aquellas décadas recibía enormes corrientes migratorias provenientes de las distintas regiones del Perú, la canción popular también podía funcionar como memoria. Las voces, los géneros y las historias de las provincias viajaban con quienes llegaban a la capital. Carmencita supo cantar desde ese lugar emocional, convirtiendo la nostalgia y las heridas cotidianas en canciones que podían ser compartidas por miles.
Por eso sus canciones no quedaron encerradas en una época ni en un circuito musical. Pasaron de las radios a las rockolas, de las reuniones familiares a los escenarios y de una generación a otra.
Una música que cruzó fronteras

La carrera de Carmencita Lara se extendió mucho más allá de Lima. Recorrió distintas regiones del Perú y llevó su música a otros países de América Latina y Europa. En Ecuador, particularmente, alcanzó una fuerte identificación con el público y sus pasillos continuaron formando parte de la programación radial.
Su popularidad también explica una de las características más interesantes de su trayectoria: nunca necesitó abandonar la música popular para convertirse en una figura masiva. Su público estaba allí, en las provincias, en los barrios, en las radios y en las rockolas. Y allí permaneció su repertorio.
En 2010 recibió la Medalla de Honor José Antonio Encinas de la Derrama Magisterial. Ese mismo año, el Concejo Distrital de Comas la declaró, junto con Víctor Lara, “Hija Predilecta de Comas”, en reconocimiento a su extensa trayectoria y a la difusión de la música peruana. El homenaje destacaba también los muchos años de residencia de la pareja en el distrito y su identificación con la cultura de Lima Norte.
Una canción para seguir recordando
Carmencita Lara murió el 18 de septiembre de 2018. Sus restos fueron velados públicamente en la sala Los Incas del Museo de la Nación, en un gesto que reflejó la dimensión que había adquirido su figura dentro de la cultura peruana.
Quedaron sus discos, sus canciones y una voz imposible de confundir. Quedó también una manera de interpretar la música popular que no necesitaba grandilocuencia: bastaban una melodía, una historia de amor perdido, una ausencia, una pena o una esperanza y esa voz aguda entrando en escena.
Carmencita Lara fue, en definitiva, mucho más que la intérprete de los “valses tristes”. Fue una de esas artistas capaces de transformar una experiencia individual en una emoción colectiva. Cantó el dolor, pero consiguió que ese dolor pudiera compartirse. Cantó a las provincias desde Lima y llevó después esa memoria mucho más lejos.
Y por eso su nombre sigue perteneciendo a ese archivo mayor de la música latinoamericana donde las canciones sobreviven a quienes las grabaron. Carmencita Lara sigue allí: en una voz, en un acordeón, en una rockola y en la memoria de un país que encontró en ella una manera de cantar sus propias historias.
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