Andrés Chazarreta: la despedida porteña que marcó el final de una etapa

El 11 de octubre de 1956, el músico santiagueño se despidió de los escenarios de Buenos Aires en el Teatro Casino. A cincuenta años del comienzo de su labor artística, entregó la batuta de su orquesta a su hijo Agustín, en una noche que reunió el homenaje a su trayectoria y la continuidad de su legado.

El 11 de octubre de 1956, Andrés Chazarreta protagonizó una de las noches más significativas de su extensa trayectoria. En el Teatro Casino de Buenos Aires, el músico santiagueño se despidió de los escenarios porteños después de cinco décadas dedicadas a recopilar, interpretar y difundir las expresiones musicales y coreográficas del interior argentino. La fecha quedó registrada como el cierre de un ciclo que había comenzado en 1906 y que contribuyó a cambiar el lugar que ocupaba el folclore en la escena cultural del país.

La despedida tuvo, además, un sentido que trascendía el retiro de los escenarios. Antes de comenzar la función, Chazarreta le entregó la batuta de su orquesta a su hijo Agustín, en un gesto que simbolizó la continuidad de una obra construida a lo largo de medio siglo. La escena, recordada por el propio Agustín, quedó asociada a las celebraciones por las Bodas de Oro de su padre con la actividad artística. La Secretaría de Cultura de la Nación también consigna el 11 de octubre de 1956 como la fecha de su despedida porteña.

1956, un año de balance y continuidad

Para comprender la importancia de aquella noche hay que remontarse a 1906, cuando Chazarreta comenzó a recorrer el país con su Conjunto de Arte Nativo del Norte Argentino. Músico, compositor, recopilador y docente, hizo de la difusión de las músicas y danzas tradicionales una tarea sostenida, en una época en que las expresiones folclóricas del interior todavía debían abrirse camino en los principales escenarios de Buenos Aires.

El hito decisivo de ese recorrido había ocurrido el 16 de marzo de 1921, cuando presentó su conjunto en el Teatro Politeama de la capital. Aquella actuación, impulsada también por el apoyo del escritor Ricardo Rojas, llevó a un escenario porteño un repertorio de zambas, chacareras, gatos, cuecas y vidalas, junto con las danzas que acompañaban esas músicas. La presentación alcanzó una repercusión que amplió el público de Chazarreta y contribuyó a instalar las expresiones del folclore del norte argentino en el debate cultural de la época.

Durante las décadas siguientes, su trabajo no se limitó a las actuaciones. También enseñó música y danzas, publicó recopilaciones y desarrolló una labor institucional vinculada con la formación y la divulgación folclórica. Su trayectoria fue adquiriendo una dimensión nacional y, en sus últimos años, el nombre de Chazarreta ya estaba asociado al de un pionero de la difusión de la música nativa.

Por eso, 1956 fue un año de balance: se cumplían cincuenta años desde el inicio de aquella labor y la despedida en el Teatro Casino condensó el reconocimiento a ese camino. Pero también fue un año de continuidad, porque la obra no quedaba ligada exclusivamente a la presencia de su creador sobre el escenario.

La batuta pasó a manos de Agustín

Andrés Chazarreta junto a su hijo Agustín y sus hijas Josefina, Anita y Andrea

El relato de aquella función quedó recogido en el texto Bodas de Oro con el folklore, publicado en el blog dedicado a Andrés Chazarreta y atribuido a la memoria de su hijo Agustín. Allí se cuenta que el 11 de octubre de 1956 debutó en el Teatro Casino la Compañía de Arte Folklórico Andrés Chazarreta, organizada bajo la dirección de Agustín. Antes de comenzar el espectáculo, Don Andrés le entregó la batuta de la orquesta.

La velada tuvo también la palabra de Osvaldo Sosa Cordero, poeta y compositor correntino, quien destacó la dimensión de la obra que pasaba a manos de la siguiente generación. En el homenaje, evocó las cinco décadas de trabajo de Chazarreta y la responsabilidad que implicaba recibir ese legado. Sus palabras quedaron ligadas a una imagen central de la noche: un maestro que se retiraba de la primera línea, pero dejaba su repertorio y su experiencia en manos de su hijo.

Según el recuerdo de Agustín, la orquesta comenzó con la Zamba de Vargas, mientras el público respondía con aplausos y arrojaba flores a los pies del músico. El episodio reunió, en una misma escena, la despedida de un artista y la continuidad de una tradición familiar y musical.

Una obra que siguió en movimiento

La relevancia de Chazarreta no se explica solamente por su repertorio, sino también por la tarea de difusión que desarrolló durante décadas. Al llevar músicas y danzas del norte argentino a teatros, escuelas y espacios culturales, contribuyó a que esas expresiones circularan más allá de sus territorios de origen. Su trabajo de recopilación y enseñanza ayudó a preservar y transmitir piezas que hoy forman parte de la memoria del folclore argentino.

Andrés Chazarreta murió en Santiago del Estero el 24 de abril de 1960. La despedida del Teatro Casino, casi cuatro años antes, no fue el final de la historia de su obra: la entrega de la batuta a Agustín anticipaba que ese repertorio seguiría encontrando intérpretes y escenarios.

Cada 11 de octubre, la fecha invita a recordar aquella noche de 1956. Más que una última función en Buenos Aires, fue el cierre de una etapa pública para un hombre que había dedicado su vida a difundir la música nativa y la apertura de otra, en la que su legado comenzaría a sostenerse también en nuevas manos.

Revista MuLA

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