Tom Zé, 90 años de irreverencia y experimentación brasileña

Cantor, compositor e inventor de sonidos, fue una de las figuras singulares de la Tropicália. Mientras aquel movimiento transformaba la música brasileña, Tom Zé profundizó una búsqueda que lo llevó de la consagración al olvido y, décadas después, a un inesperado reconocimiento internacional. A los 90 años, su obra sigue desafiando las fronteras de lo que entendemos por canción.

Hay músicos que construyen una carrera dentro de un lenguaje y otros que dedican la vida a poner ese lenguaje en cuestión. Tom Zé pertenece a los segundos. En sus canciones, una melodía puede convivir con el ruido de una máquina, una frase cotidiana convertirse en material rítmico y un objeto doméstico revelar posibilidades musicales insospechadas. La canción, para él, nunca fue una forma cerrada: fue un territorio para explorar.

Antônio José Santana Martins nació el 11 de octubre de 1936 en Irará, una localidad del interior de Bahía, en el nordeste brasileño. Allí creció escuchando los sonidos de la música popular que circulaba por la radio, el samba de roda y las canciones de Luiz Gonzaga y Jackson do Pandeiro. También aprendió a observar el mundo desde la vida cotidiana de su pueblo, una experiencia que con los años reconocería como una de sus primeras escuelas.

A los 17 años descubrió la guitarra y comenzó a desarrollar una relación más consciente con la música. Pero su curiosidad no se limitaba a los sonidos. Le interesaban las palabras, los mecanismos de las cosas, las formas de pensar y las maneras en que una idea podía transformarse en otra. Esa inquietud, que atravesaría toda su obra, encontró un cauce decisivo cuando se trasladó a Salvador para estudiar música.

Su historia es la de un artista que participó de una revolución cultural, pero que nunca se conformó con los límites de aquella experiencia. Cuando la primera explosión de la Tropicália quedó atrás, siguió buscando formas de composición que resultaban difíciles de acomodar a las expectativas comerciales. Durante años perdió visibilidad, hasta que una escucha inesperada en el extranjero volvió a poner su música en circulación.

Irará, Salvador y el descubrimiento de la música

La infancia en Irará dejó una marca profunda en Tom Zé. En una entrevista con EL PAÍS, recordó la tienda de su padre como una primera escuela: allí escuchaba las conversaciones de los hombres del campo y entraba en contacto con una visión del mundo transmitida a través de las fiestas, las danzas y las tradiciones populares del nordeste brasileño.

Entre esas experiencias estaban manifestaciones como la chegança y el bumba meu boi, expresiones que combinan música, representación y memoria colectiva. No se trataba de una formación académica, sino de una cultura aprendida por observación, participación y escucha. Mucho después, esos materiales reaparecerían en una obra que uniría las raíces del sertão con los procedimientos más audaces de la experimentación musical.

En 1962 ingresó a la Escuela de Música de la Universidad Federal de Bahía, en Salvador. Allí estudió con referentes de la vanguardia musical europea, como Hans-Joachim Koellreutter y Ernst Widmer, y profundizó sus conocimientos de armonía y contrapunto. Este último, basado en la relación entre líneas musicales independientes, se convertiría en una de sus grandes pasiones y en una herramienta central de su composición.

La formación académica no lo alejó de la música popular. Por el contrario, le permitió encontrar otras maneras de abordarla. Tom Zé podía estudiar una estructura musical con rigor y, al mismo tiempo, interesarse por el sonido de una máquina, una conversación callejera o una frase escuchada al pasar. En su universo creativo, la cultura popular y la experimentación no eran territorios enfrentados.

En Salvador también conoció a Caetano Veloso y se vinculó con otros jóvenes artistas que comenzaban a imaginar una renovación de la música brasileña. Los espectáculos Nós, por exemplo y Nova bossa-velha & velha bossa-nova, presentados en 1964, reunieron a músicos como Caetano, Gilberto Gil, Gal Costa y Maria Bethânia. Aquellos encuentros serían parte de la semilla de la Tropicália.

La Tropicália: una ruptura con las fronteras

A fines de los años sesenta, Brasil vivía bajo una dictadura militar y atravesaba profundas transformaciones políticas, sociales y culturales. En ese escenario surgió la Tropicália, también conocida como Tropicalismo, un movimiento que cuestionó las convenciones estéticas y las divisiones entre lo nacional y lo extranjero, lo popular y lo experimental, la tradición y la modernidad.

En la música, esa ruptura se expresó mediante la convivencia de elementos que hasta entonces parecían incompatibles: ritmos brasileños, guitarras eléctricas, rock, recursos de vanguardia y referencias a la cultura de masas. No se trataba de abandonar las raíces, sino de discutir qué significaba ser brasileño en una sociedad atravesada por cambios acelerados.

Tom Zé llegó a esa experiencia con una personalidad compositiva propia. En su música convivían los ritmos del sertão bahiano, el conocimiento académico y una mirada irónica sobre la vida contemporánea. No buscaba solamente sorprender por los temas de sus canciones: también ponía en cuestión la manera de construirlas.

En 1968 se instaló definitivamente en São Paulo y participó de Tropicália ou Panis et Circencis, el disco colectivo que reunió a varios protagonistas del movimiento. Allí aportó “Parque industrial”, una composición que observaba con ironía la sociedad de consumo y la maquinaria de los medios de comunicación.

Ese mismo año ganó el IV Festival de Música Popular Brasileña de TV Record con “São, São Paulo, meu amor”, una canción dedicada a la ciudad y sus contradicciones. También publicó su primer álbum, Grande liquidação, en el que ya aparecían temas relacionados con la vida urbana, la publicidad y la acelerada transformación de las costumbres.

La Tropicália le permitió llevar su particular manera de componer a un espacio de mayor visibilidad. Pero no fue una etapa que agotara su búsqueda. Mientras el movimiento se convertía en una referencia de la cultura brasileña, Tom Zé avanzaba hacia un territorio cada vez más personal, en el que las estructuras tradicionales de la canción dejaban de ser una obligación.

Estudiar el samba, desmontar la canción

En los años setenta, Tom Zé profundizó una obra cada vez más difícil de clasificar. Su cuarto álbum, Todos os olhos, publicado en 1973, confirmó esa inclinación. Las composiciones, los arreglos y hasta la presentación del disco escapaban de las convenciones de la industria. La música no ofrecía respuestas sencillas ni buscaba acomodarse a una fórmula reconocible.

Tres años después publicó Estudando o samba, uno de los trabajos decisivos de su trayectoria. El título podía sugerir un homenaje tradicional a uno de los géneros fundamentales de Brasil, pero el disco proponía una operación mucho más inquietante: estudiar el samba para descubrir sus mecanismos, intervenirlos y explorar nuevas posibilidades rítmicas y compositivas.

Tom Zé no se acercaba a la tradición como si fuera una pieza intocable. La entendía como una materia viva, capaz de ser analizada y reinventada. El samba podía convertirse en objeto de estudio sin perder su potencia popular; la experimentación podía surgir de sus propias estructuras y no necesariamente de la incorporación de elementos externos.

Esa libertad creativa tuvo consecuencias. Su música resultaba difícil de encasillar y las emisoras de radio fueron alejándose de ella. Mientras otros protagonistas de la Tropicália alcanzaban una popularidad sostenida, Tom Zé comenzó a perder espacio en el mercado discográfico y en los medios. Durante años, su obra circuló de manera limitada y sus presentaciones se desarrollaron, en buena medida, en ámbitos universitarios.

Sin embargo, aquel período de menor visibilidad no significó una retirada artística. En 1978 presentó en São Paulo instrumentos experimentales construidos por él mismo, entre ellos el hertzé, el enceroscópio y el buzinório. El primero anticipaba, en su concepción general, algunas posibilidades que después se asociarían con el sampler.

La escena condensaba su manera de entender la música: si los sonidos disponibles no alcanzaban, había que inventar otros instrumentos. Si las formas conocidas ya no servían, había que encontrar nuevas maneras de componer. Tom Zé convirtió esa inquietud en un método de trabajo que lo acompañaría durante décadas.

En 1984 publicó Nave Maria, un álbum que abrió nuevos caminos dentro de su producción. Pero el reconocimiento amplio todavía estaba lejos. Llegó a considerar la posibilidad de abandonar la carrera musical ante las dificultades para sostenerla. Su obra, sin embargo, estaba a punto de encontrar una audiencia inesperada.

David Byrne y el regreso a los escenarios internacionales

A fines de los años ochenta, David Byrne, músico y fundador de Talking Heads, descubrió Estudando o samba durante una visita a Brasil. La escucha despertó su interés por una obra que había pasado relativamente inadvertida para buena parte del público y de la industria discográfica.

A través de su sello Luaka Bop, Byrne impulsó la edición internacional de la música de Tom Zé. En 1990 apareció The Best of Tom Zé, una recopilación que recibió una respuesta crítica favorable y fue destacada entre los mejores discos del año por The New York Times.

El efecto fue decisivo. Sus álbumes volvieron a circular, llegaron invitaciones para presentarse en Europa y Estados Unidos y su figura comenzó a ser revisitada desde otra perspectiva. Aquello que durante años había dificultado su inserción en el mercado —la experimentación, la mezcla de lenguajes, el rechazo de las fórmulas— se convirtió en una de las razones de su reconocimiento internacional.

El episodio de David Byrne quedó asociado para siempre a su historia, aunque el redescubrimiento no debe confundirse con el origen de su valor artístico. La obra ya existía, con sus riesgos y hallazgos. Lo que cambió fue la posibilidad de escucharla en otros lugares.

En 1998 publicó Com defeito de fabricação, un álbum que consolidó su proyección internacional. El título, que puede traducirse como “con defecto de fabricación”, funciona también como una declaración de principios: aquello que no responde a las normas, lo irregular y lo imperfecto pueden convertirse en una forma de libertad creativa.

La recuperación de Tom Zé no consistió en que el músico modificara su lenguaje para adaptarse a un nuevo mercado. Fue el público el que empezó a encontrar valor en una obra que había seguido su propio camino, incluso cuando ese camino parecía conducir al aislamiento.

Una búsqueda que no se detuvo

En las décadas siguientes, Tom Zé continuó desarrollando proyectos que combinaban composición, reflexión cultural y exploración sonora. En 1997 creó junto con José Miguel Wisnik la música de Parabelo, espectáculo del Grupo Corpo, una de las compañías de danza más reconocidas de Brasil. En 2001 volvió a trabajar para el grupo con Santagustin.

En 2000 publicó Jogos de armar, un trabajo que recuperó sus instrumentos experimentales y sus búsquedas formales. Allí convivían sonidos de máquinas, cantos de lavadoras de ropa, expresiones verbales y referencias musicales diversas. Su universo creativo seguía ampliándose sin abandonar el vínculo con la cultura brasileña.

También exploró la relación entre música y actualidad en Imprensa cantada, donde los acontecimientos del presente funcionaban como motor de las composiciones. Más tarde revisó la bossa nova en Estudando a bossa, de 2008, y volvió sobre la experiencia tropicalista en Tropicália lixo lógico, publicado en 2012.

En 2014 llegó Vira lata na Via Láctea, que incluyó su primera colaboración compositiva con Caetano Veloso. Dos años después publicó Canções eróticas de ninar, reconocido con un premio de la música brasileña. La variedad de estos proyectos muestra que Tom Zé nunca entendió la experimentación como una etapa juvenil que debía dejar atrás para consolidar una carrera.

Su método se mantuvo: tomar un ritmo, una frase, un objeto, un acontecimiento o una estructura del lenguaje y convertirlos en materiales para componer. El humor y la ironía le permitieron observar las contradicciones de la sociedad, mientras que la búsqueda formal abría otras maneras de escucharlas.

El tropicalista que mira hacia adelante

La denominación de “último tropicalista”, que acompañó la biografía escrita por el investigador italiano Pietro Scaramuzzo, resulta atractiva para presentar a Tom Zé, pero puede ser insuficiente para comprenderlo. Su obra no quedó detenida en los años sesenta. A lo largo de su trayectoria volvió sobre la Tropicália, discutió su significado y mantuvo vínculos con músicos de generaciones posteriores.

En una entrevista con EL PAÍS publicada en 2021, manifestó su admiración por la música brasileña contemporánea. Destacó la capacidad de los artistas jóvenes para tomar referencias de distintas partes del mundo y transformarlas en un lenguaje propio. Para él, esa libertad seguía siendo digna del espíritu tropicalista.

La continuidad de su trabajo quedó a la vista también en 2026. Antes de cumplir 90 años, presentó una canción inédita vinculada al Coala Festival y habló de nuevos proyectos. Ese mismo año se anunció la publicación de una nueva biografía, escrita por el investigador estadounidense Christopher Dunn, que se suma al libro de Scaramuzzo.

Tom Zé llega a las nueve décadas sin que su historia pueda resumirse en una consagración definitiva. Participó de una revolución cultural, conoció el éxito temprano, atravesó años de escasa visibilidad y encontró después una audiencia internacional que permitió escuchar su obra de otra manera. En cada etapa mantuvo una relación incómoda con las categorías que intentaban definirlo.

Su trayectoria también permite revisar una idea extendida sobre la música popular: la de que tradición e innovación deben ocupar lugares opuestos. En Tom Zé, las raíces del nordeste brasileño conviven con el contrapunto académico, los ruidos de las máquinas y las estructuras experimentales. No abandona su origen para explorar lo desconocido; encuentra en ese origen una fuente permanente de preguntas.

A los 90 años, su obra sigue recordando que una canción puede ser melodía y pensamiento, memoria y provocación, ritmo y experimento. Que los sonidos de la vida cotidiana también pueden convertirse en música y que las formas heredadas no tienen por qué ser una frontera.

Desde Irará hasta los escenarios internacionales, Tom Zé hizo de la curiosidad una forma de creación. Su legado no consiste solamente en haber sido parte de la Tropicália, sino en haber llevado su impulso de ruptura mucho más allá de aquel momento histórico. Allí donde una canción se permite desarmarse para encontrar otra forma, su búsqueda continúa resonando.

Revista MuLA

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