Nacido en Salta, Juan José «Colo» Vasconcellos creció en una familia donde la música formaba parte de la vida cotidiana. Hijo del compositor José Adolfo «El Puma» Vasconcellos, encontró en esa herencia un punto de partida para desarrollar su propio lenguaje. Desde los años de Los Huayra hasta la búsqueda musical de Ahyre, su recorrido reúne canciones, vínculos y transformaciones. Una historia que permite pensar el folklore no como una tradición inmóvil, sino como una música capaz de seguir creciendo.
Una casa donde la música era parte de la vida
Antes de los grandes escenarios, los discos y los reconocimientos, hubo una casa en Salta donde la música circulaba de manera cotidiana. Allí, entre guitarras, canciones y encuentros, Juan José Vasconcellos comenzó a construir una relación con el folklore que excedía el aprendizaje de un instrumento.

Su padre, José Adolfo «El Puma» Vasconcellos, era músico, compositor y una figura vinculada a la historia del folklore salteño. En ese ambiente, el Colo encontró sus primeras referencias y una forma de entender el oficio. La música no era solamente una actividad artística: también era un modo de compartir, de transmitir experiencias y de establecer vínculos.
«Yo soy el resultado de un papá amante del folklore», recordó el Colo. La frase condensa una parte de su historia, aunque no la explica por completo. Porque recibir una herencia no significa necesariamente repetirla. También supone encontrar qué hacer con ella.
La relación entre padre e hijo tuvo, además, una dimensión compositiva. Ambos poseen numerosas canciones firmadas por ambos, entre ellas «A destiempo», «Bar y tambor», «Como los vientos al mar», «Corazón de carnaval», «Historia en sol», «Identidad» y «Mi estrella predilecta». Esa cantidad de composiciones permite observar que ese vínculo musical no quedó limitado a la transmisión de conocimientos: también se convirtió en trabajo compartido.
En ese cruce entre aprendizaje, afecto y creación empezó a delinearse una identidad que, con los años, encontraría otros compañeros y nuevos escenarios.
Los Huayra: aprender a construir un sonido

La historia profesional del Colo está estrechamente ligada a Los Huayra, el grupo salteño con el que atravesó una etapa decisiva de su formación artística. Integrado desde sus comienzos al proyecto, participó de un recorrido que incluyó siete discos de estudio, giras y una presencia creciente en los principales escenarios del folklore argentino.
En aquellos años, el desafío no consistía únicamente en interpretar un repertorio. Los Huayra buscaron construir un sonido propio dentro de una tradición reconocible. Las voces, las guitarras, los arreglos y la incorporación de recursos contemporáneos fueron dando forma a una propuesta que dialogaba con el cancionero popular sin quedar restringida a sus formas más conocidas.
El Colo fue parte de ese proceso desde la guitarra y la composición. En una entrevista de 2009, al presentar Código de barro, explicó el sentido de aquel título: el barro remitía a la identidad, mientras que el código era el lenguaje compartido entre quienes crean y quienes escuchan. La idea permite reconocer una preocupación que reaparecería en sus proyectos posteriores: cómo hacer que una música conserve su pertenencia sin renunciar a la búsqueda.
Con el tiempo, Los Huayra dejaron de ser solamente un grupo de jóvenes músicos salteños para convertirse en una referencia de una generación que había encontrado nuevas maneras de presentar el folklore. Pero una trayectoria extensa también modifica a quienes la construyen. Las experiencias acumuladas, los cambios personales y las nuevas inquietudes empiezan a pedir otras respuestas.
En 2019, la etapa llegó a su fin. Para el Colo y algunos de sus compañeros, la despedida no significó abandonar lo aprendido, sino encontrar una forma diferente de continuar.
Una página nueva del mismo libro
Cuando Los Huayra se disolvieron, Juan José Vasconcellos, Sebastián Giménez y Hernando Mónico decidieron seguir trabajando juntos. A ellos se sumaron Federico Maldonado y el percusionista Guido Bertini, y de ese nuevo encuentro nació Ahyre.
El Colo describió aquella decisión con una imagen precisa: era «una página nueva del libro» que venían escribiendo. La metáfora importa porque evita pensar los dos proyectos como etapas enfrentadas. Había una historia compartida, un aprendizaje musical y una manera de trabajar que permanecían. Lo que cambiaba era el espacio para desarrollar nuevas ideas.

Ahyre permitió revisar algunas certezas construidas durante los años anteriores. Las canciones propias siguieron ocupando un lugar central, pero el grupo amplió el campo de referencias, exploró otros ritmos latinoamericanos y trabajó con nuevas texturas sonoras. La raíz folklórica permanecía, aunque ya no funcionaba como una frontera que delimitara todas las decisiones.
El Colo lo expresó con claridad: «La música es una sola sin acorralarla en un género». La frase no implica que las tradiciones pierdan importancia. Más bien plantea que conocerlas puede ser el comienzo de una exploración, no la obligación de permanecer dentro de un repertorio establecido.
La nueva formación también tuvo que construir su propio nombre, su repertorio y su relación con el público. El reconocimiento llegó con rapidez: Ahyre obtuvo el Premio Gardel a Mejor Álbum Grupo de Folklore y, en 2024, ganó dos Gaviotas de Plata en el Festival Internacional de Viña del Mar con «La Luna».

Pero esos hitos, por importantes que sean, no explican por sí solos el recorrido de Colo. Para entenderlo hay que volver a las canciones.
Componer: encontrar una forma para lo que todavía no la tiene
En el catálogo de Juan José Vasconcellos conviven obras compartidas con su padre, composiciones individuales y canciones escritas junto a sus compañeros de Ahyre. Esa diversidad permite seguir una trayectoria autoral que atraviesa distintas etapas sin quedar limitada a ninguna de ellas.

«La Luna» ocupa un lugar destacado en ese recorrido. Registrada a nombre de Colo, fue incluida en el primer álbum de Ahyre, publicado en 2020. Años después, la canción alcanzó una dimensión internacional cuando el grupo la presentó en Viña del Mar. En 2025, una nueva versión en vivo, grabada en el estadio Delmi de Salta, sumó las participaciones de Soledad Pastorutti, Jorge Rojas y Raly Barrionuevo.
El recorrido de la canción muestra cómo una obra puede adquirir sentidos diferentes según los contextos en los que circula. Nacida de la escritura individual, encuentra su forma definitiva en el trabajo colectivo y luego se transforma nuevamente al encontrarse con otras voces.
En el universo de Ahyre, la composición no aparece separada de los arreglos, la interpretación ni la producción. Cada elemento interviene en la construcción del resultado. Colo también ha destacado la importancia de poder jugar con las herramientas del estudio, incorporar nuevas sonoridades y buscar que la música conserve una emoción genuina.
Esa apertura se escucha en Eco, el segundo álbum de estudio del grupo, publicado en 2023. El disco amplía el diálogo con distintos lenguajes de América Latina y reúne canciones como «Árbol», «Cómplices», «Los días», «Las ideas» y «Cusco». Algunas llevan la firma de Colo; otras nacieron del trabajo compartido con sus compañeros y colaboradores.
Vasconcellos registra, entre sus composiciones individuales, títulos como «Agua», «Árbol», «Ave de papel», «Bolivia», «Cusco», «Eco», «La Luna», «Mi lugar», «Nuestras flores», «Valle» y «Vida». También aparecen obras compartidas con músicos de Ahyre, entre ellas «Código de barro», «Encuentro» y «La luz de la ciudad».
No se trata de convertir una lista de canciones en una explicación automática de su música. Cada obra tiene su historia y su contexto. Pero el conjunto permite advertir que la composición es una dimensión sostenida de su recorrido: un espacio en el que conviven la experiencia familiar, el aprendizaje colectivo y la posibilidad de probar otros caminos.
Faro: los maestros que orientan el camino

En octubre de 2026, Ahyre presentó Faro, su tercer álbum de estudio. El disco fue grabado en la casa de Colo, una decisión que también habla de la manera en que el grupo entiende su trabajo: un espacio propio, una producción cuidada y la posibilidad de reunir a músicos cercanos para enriquecer las canciones.
Entre los invitados aparecen Raly Barrionuevo, el Chango Spasiuk, Ivonne Guzmán, Orellana-Lucca y Silvana Álvarez. Cada participación aporta su propia musicalidad a un proyecto que continúa explorando las relaciones entre el folklore argentino y otras expresiones de la música popular.
Al hablar del álbum, Colo explicó que el título remite a los faros que uno encuentra en el camino, tanto en la vida personal como en la artística: los maestros y referentes que ayudan a orientar una búsqueda. La imagen introduce una dimensión importante en su recorrido. La herencia no se limita al ámbito familiar; también se construye con las obras que se escuchan, las personas con las que se trabaja y las experiencias que modifican la manera de crear.
En ese sentido, Faro no representa una conclusión. Es una nueva estación dentro de un camino que comenzó mucho antes y que continúa abierto. La música de Colo se construye a partir de referencias que reconoce, pero también de decisiones que le pertenecen: qué conservar, qué transformar y qué nuevas posibilidades explorar.
La música como vínculo

La música que recibió de su familia sigue formando parte de su historia, pero hoy convive con otras voces, otros ritmos y nuevas preguntas. Su recorrido no propone elegir entre tradición y cambio. Propone entender que una canción puede reconocer su origen y, al mismo tiempo, encontrar caminos que todavía no estaban escritos.
En las entrevistas, Colo suele hablar de Ahyre como una familia. La expresión remite a la confianza entre quienes comparten escenarios, decisiones y años de trabajo. Pero también ayuda a entender por qué la dimensión colectiva ocupa un lugar tan importante en su trayectoria.
Desde las composiciones compartidas con su padre hasta las canciones construidas con sus compañeros, su obra muestra que la autoría no siempre es un gesto solitario. Una canción puede comenzar con una melodía, una frase o una idea individual, pero su recorrido se amplía cuando encuentra otras interpretaciones y llega al público.
La historia de Colo también está hecha de continuidades. La experiencia de Los Huayra permanece en Ahyre, aunque el sonido y las inquietudes hayan cambiado. La música aprendida en la familia sigue presente, pero ya no como un modelo que deba repetirse. Las referencias del folklore salteño conviven con ritmos y lenguajes que amplían el horizonte de sus canciones.
Esa forma de trabajar exige una relación activa con la tradición. No alcanza con reconocer de dónde viene una música: también hay que decidir qué hacer con ella en el presente.
Una raíz que sigue creciendo
El recorrido de Juan José «Colo» Vasconcellos puede leerse como una sucesión de etapas: la formación familiar, los años de Los Huayra, el nacimiento de Ahyre y los nuevos caminos que abre Faro. Pero esa cronología resulta insuficiente si no se observa lo que permanece entre un proyecto y otro.
Permanece la composición como una manera de pensar la música. Permanece el trabajo con otros. Permanece la relación con Salta y con una tradición que no necesita quedar congelada para conservar su identidad.
El Colo recibió una herencia musical y la convirtió en materia de creación. Lo hizo junto a su padre, con sus compañeros de Los Huayra y, más tarde, con Ahyre. En cada etapa hubo aprendizajes que conservar y certezas que revisar.
Quizás allí esté el sentido de la raíz como punto de partida. No en la obligación de volver siempre al mismo lugar, sino en la posibilidad de avanzar sin desconocer de dónde viene uno.
Y mientras esa búsqueda continúe, la raíz seguirá dando nuevas canciones.
🎧 Para empezar a escucharlo
- «La Luna» — una composición de Colo que se convirtió en una de las canciones más representativas de Ahyre.
- «Eco» — para escuchar el cruce de la raíz folklórica con otras sonoridades latinoamericanas.
- «Código de barro» — para volver a una etapa de Los Huayra y a una idea temprana de identidad musical.
- «A destiempo» — una de las composiciones registradas junto a su padre, José Adolfo Vasconcellos.
¿Por qué deja una Nueva Huella?
Porque el Colo Vasconcellos muestra que una tradición puede transmitirse sin convertirse en una repetición.
La música llegó a él a través de su familia, de su padre y de una escena salteña que le dio sus primeras referencias. Con el tiempo, esa herencia se transformó en canciones propias, en proyectos colectivos y en una búsqueda que continúa abierta.
Los Huayra fueron una parte fundamental de ese camino. Ahyre le permitió escribir una nueva página, con otras sonoridades y nuevas posibilidades. Pero el hilo que une ambas experiencias no es solamente la continuidad de un grupo de músicos: es la decisión de seguir creando.
Su huella está en ese movimiento. En la capacidad de reconocer a quienes vinieron antes, aprender de ellos y, al mismo tiempo, encontrar una voz propia.
La raíz no es un lugar al que haya que regresar para quedarse. También puede ser aquello que permite avanzar.
Por Federico «Poni» Rossi
Deja una respuesta